Después que Aldric escapo de casa, trabajó como mercenario durante los siguientes dos años. Se forjó un nombre entre ellos por su fuerza y habilidad mágica, aunque también ganó mala fama de mujeriego y alcohólico. Si lo piensan era de esperarse. Toda una vida reprimiendo sus emociones y acciones... Al final, todo eso le explotó en la cara al sentir un poco de libertad; era obvio que no podría manejarlo de la mejor manera.
Y eso nos lleva a la noche anterior. El peor día de la vida de Aldric. Después de beber hasta perder la cordura, decidió regresar a su hogar. De un momento para otro, en la irracionalidad de la borrachera, se dirigió a Ironhelm. Al llegar, poco le importó el cambio tan drástico en el pueblo, que parecía atravesar de nuevo un momento difícil. Varias casas y locales parecían abandonados debido al precario estado en el que estaban, pero, como les digo, Aldric estaba tan absorto en sus pensamientos y tan mareado por la borrachera que ignoró todo a su alrededor. Llegó a la residencia de los Hawke. Aquella casa que se convirtió en la jaula de Aldric por tantos años. Tocó la puerta con fuerza, sin importar que a esas horas de la noche todos debieran estar dormidos. Su corazón latía con furia mientras los recuerdos de su infancia cruzaban su mente. No pasó mucho tiempo hasta que una figura delgada y demacrada, que parecía encogerse ante el paso del tiempo, abrió la puerta. Era Gideon y estaba visiblemente más pequeño, no era ni la sombra de lo que había sido. -Hola, padre. ¿Me recuerdas? -dijo Aldric, arrastrando las palabras, con su voz quebrándose entre el resentimiento y la ira. Gideon lo miró con ojos desorbitados, incapaz de procesar la imagen de su hijo. - ¡Pasé 16 años de mi vida soportando tus maltratos, tus golpes, tus insultos! ¿Y ahora no tienes nada que decir? ¿Dónde está mi madre? ¡Ella fue la peor de los dos! Solo viendo cómo me destruías... -Las palabras de Aldric salieron con una intensidad desgarradora con el alcohol desbordando sus emociones reprimidas. Al ver el silencio de su padre, lo empujó para entrar a casa. - ¡Dime! ¿Dónde está ella? Tengo tanto que decirle. Gideon se desplomó, cayendo de rodillas como si todo su mundo se desmoronara en ese mismo instante. Y las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas, un llanto desconsolado que parecía expresar toda la culpa y el dolor acumulado de años. Aldric, con el corazón acelerado, observó a su padre por primera vez en un estado tan vulnerable. La imagen de ese hombre, derrumbado y llorando, primero lo impresionó, pero enseguida su corazón se llenó de ira. Se inclinó, tomándolo de la camisa y clavando su mirada en la de él. - ¿Ahora lloras? ¿Qué clase de cruel broma es esta? ¿No prefieres golpearme, idiota? -Lo siento... -gimoteó Gideon, incapaz de sostener la mirada con la de su hijo. Aldric, consumido con una furia irrefrenable, soltó a Gideon y se levantó. No estaba dispuesto a escuchar las disculpas de un hombre que no merecía su perdón. Le dio la espalda, el odio en su corazón era palpable. -No pienso escucharte más. ¿Dónde está mi madre? -preguntó mientras miraba hacia las escaleras que llevaban a la habitación principal del segundo piso. A esas alturas, ella ya debería estar ahí, mirando como siempre, manteniendo su distancia hasta que todo terminara. Pero ella no bajo. Entonces una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro y con un tono burlón le dijo a su padre: - ¿No me digas? ¿También te abandonó? Así que al fin te quedaste solo, como un perro... -Ella murió. Las palabras de Gideon helaron a Aldric, borrando la sonrisa de su rostro y reemplazándola por una expresión de incredulidad y dolor. Rápidamente se volvió a su altura, levantándolo por la camisa, con sus manos temblando de rabia. - ¿De qué diablos estás hablando? Debes estar bromeando. Ella no puede morir... -Ella... Las palabras de Gideon se vieron interrumpidas por un golpe brutal en su mejilla. Los ojos de Aldric parecían los de una bestia salvaje, vacíos de emociones, como si la furia lo hubiera convertido en un ser sin sentimientos ni resentimientos. - ¿Qué le hiciste? ¡Tú, maldito! -su voz retumbó con desesperación y furia. Otro golpe cayó, y otro, y otro más. Aldric descargó toda su rabia en su padre, consciente de que, aunque los elfos no morían de viejos o por enfermedades, sus cuerpos aún podían sufrir daños terribles. Y sabía de lo que era capaz ese hombre. Gideon no hizo intento alguno de defenderse. Solo levantó las manos, aceptando el castigo de su hijo, mientras entre golpes murmuro, con voz casi inaudible: -Lo hizo ella misma. Aldric lo soltó bruscamente. No podía pensar en nada. Se levantó y, con voz lúgubre, le preguntó a su padre: - ¿Cómo que lo hizo ella misma? Gideon intentó incorporarse, pero fue incapaz. Solo pudo recargar su codo contra el suelo para no irse de espaldas. Y, luchando contra el dolor de su rostro destrozado, contestó aún con lágrimas en los ojos: -Pasó poco después de que te fuiste... Ella no pudo soportarlo... Gideon respiraba con dificultad y le costaba hablar debido al dolor en su rostro. Aldric intentaba procesar lo que decía. ¿Ahora era su culpa? ¿El dolor de perder a su hijo la había llevado a acabar con su vida? Eso era ridículo. Ella no dijo una sola palabra al verme partir. Ni siquiera volteó a mirarme. Ella no... ¿De verdad era tan difícil darse cuenta? Pensé. Fue la única forma en que esa pobre mujer pudo escapar. Cuando vi ese recuerdo, pensé lo mismo. Aldric se sintió ignorado cuando su madre apartó la mirada y no hizo nada por detener a su hijo, pero yo, que pude observarlo objetivamente, me di cuenta. Ella apartó la mirada para no ser un obstáculo y permitir que Aldric pudiera escapar. No quería detenerlo... Ella quería verlo cumplir su sueño, quería verlo escapar de aquella prisión. Quería que aquel niño que le dio sentido a su vida después de perderlo todo fuera feliz. Seguía viendo la escena con cierta lastima. Además, mis pensamientos comenzaban a fundirse con los de Aldric; también comenzaba a sentir sus emociones con más intensidad. La ira, la tristeza y el resentimiento eran incontenibles. Tal vez era porque estaba a punto de llegar al punto en que tomaría el control. Pero entonces, la cinta se cortó de tajo. Los recuerdos de Aldric se desvanecieron, dejándome solo en un enorme y vacío blanco. Me giré hacia mí mismo, pero no había nada. Era prácticamente un fantasma. Miré a mi alrededor y, a lo lejos, vi a Aldric. Estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas contra el pecho. Me acerqué con cuidado, y al estar lo suficientemente cerca, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos vidriosos por las lágrimas contenidas estaban inundados de dolor y arrepentimiento. - ¿De verdad piensas todo eso? - Me pregunto. La desesperación y la tristeza en su voz eran evidentes. De verdad pude sentir su sufrimiento... Pude sentir cómo mi corazón se estrujaba y tenía unas irrefrenables ganas de llorar. - ¿A qué te refieres? -pregunté, aunque sabía perfectamente lo que quería saber. Solo sentí que él debía sacarlo de su interior antes de irse. Quería ayudarlo, no quería que se fuera con la culpa originada de pensar que había orillado a su madre al suicidio. -Que ella solo quería verme feliz... Que yo... Que yo no la mate... -su voz se quebró y comenzó a llorar, descargando todo el pesar y la gran culpa que sentía. -Ella jamás te habría hecho eso... Por favor, solo intenta recordar... Recuerda su sonrisa. El único motivo de su felicidad, eras tu. Era verdad. Aldric comenzó a recordar aquellas pocas veces que vio sonreír a su madre y era verdad... Su sonrisa... Su hermosa sonrisa... Llena de orgullo y felicidad... Esa sonrisa que reflejaba el verdadero amor de mi madre. ¿Como pude olvidarla, como pude ignorarla? ¿Cómo pude ser tan estúpido y egoísta? Ella solo quería verme feliz, y jamás se perdonó por no poder protegerme. Y al final, su último acto de amor fue el dejarme ir, a pesar de que eso le quitaría su única razón de vivir. Ahora lo veo. Ella sufrió tanto o más que yo, y a pesar de todo jamás dijo una sola palabra o hizo algo para sí misma. Lo entiendo... Ahora lo entiendo... Aunque ya es demasiado tarde. Gracias por todo, mamá... Y... Perdóname. Aldric seguía llorando, pero ya no era un llanto de completo pesar. La culpa de su alma se había liberado. Aún se sentía triste, pero ahora sabía que él no había sido responsable. Se odiaba por no haberse dado cuenta antes... Por no haber abrazado una última vez a su mamá y decirle cuanto la quería... Como pudo, recuperó un poco la compostura, se levantó y con lágrimas en los ojos me miró y me tendió su mano. Yo le devolví el gesto y él me dijo con una voz tranquila y llena de paz. -Gracias...Mi nombre es Aranis Galadorn y siempre me consideré muy afortunada. Nací en una familia amorosa y comprensiva. Siempre que puedo, intento compensar todo lo bueno que me han dado, pero a pesar de mis esfuerzos, no puedo hacer que mis padres se sientan felices o al menos tranquilos. Sé que puede que no sea mi obligación, pero ¿no es lo justo? He visto a mi madre esforzarse e incluso sufrir por mí, y a mi padre trabajar tanto para el bienestar de nuestra familia y de todo nuestro pueblo. ¿Acaso no es mi obligación seguir su ejemplo? ¿No debo dedicar mi vida a compensar todo lo que han hecho y ayudarles a cargar con todo ese peso que han llevado solos todo este tiempo? Recuerdo aquel día en que, por primera vez, vi a mi padre hablar frente a todos en nuestra ciudad. Todos lo veían con admiración y cariño. Él gritaba y agitaba los brazos con fuerza y seguridad, calmando todas las inq
Después de ese día, todo pasó tan rápido que no tuve oportunidad de arrepentirme. En solo un par de días ya estaba en aquel pueblo y me presentaron a mi futuro esposo.Era un hombre alto, desaliñado, con la mirada perdida; incluso parecía tonto. En realidad, tampoco parecía estar allí por decisión propia. Su nombre era Gideon Hawke y tenía 19 años, dos años mayor que yo. Él se presentó inclinándose torpemente mientras besaba mi mano. Tal vez no era el hombre que había soñado, pero siempre que tenía dudas recordaba que estaba siguiendo el ejemplo de mi padre: Tenía que sufrir en silencio y cumplir mi deber sin importar lo que pensara o sintiera en realidad.Y así lo hice, de verdad me esforcé por cumplir mi deber. Aunque debo admitir que la noche de bodas fue una pesadilla para mi, que me hizo llorar meses con solo recordarla. Gideon era tal como lo pensaba: un hombre bruto y tonto. Poco le importó mi sufrimiento aquella noche; solo me tomó por la fuerza y me utilizó para descargarse.
¿Recuerdan que estaba buscando una excusa para dejar de ver a mis padres? Pues como dije, la excusa dejo de hacer falta. A esas alturas estaban encantados con Gideon (gracias a mis mentiras). Hicieron una última visita el día del nacimiento de Aldric y a partir de ese momento se distanciaron por voluntad propia. Ya que pensaban, que, como buena esposa, ahora ocuparía todo mi tiempo para atender a mi esposo y a mi hijo. Y mi padre no quería ofender a mi esposo con su frecuente presencia. No puedo culparlos por pensar así. Yo misma me esforcé en darles una buena imagen de Gideon para alejarlos. Al menos eso sí lo logré. Recuerdo que contuve mi llanto al verlos partir, y con una sonrisa sincera en el rostro los abracé por última vez. Ojalá les hubiera dicho cuánto los quería, pero no dije nada, no quería romper la ilusión de mi felicidad, no frente a ellos. Gideon pasó meses sin meterse conmigo, y yo dediqué mi mente y alm
Después de ese día, tuve que alejarme aún más de Aldric. Mi corazón se rompía cada vez que lo veía llorar... Cada vez que veía sus ojos suplicando por mi ayuda, y yo... solo podía ignorarlo. Vi cómo creció lleno de ira e inseguridades. A veces ya ni siquiera podía reconocerlo. Ya no podía ver al niño alegre que corría y reía por la casa. Se volvió solitario y agresivo. Seguí acercándome a Aldric para ayudarlo y educarlo cuando Gideon no se daba cuenta. Pero poco a poco sentí cómo mi propio hijo empezaba a despreciarme y se alejaba cada vez mas de mí. Y así pasaron los años. Aldric era un niño fuerte y hábil, y a pesar de que él tenía mi constitución, delgada y frágil, su padre se esforzó por borrar todo rastro posible de eso. Haciéndolo entrenar su cuerpo con más intensidad. No sé si era por la poca disposición que tenía para aprender magia conmigo o si tal vez había alcanzado su límite, pero su habilidad mágica ya no podía mejorar más. Sin em
Siempre estuve acostumbrado a estar solo. De hecho, no me molesta. En cierto punto creo que eso me ha hecho fuerte. Desde que tengo memoria fui educado para ser un guerrero. Mi familia es famosa por ello. Mi abuelo solía contarme historias de sus aventuras de hace muchos años atrás, en la época de la segunda gran guerra. El junto con otros guerreros provenientes de Eldoria lucharon en las montañas puño de hierro. Me contaba con orgullo como sometieron a los maestros enanos e invadieron Dourheim, la gran fortaleza y orgullo de los enanos. Gracias a sus actos mi abuelo trajo los grandes conocimientos que ahora son el orgullo de Ironhelm. Siempre admire a mi abuelo. Incluso más que mi propio padre. Debido al gran éxito de la forja en Ironhelm, para cuándo mi padre tuvo edad de enlistarse al ejército de Eldiora ya no hubo necesidad de hacerlo. De hecho, mi abuelo agradeció que su hijo fuera tan buen admi
Los postulantes eran muy superiores a mí. La mayoría descendía de famosos guerreros y paladines que ahora ostentaban títulos nobiliarios en Eldiora. Intenté ignorar mis debilidades y repetí el lema de mi abuelo una y otra vez en mi cabeza. Pero al final, no sirvió de nada. Solo me gané las burlas de aquellos nobles.—Había escuchado grandes cosas del foráneo, pero al parecer fueron simples rumores.—¿De verdad esperaba entrar a la orden?—¿Qué esperabas? Un pueblerino de familia pobre no tiene nada que hacer contra nosotros.Esta última afirmación me hizo hervir la sangre. Podía permitir que me ofendieran a mí, pero que hablaran mal del legado de mi abuelo era inaceptable. No venía de cualquier familia. Era nieto del mismísimo Godric Hawke, el temido demonio de Ironhelm.Así que me levanté del suelo y golpeé a aquel idiota. Él se defendió y comenzamos a intercambiar golpes por un buen rato. Los demás hicieron un círculo a nuestro alrededor y gritaban como simios, animando al noble.Un
Pocas cosas interesantes pasaron en ese tiempo, hasta aquel día en que un idiota me aplastó con su carruaje. Sí... lo admito... Tal vez estaba borracho y tirado en medio de la calle... Pero de los treinta carruajes que pasaron cerca de mí aquel día, solo él me pasó una llanta por encima del pie. Al final resultó que no era cualquier carruaje; pertenecía a una familia de monarcas o algo así. Eran elfos. Preocupados, me llevaron a casa, y al llegar, mis padres, en vez de preguntar por mi estado, se enfocaron más en hacer negocios con una ciudad tan grande como aquella. No puedo culparlos. Entiendo que los elfos rara vez tienen relaciones con las ciudades de otras razas, así que supongo que no podían desaprovechar la oportunidad. Pero eso no fue todo. Mis padres también arreglaron un matrimonio con la hija de aquellos tipos. Y no importó cuánto protesté... Mi padre mostró una inamovible determinación que rara vez había visto en él. De verdad se tomaba muy en serio el papel de goberna
Inevitablemente unos meses después tuve que abandonar el entrenamiento del muchacho, ya que, por alguna extraña razón una enfermedad se empezó a propagar en el pueblo.En un principio; cuando tome el liderazgo después de la muerte de mi padre, no tuve que hablar con ningún aldeano. Todas las quejas o solicitudes eran escuchadas por mi madre o incluso se acercaban a ella.Muchas veces vi que salia a ayudar a la gente del pueblo y de sus alrededores, jamas le dije nada por eso. De hecho me facilitaba el trabajo. Pero una vez que la enfermedad azotó al pueblo, la gente se empezó a amotinar fuera de mi hogar.Y los desgraciados no lo hacían de forma pacífica.¿Que querían que hiciera?No era un maldito doctor.Además, ya estaba sufriendo lo suficiente encerrandome en casa sin poder salir de juerga a Eldiora como acostumbraba.Aunque por recomendación del consejero real intenté escucharlos, incluso salí al pueblo arriesgándome a contagiarme solo para mostrar a