ELENAEl calor de los brazos de Alaric me envolvía, pero no había consuelo en ello. No podía creer lo que estaba sucediendo. ¿Cómo se atrevía a tocarme después de todo? ¿Después de todo lo que me había hecho?—Suéltame, Alaric —exigí, mi voz temblando por la ira y la humillación.Él no respondió. Sentía su respiración, controlada, como si nada en el mundo pudiera alterarlo. Pero su silencio era una respuesta que me enfurecía aún más. Sentí como ingresamos a la caso. —Bájala. Ahora.Dante apareció, su voz grave y cargada de tensión.—No es asunto tuyo —respondió Alaric, su tono más peligroso de lo que nunca antes había oído—. Mucho menos seguiré las órdenes de un beta y ladrón, porque ya sé quién eres. Pero Dante no se dejó intimidar. Escuché sus pasos, acercarse, bloqueando el camino de Alaric.—Te lo estoy diciendo una vez más, bájala. Ella está conmigo.Un gruñido bajo resonó en el pecho de Alaric, casi como un recordatorio de su posición y poder.—Si está contigo, deberías tener
ALARIC El rugido de la puerta al cerrarse tras de mí resonó en el estudio como un eco de mi propia furia. Avancé a grandes zancadas hasta el escritorio, sintiendo cómo la rabia hervía en cada fibra de mi cuerpo. Golpeé la superficie con la palma de la mano, enviando un par de documentos al suelo, mientras detrás de mí Mikhail cerraba la puerta con más calma de la que yo podía reunir.—Alaric, necesitas controlarte. —Su voz era firme, pero con ese tono que usaba cuando intentaba razonar conmigo, como si yo fuera un cachorro que necesitaba guía.Me giré hacia él, señalándolo con un dedo.—No me hables de control, Mikhail. ¿Qué demonios hacen ella con ese tipo aquí?Mikhail cruzó los brazos y se apoyó contra el marco de la puerta, imperturbable ante mi explosión.—Están aquí porque tienen un propósito, como todos los demás. —Hizo una pausa y me miró con una ceja alzada. —Lo que no entiendo es por qué estás tan alterado.—¿Alterado? —repetí con incredulidad, sintiendo cómo el calor subí
—¿Cómo que Igor está desaparecido? —cuestioné furiosa. Mi hijo no parecía por la casa y por ningún lado del territorio. —Lo siento tanto, Elena. No pudimos encontrar a Igor. —dijo con una mezcla de culpa y preocupación que pesaba en cada palabra.—Eds un bebé Liana, no puede desaparecer de esa manera. Antes de que pudiera responder, un grito lleno de alegría rompió el aire.—¡Elena, mira! —exclamó Liana, aunque sabía que su impulso de señalarme algo era un acto reflejo.—¿Qué sucede? —pregunté, intentando calmar la ola de emociones que su tono provocaba.—¡Es Igor! Ha logrado su forma lobuna!Mi pecho se llenó de alivio y asombro al escuchar eso. Extendí las manos hacia adelante, y un segundo después, sentí el peso ligero y cálido de mi hijo lanzándose contra mí. Su pequeño cuerpo temblaba de energía y emoción mientras su pelaje suave rozaba mis brazos.—Igor... mi pequeño... lo has logrado. —mi voz salió cargada de orgullo, y una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras lo abrazaba
ALARICDesde el momento en que mencioné que debían quedarse en nuestro territorio, vi la frustración dibujada en el rostro de Elena, ella no permanecía quieta, se movía de un lado a otro de manera desesperada. Elena había cambiado tanto, ya no era la mujer indefensa, débil, pero seguía siendo inteligente y una mujer que demostraba sus sentimientos y yo aún podía leerlos. Algo le preocupaba, algo realmente importante. Sus hombros estaban tensos, y aunque no podía ver sus ojos, su postura lo decía todo: estaba al borde de una explosión.—Elena, no seas tan dramática. —Mi voz salió más dura de lo que pretendía, pero no me importó. —Al amanecer exploraremos y encontraremos un camino para que regreses. Pero, por ahora, necesitas calmarte.Ella se volvió hacia mí, con la barbilla en alto. Incluso sin su vista, su presencia era imponente, una fuerza que nunca noté cuando era mi esposa. —Dramática, ¿en serio? —respondió—. Quizás tú puedes permitirte tomar esto con calma, Alaric, pero yo te
El frío de la madrugada me rozaba el rostro, pero no era suficiente para enfriar la tormenta que tenía en mi interior. Estaba despierta, aunque no recuerdo haber dormido. Dante, a mi lado, tenía su brazo alrededor de mi cintura, su calor envolviéndome como un escudo que no pedí, pero que no rechacé.Su respiración era rítmica, tranquila, como si el peso del mundo no lo alcanzara mientras dormía. Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en Igor. En mi hijo. Liana me había dicho que estaría bien, que no debía preocuparme, pero sus palabras eran un bálsamo superficial para una herida que supuraba angustia. La idea de estar tan lejos de él, de no poder protegerlo, me carcomía.Entonces, como un látigo invisible, volvió el recuerdo de anoche. De lo cerca que estuve de entregarme a Dante. Sus manos habían sido firmes, seguras, su voz un susurro cargado de promesas. Pero algo... o alguien, había intervenido. No podía explicarlo, pero había sentido una barrera intangible, una que no me permití
ALARIC—¡Rápido, no se detengan! —grité, sin mirar atrás, tratando de mantener el control en medio del caos. Mi tierra se desmoronaba ante mis ojos, grietas por todos lados. Íbamos corriendo para salvar nuestra vida, a mi lado mi esposa y Atena nos seguía, el resto de mi manada, muchos de ellos en lobos se movían con agilidad para salvarse. De repente, un grito desgarrador perforó el estruendo. Supe de inmediato quién era.—Elena.Su nombre dejó mi garganta antes de que pudiera detenerlo. Mi instinto me empujó hacia el borde, hacia el río donde el sonido de su caída me había guiado. Podía sentirla, incluso sin verla, como si estuviera conectada a mi sangre.—¡No lo hagas! —La voz de Selene me detuvo abruptamente. Su mano firme se aferró a mi brazo, tirando de mí con una fuerza que rara vez usaba conmigo. —Déjala. Que muera, Alaric. Es lo mejor para todos.Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. No por su crueldad, sino por la frialdad calculada de su tono. Giré la cabeza hacia
ELENAEl calor de la taza entre mis manos era reconfortante, un contraste radical con el frío que todavía se aferraba a mi piel, como si no quisiera dejarme ir del todo. La manta que me envolvía apenas lograba contener los escalofríos que venían más del recuerdo que del frío real. El río me había arrebatado algo más que el aliento; por un breve y fugaz instante, me había dado algo que nunca pensé recuperar.Liana estaba cerca. Ella había sido quien me ayudó a cambiarme de ropa tras la caída. El tejido seco que ahora me cubría era un alivio después de sentir la ropa empapada y pesada que se pegaba a mi piel, una sensación que parecía tan eterna como la oscuridad en la que vivía.—¿Estás bien? —preguntó Liana por enésima vez mientras ajustaba la manta alrededor de mis hombros.Asentí, aunque mis pensamientos estaban lejos de la calidez del chocolate y el refugio seguro de la casa de tio Adriel. Estaban en ese río, en ese instante en el que el agua helada me rodeó y el caos rugía a mi a
ELENA—Selene esta embarazada. Esas fueron las palabras de Atenea, pude sentir la alegría de Alaric. Me aparté y fui directo a la habitación de mi hijo. La habitación de Igor siempre tenía un calor especial, uno que contrastaba con el frío perpetuo del territorio que habitábamos. Me senté en la alfombra cerca de la cama, con los pies descalzos y los dedos, jugueteando con los hilos sueltos del tejido. Aunque no podía verlo, podía sentirlo: el leve sonido de su risa, el ruido de los juguetes chocando entre sí, y la energía vibrante que llenaba cada rincón del lugar cuando mi hijo estaba presente.Igor reía mientras jugaba con algo que había arrastrado de su baúl. Podía oír el crujido de sus pequeños pies deslizándose sobre la alfombra, y con cada risa suya, algo dentro de mí se encendía y dolía al mismo tiempo. Mi hijo. Mi pequeño, que llevaba en su sangre un secreto que nunca podría ser revelado.—Mamá, mira lo que hice.Sonreí y extendí la mano en su dirección, esperando que me gu