KaelanNo podía creer lo que escuchaba de esa anciana, la verdad me dejó sin palabras. Ella acababa de revelarme algo que cambiaría por completo mi vida y mi percepción de todo lo que creía saber. Había demostrado que yo no era solo un lobo cualquiera, era parte de un linaje especial, el Clan de la Nube Blanca. Un clan que jamás había hecho daño a los humanos, que jamás había caído en los mismos errores de otros lobos. Pero ella no estaba tan segura. Me observó fijamente, pensativa, y después soltó unas palabras que me dejaron helado:—Tú eres el hijo del Alfa Draxen Kaelion.—Así mismo es, señora —respondí con calma, aunque por dentro sentía un torbellino de emociones—Pero, ¿por qué le ocultaste tu identidad a mi nieta? ¿Por qué hizo eso?Mi mente se nubló por un momento, preguntándome por qué todo estaba dando un giro tan inesperado.—Porque su nieta piensa lo peor de los lobos, y nosotros no somos como esos lobos que le harían daño a los humanos. Ustedes mismas lo han comprobado.
Anya Me sentí más segura en los brazos de Kaelan, aunque aún estaba completamente consternada. No entendía qué había pasado. Todo antes de la batalla se me había borrado de la mente, como si mi memoria hubiera sido borrada por completo. ¿Por qué no recordaba nada de lo sucedido? ¿Y quiénes eran esos que nos atacaron? Necesitaba respuestas, pero mi mente estaba demasiado nublada para pensar con claridad.—Necesitamos hablar —le dije, tratando de centrarme en algo, aunque no sabía ni por dónde empezar.Kaelan me miró con seriedad, pero no respondió de inmediato. La preocupación en su rostro era evidente. Yo, por otro lado, sentía que todo estaba fuera de lugar. Mi estómago se revolvía con la ansiedad de no entender nada. Todo se sentía tan confuso, y lo peor era que, a pesar de mis preguntas, no había nada que me ayudara a entender lo que estaba sucediendo.—Necesito contarte muchas cosas, pero no quiero hablar nada ahora… —musité, sintiéndome abrumada—. Me siento muy mal, Kaelan. Esto
KaelanNo tenía opciones. Debía confesarle a Anya quién era yo, realmente. Pero el miedo me atenazaba. Temía perderla, temía que algo le pasara o, peor aún, que huyera de mí. La verdad siempre había sido un arma de doble filo, y yo sabía que podía herirnos a ambos si no era el momento adecuado. Anya no recordaba nada de la batalla que habíamos enfrentado hace semanas. Killer uno de los lobos más jovenes, me confesó que en ese momento de caos mi hermano le había revelado nuestra verdadera naturaleza: todos éramos lobos. Sin embargo, tras quedar desmayada, parecía haber olvidado todo lo que escuchó. Su mente estaba en blanco, como si el destino le hubiese dado una segunda oportunidad para decidir si quería aceptar esta vida. Ahora que está embarazada, mis emociones están al límite. La felicidad de saber que vamos a ser padres lucha contra el miedo de que la historia se repita. Ella como Sarada, en su vida anterior, sufrió por mi culpa, por la culpa de nuestra raza, por no haberla pr
Anya.El aire era denso, cargado con el aroma de pino, tierra y algo más profundo, algo viejo, casi como el aliento del bosque mismo. Me detuve, escuchando la quietud. Entonces, un sonido rompió el silencio, un crujido tenue, sutil, pero tan claro como una campanada en mi mente. No estaba sola.—Sal de ahí o lo lamentarás—Vocifero sin chistear. Luego escuche una risa como ecos.—Niña, ten cuidado, podría ser peligroso y devorarte seria gustoso.— Escucho esa voz fuerte y su horrible rugido.—¡Sí puedes ven atacame!—Hablé en voz alta, con el arco preparado para lanzar sin piedad. Mis flechas estaban hechas de plata, potenciadas por mi poder espiritual que tenía desde que nací. Por esa razón cazaba sin piedad a los espíritus malignos de este bosque y ahora estaba lista de sacar a los lobos de este mundo.—Qué astuta; no temes. Podría hacerte añicos en un instante. Pero pronto llegara tu momento —Ríe a carcajadas. Su voz era como eco, fuerte pero no me iba intimidar.—Sal m*****a bestia.—
AnyaMiré mis manos una y otra vez, deseando soltar el poder oculto que anidaba en mi interior. Podía manejar a los demás, pero el que me haría más fuerte seguía dormido, reacio a liberarse. Me levanté de mi escritorio y salí al balcón, donde el campo se extendía ante mí, lleno de flores de distintos colores y aromas que embriagaban el aire. Las rayas de los caballos galopaban alrededor mientras mi mente era un torbellino de pensamientos y ansias. No sabía por qué me sentía tan atraída por ese lugar, pero necesitaba tiempo y, sobre todo, tener todo en orden en el rancho.Busqué al capataz, Jacinto, que estaba revisando las instalaciones.—Señor Jacinto, por favor, necesito que me cuente cuántas reses, toros, cabras y gallos hay. Necesito una buena estadística y contabilidad. Sobre todo las ventas de esta semana, todo el informe. Por otro lado, necesito que me vea si necesitamos más trabajadores.—Sí, señorita, a sus órdenes. —Asintió con respeto—. Mi hija María preparara el desayuno.
KaelanObservaba cada rincón del bosque con detalle. Los susurros de las hojas y el eco de criaturas en la distancia parecían acompañar mis pensamientos oscuros. Habían pasado siglos desde aquella noche en que la perdí, pero su rostro, su esencia, su perfume aún persistían en mi mente. Como una marca indeleble en el lienzo de mi memoria, ahí seguía, intacta, Sarada. Ella había sido mi luna, la única capaz de calmar la tormenta que habitaba en mí. Desde su muerte, aquel vacío permanecía en mi interior, como si su ausencia fuera un lamento constante que el tiempo no podía acallar.Con un suspiro, me cubrí con una piel de zorro y bajé desde el castillo hacia la fogata donde mi manada se reunía. Ellos charlaban y reían, absortos en la calidez del fuego y en la camaradería que nos unía. Al verme, los murmullos cesaron, y todos los ojos se posaron en mí. Sentía el peso de sus expectativas; para ellos, yo era el alfa, el líder, la roca que jamás debía mostrar signos de debilidad.—Amo Kaelan
Anya.La noche caía lentamente, y la cálida brisa del campo mecía las flores del jardín, envolviéndome en un aroma familiar que siempre encontraba reconfortante. Desde la entrada de la propiedad, esperaba a que Uriel apareciera con su lujos auto, pero los minutos se alargaban, y yo seguía allí, observando mis botas cubiertas de barro y mis guantes desgastados. Habían pasado meses desde la última vez que nos vimos, en la ciudad, donde todo era tan diferente. Sabía que Uriel, siempre tan pulcro y atento a los detalles, probablemente no entendería mi apego al campo. Pero esa era mi vida, y él lo sabía.Un peón se acercó cuando le hice una señal, y le pedí un poco de agua para lavarme las manos. En pocos minutos, trajo un balde con agua y jabón líquido. Me quité los guantes y comencé a lavar mis manos, disfrutando del agua fresca.—Gracias, Roger —le dije con una sonrisa.—A sus órdenes, patrona —respondió, inclinando la cabeza antes de alejarse.Me quedé de pie, inhalando el perfume de l
Kaelan Habíamos terminado de hacer las rondas de vigilancia, y ahora estaba con las manadas. Al regresar, subí a mi castillos, donde algunos de los sirvientes se movían en silencio, ordenando y preparando la cena. Justo en la entrada, uno de ellos me informó.— Señor, el anciano Raúl lo espera en su despacho.Agradecí con un gesto y me dirigí a la oficina. Raúl estaba ahí, observando las viejas fotografías enmarcadas y colgadas en la pared. Me senté frente a él y fui directo al grano. —¿Qué necesitas, Raúl?—Kaelan, ¿has escuchado sobre el vampiro que anda rondando? Ha estado atacando humanos que se adentran en el bosque.—Estuve en vigilancia, pero no vi nada inusual. ¿Estás seguro de que no es un rumor?— respondí con interés, ya que los humanos rara vez se acercaban a nuestro territorio sin permiso. Sin embargo ellos quizás no sabían de nuestra existencia.—Lo sé de buena fuente—, afirmó Raúl, con el ceño fruncido. —Hay vampiros aliados con algunos lobos de clanes foráneos, y esos