Capítulo 37. El momento exacto.

Izan

El dolor era una bestia viva que me devoraba por dentro. Cada músculo, cada hueso, gritaba en protesta mientras intentaba moverme. La habitación olía a desinfectante y sangre, un cóctel nauseabundo que me recordaba lo jodido que estaba.

—Tenemos que salir de aquí —gruñí, forzándome a incorporarme.

El simple movimiento me arrancó un gemido ahogado. Mi costado ardía como si me hubieran clavado una espada al rojo vivo.

Dante, estaba acostado en la cama a un lado de la mía, me miró con ojos sombríos. Su rostro estaba magullado, la nariz torcida y un moretón violáceo le cubría medio ojo.

—¿Cómo lo haremos? —preguntó, su voz cargada de amargura—. Estamos tan jodidos que apenas podemos caminar. Somos peones en su juego ahora.

El silencio cayó sobre nosotros, pesado y opresivo. En ese momento, comprendí que todo había sido una trampa; nuestra lucha apenas había comenzado. ¿Pero qué buscaban con todo esto? Me pregunté.

El enfrentamiento entre nosotros no lo habían detenido porque le conve
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