IzanEl dolor era una bestia viva que me devoraba por dentro. Cada músculo, cada hueso, gritaba en protesta mientras intentaba moverme. La habitación olía a desinfectante y sangre, un cóctel nauseabundo que me recordaba lo jodido que estaba.—Tenemos que salir de aquí —gruñí, forzándome a incorporarme.El simple movimiento me arrancó un gemido ahogado. Mi costado ardía como si me hubieran clavado una espada al rojo vivo.Dante, estaba acostado en la cama a un lado de la mía, me miró con ojos sombríos. Su rostro estaba magullado, la nariz torcida y un moretón violáceo le cubría medio ojo.—¿Cómo lo haremos? —preguntó, su voz cargada de amargura—. Estamos tan jodidos que apenas podemos caminar. Somos peones en su juego ahora.El silencio cayó sobre nosotros, pesado y opresivo. En ese momento, comprendí que todo había sido una trampa; nuestra lucha apenas había comenzado. ¿Pero qué buscaban con todo esto? Me pregunté.El enfrentamiento entre nosotros no lo habían detenido porque le conve
ElizavetaEl frío del cañón de la pistola contra mi sien me heló la sangre. Dante estaba despierto, y no solo eso, estaba furioso. Sus ojos, oscuros como la noche, brillaban con una ira que prometía muerte. Sus manos, fuertes y callosas, apretaban mi garganta con una fuerza que me hacía ver estrellas. Intenté hablar, pero solo logré un sonido ahogado, un gemido que se perdió en el aire cargado de tensión.—Dante... —Logré rasgar, mi voz, apenas un susurro roto—. No... no estoy aquí para lastimarlos...El acero de la pistola contra mi sien se sentía como si estuviera al borde de la muerte.A pesar de mis palabras, Dante tenía la mirada inyectada de furia, sus pupilas dilatadas por la rabia y el dolor acumulado. Aún no estaba completamente recuperado, pero eso no le restaba letalidad. Su mano me impedía respirar con normalidad.—¡Cállate! ¿Crees que te voy a creer? —gruñó, cortándome antes de que pudiera seguir hablando.Su dedo se tensó sobre el gatillo. Intenté hablar de nuevo, ten
ElizavetaA pesar de mi disponibilidad en colaborar con ellos, el cañón de la pistola de Dante presionaba mi sien con una frialdad que me helaba la sangre. Estaba demasiado cerca, su aliento caliente y áspero rozando mi mejilla. Sus ojos, oscuros como el abismo, brillaban con una furia que prometía muerte. No había espacio para el error. Un solo movimiento en falso y mi cerebro estaría decorando la pared.—Dinos todo lo necesario para salir de aquí —ordenó Dante, su voz, un susurro cargado de amenaza.Respiré hondo, tratando de calmarme, aunque el miedo me atenazaba el pecho. Sabía que mis palabras podían ser mi salvación o mi condena.—Hay un pasillo secreto —comencé, mi voz temblorosa pero firme—. Detrás de la sala de suministros. Conduce a un túnel que sale fuera de la mansión. Irina no lo usa, pero lo mantiene activo por si necesita escapar rápidamente.Dante arqueó una ceja, claramente escéptico. Su dedo se tensó sobre el gatillo, y sentí cómo el frío del metal se hundía más en m
ElizavetaAsentí nerviosa. Él me soltó casi haciéndome caer y sin emitir ninguna otra palabra, comencé a descender por la escalera oxidada, adentrándome en la oscuridad que parecía querer tragarme entera.—Maldit4 sea —murmuró Dante, claramente impresionado a pesar de sí mismo.—Vamos —dijo Izan, su voz urgente—. No sabemos cuánto tiempo tenemos antes de que nos descubran.Entramos al túnel, que era estrecho, oscuro. Olía a tierra húmeda y moho. El aire estaba frío y el suelo estaba cubierto de polvo y escombros. Avanzamos lo más rápido que pudimos.Cada paso que dábamos resonaba en las paredes de piedra, como si el propio lugar nos advirtiera de que no pertenecíamos allí. Yo iba al frente, con Dante pisándome los talones e Izan cerrando la fila. La tensión era palpable, como una cuerda a punto de romperse. Sabía que si algo salía mal, no habría vuelta atrás.—¿Cuánto falta? —gruñó Dante, su voz baja, pero llena de impaciencia.—Falta un poco —respondí, tratando de mantener la calma—.
TrinaEl frío del suelo de concreto se filtraba a través de mi ropa rasgada, pegándose a mi piel como una segunda capa de miseria. Llevaba tres días encerrada en aquella celda, tres días en los que el tiempo se había vuelto una tortura lenta y agonizante. El olor a humedad y podredumbre era constante, mezclado con el hedor de mi propio sudor y la sangre seca que se había quedado pegada a mis heridas. Cada respiración era un recordatorio de que estaba viva, aunque a veces me preguntaba si eso era una bendición o una maldición.Los guardias no me trataban como a un ser humano. Me lanzaban la comida al suelo, como si fuera un animal, y se reían cuando me veían arrastrarme para recoger los trozos de pan duro y los restos de agua sucia que dejaban caer. Para bañarme, simplemente arrojaban cubos de agua fría a través de los barrotes, riéndose mientras yo me estremecía bajo el chorro helado. No me daban suficiente para comer, apenas lo necesario para mantenerme con vida, pero no para mant
Trina—Nadie te tocará de nuevo —siseó, su voz, un susurro cargado de promesas oscuras—. Lo juro.Pero yo no quería sus juramentos, no los creía, tampoco deseaba su protección. Lo único que quería era venganza. Vengarme de él por todo lo que me había hecho, por todo lo que me había quitado. Y Dominic, aunque no lo sabía, acababa de darme la herramienta para conseguirlo.—No necesito que me protejas —susurré, mi voz ronca, pero firme—. Ahora solo necesito que te apartes de mí camino.Dominic no respondió de inmediato. Sus ojos oscurecieron, clavándose en los míos con rabia. Finalmente, asintió, un gesto casi imperceptible.—No voy a suplicarte, Trina, no ha nacido la primera persona a quien yo me le arrodille y no voy a empezar contigo. Más bien agradece que te salvé de esos hombres, porque de lo contrario habrían abusado de ti —murmuró malhumorado.—¿Es en serio, Dominic? Agradecerte a ti es como si un pájaro le agradeciera a quien lo enjauló. Así que no vengas a darte de héroe para m
Caminé por el pasillo con el corazón latiendo a toda velocidad, mis pasos resonando en el silencio opresivo de la mansión. Lo que acababa de ver me había dejado con una sensación extraña, una mezcla de rabia, incomodidad y algo más que no quería reconocer. Las imágenes de Dominic con esas mujeres se repetían en mi mente, como una película que no podía detener. Los gemidos, los cuerpos entrelazados, la crudeza de la escena... todo se mezclaba en mi cabeza, creando un caos que no sabía cómo manejar.Cerré los ojos por un momento, apoyándome contra la pared fría. Por un instante, me imaginé a mí misma en el lugar de esas mujeres, sintiendo las manos de Dominic en mi piel, su respiración caliente en mi cuello. La idea me sacudió como un golpe, haciéndome abrir los ojos de golpe y negar con fuerza.—Estás loca, Trina —murmuré para mí misma, apretando los puños—. Nunca... nunca estarás con ese idiota.Me dije tratando de convencerme a mí misma.Pero la imagen con él persistía en mi cabeza,
DominicMe quedé en la habitación, fumando en silencio mientras miraba la ciudad a través de la ventana. La escena que Trina había presenciado seguía dando vueltas en mi mente, como un eco que no podía silenciar. No debería importarme. Por supuesto que no debería importarme lo que ella pensara o sintiera. Pero lo hacía. M4ldita sea.Apreté el cigarrillo entre mis dedos, sintiendo cómo el calor quemaba mi piel. No podía permitirme distraerme. Trina era solo una pieza de mi venganza, a quien debía doblegar como fuera. Sin embargo, había algo en ella, algo que me atraía de una manera que no podía explicar.Cerré los ojos, tratando de concentrarme en el plan. Tenía que quebrarla, tenía que hacerla entender quién era el verdadero dueño de este infierno. Pero no iba a ser fácil. No con ella.Con un suspiro, apagué el cigarrillo y me alejé de la ventana. ¿Qué estaría buscando ella en esta habitación? Me sonreí al imaginar lo que estaría pensando, después de todo era solo una niña mimada, q