Capítulo 19. La salvadora.

Izan

El olor a pólvora y sangre impregnaba el aire, después de haberse detonado varios disparos.

Mi respiración era un gruñido bajo, profundo, mientras giraba la cabeza en busca de nuestros guardaespaldas. Debían estar cerca.

La adrenalina latía en mis venas, como un tambor de guerra, resonando con cada disparo, con cada grito ahogado de un hombre cayendo al asfalto.

El pavimento estaba teñido de muerte.

Dante disparaba a mi lado, su expresión endurecida, su boca en una línea recta, su mirada afilada como un cuchillo.

Nos movíamos con precisión, como lo habíamos hecho cientos de veces en entrenamientos, como lo habíamos aprendido desde que dejamos de ser niños y aceptamos la sangre como nuestro legado.

Di un paso adelante, pegando la espalda contra la parte trasera del auto destrozado. Si lograba llegar al otro lado, podría ver qué había pasado con nuestros hombres.

Porque algo no cuadraba.

Los nuestros nunca bajaban la guardia.

Los nuestros nunca morían sin pelear.

Me lancé hacia ade
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