Capítulo 27. ¡Es mía!

Trina.

El sabor de sus labios aún ardía en los míos, una mezcla de cobre y menta envenenada.

Las cadenas seguían mordiendo mis muñecas, pero ya no sentía el frío del metal, solo el fuego lento de mi vergüenza recorriendo mi espalda desnuda.

Dominic había huido, dejando tras de sí un silencio cargado de ecos: el crujir del látigo, el gemido ahogado de mis caderas traicioneras, el susurro de su nombre entre mis dientes.

Me dejó colgada en la oscuridad, con el roce de las cuerdas, marcando mi piel como un recordatorio de lo que casi había sucedido… de lo que yo casi había permitido.

Me mordí el labio hasta que el dolor desplazó el cosquilleo que persistía entre mis piernas. ¿Cómo podía mi cuerpo anhelar sus manos mientras mi alma gritaba por escapar?

Las paredes respiraban conmigo, las sombras danzando al ritmo de mi respiración entrecortada. Cerraba los ojos y lo veía, su cicatriz palpitando bajo la luz amarillenta, sus pupilas dilatadas devorando cada temblor de mi cuerpo.

Incluso
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