DanteEl pasillo olía a pólvora y mentiras. Apreté el teléfono contra el oído, la quinta llamada fallida a mis contactos. Nada. Ni rastro de Trina en los registros de vuelo, ni en los muelles, ni en las cloacas donde solíamos esconder a los traidores. El zumbido del tono de espera se mezcló con el crujir de botas acercándose. —¿Y? —pregunté a punto de explotar de furia —No me importa cuánto cueste, quiero información sobre Trina, y la quiero ya —gruñí, mi tono cargado de impaciencia—. Se suponen que son los expertos, los más experimentados, y una párvula se les desapareció en las narices. ¡Son unos idiotas!“Con todo respeto, pero Trina no es cualquier persona, es la hija, hermana, nieta de los mafiosos más peligrosos que he conocido, no la subestimes”, respondió Nikolai “Yo estaría preocupada por la persona que piense que va a poder con ella, es fuerte e ingeniosa”.Sus palabras me golpearon como un puño en el estómago. Tenía razón, maldit4 sea. Trina era más peligrosa de lo que ap
IzanNo vi venir el cabezazo hasta que el crujido del impacto resonó en mis oídos.El dolor me estalló en la frente como una bomba. Retrocedí un paso, sintiendo la sangre caliente, resbalarme por la ceja. Dante no estaba jugando.Le lancé una mirada cargada de odio, limpiándome la sangre con el dorso de la mano. Ese cabrón quería pelea. Y yo nunca retrocedía ante un desafío.—¿Te volviste loco?! —gruñí, avanzando hacia él con los puños cerrados.—¡No, pero tú sí, hijo de puta! —rugió antes de lanzarme un puñetazo directo a la mandíbula.El golpe me arrancó una maldición y me hizo girar la cabeza con violencia. Un sabor metálico me llenó la boca, pero en lugar de frenarme, la furia se encendió en mi pecho como una explosión.—¡Maldit0 idiota! —rugí, escupiendo sangre al suelo. Mi voz resonó en el pasillo, pero nadie apareció. Le devolví el golpe con una brutalidad que me recorrió el brazo como electricidad. Mi puño se estrelló contra su pómulo, reventándole la piel.Dante gruñó, tamba
IzanEl dolor era una bestia viva que me devoraba por dentro. Cada músculo, cada hueso, gritaba en protesta mientras intentaba moverme. La habitación olía a desinfectante y sangre, un cóctel nauseabundo que me recordaba lo jodido que estaba.—Tenemos que salir de aquí —gruñí, forzándome a incorporarme.El simple movimiento me arrancó un gemido ahogado. Mi costado ardía como si me hubieran clavado una espada al rojo vivo.Dante, estaba acostado en la cama a un lado de la mía, me miró con ojos sombríos. Su rostro estaba magullado, la nariz torcida y un moretón violáceo le cubría medio ojo.—¿Cómo lo haremos? —preguntó, su voz cargada de amargura—. Estamos tan jodidos que apenas podemos caminar. Somos peones en su juego ahora.El silencio cayó sobre nosotros, pesado y opresivo. En ese momento, comprendí que todo había sido una trampa; nuestra lucha apenas había comenzado. ¿Pero qué buscaban con todo esto? Me pregunté.El enfrentamiento entre nosotros no lo habían detenido porque le conve
ElizavetaEl frío del cañón de la pistola contra mi sien me heló la sangre. Dante estaba despierto, y no solo eso, estaba furioso. Sus ojos, oscuros como la noche, brillaban con una ira que prometía muerte. Sus manos, fuertes y callosas, apretaban mi garganta con una fuerza que me hacía ver estrellas. Intenté hablar, pero solo logré un sonido ahogado, un gemido que se perdió en el aire cargado de tensión.—Dante... —Logré rasgar, mi voz, apenas un susurro roto—. No... no estoy aquí para lastimarlos...El acero de la pistola contra mi sien se sentía como si estuviera al borde de la muerte.A pesar de mis palabras, Dante tenía la mirada inyectada de furia, sus pupilas dilatadas por la rabia y el dolor acumulado. Aún no estaba completamente recuperado, pero eso no le restaba letalidad. Su mano me impedía respirar con normalidad.—¡Cállate! ¿Crees que te voy a creer? —gruñó, cortándome antes de que pudiera seguir hablando.Su dedo se tensó sobre el gatillo. Intenté hablar de nuevo, ten
ElizavetaA pesar de mi disponibilidad en colaborar con ellos, el cañón de la pistola de Dante presionaba mi sien con una frialdad que me helaba la sangre. Estaba demasiado cerca, su aliento caliente y áspero rozando mi mejilla. Sus ojos, oscuros como el abismo, brillaban con una furia que prometía muerte. No había espacio para el error. Un solo movimiento en falso y mi cerebro estaría decorando la pared.—Dinos todo lo necesario para salir de aquí —ordenó Dante, su voz, un susurro cargado de amenaza.Respiré hondo, tratando de calmarme, aunque el miedo me atenazaba el pecho. Sabía que mis palabras podían ser mi salvación o mi condena.—Hay un pasillo secreto —comencé, mi voz temblorosa pero firme—. Detrás de la sala de suministros. Conduce a un túnel que sale fuera de la mansión. Irina no lo usa, pero lo mantiene activo por si necesita escapar rápidamente.Dante arqueó una ceja, claramente escéptico. Su dedo se tensó sobre el gatillo, y sentí cómo el frío del metal se hundía más en m
ElizavetaAsentí nerviosa. Él me soltó casi haciéndome caer y sin emitir ninguna otra palabra, comencé a descender por la escalera oxidada, adentrándome en la oscuridad que parecía querer tragarme entera.—Maldit4 sea —murmuró Dante, claramente impresionado a pesar de sí mismo.—Vamos —dijo Izan, su voz urgente—. No sabemos cuánto tiempo tenemos antes de que nos descubran.Entramos al túnel, que era estrecho, oscuro. Olía a tierra húmeda y moho. El aire estaba frío y el suelo estaba cubierto de polvo y escombros. Avanzamos lo más rápido que pudimos.Cada paso que dábamos resonaba en las paredes de piedra, como si el propio lugar nos advirtiera de que no pertenecíamos allí. Yo iba al frente, con Dante pisándome los talones e Izan cerrando la fila. La tensión era palpable, como una cuerda a punto de romperse. Sabía que si algo salía mal, no habría vuelta atrás.—¿Cuánto falta? —gruñó Dante, su voz baja, pero llena de impaciencia.—Falta un poco —respondí, tratando de mantener la calma—.
TrinaEl frío del suelo de concreto se filtraba a través de mi ropa rasgada, pegándose a mi piel como una segunda capa de miseria. Llevaba tres días encerrada en aquella celda, tres días en los que el tiempo se había vuelto una tortura lenta y agonizante. El olor a humedad y podredumbre era constante, mezclado con el hedor de mi propio sudor y la sangre seca que se había quedado pegada a mis heridas. Cada respiración era un recordatorio de que estaba viva, aunque a veces me preguntaba si eso era una bendición o una maldición.Los guardias no me trataban como a un ser humano. Me lanzaban la comida al suelo, como si fuera un animal, y se reían cuando me veían arrastrarme para recoger los trozos de pan duro y los restos de agua sucia que dejaban caer. Para bañarme, simplemente arrojaban cubos de agua fría a través de los barrotes, riéndose mientras yo me estremecía bajo el chorro helado. No me daban suficiente para comer, apenas lo necesario para mantenerme con vida, pero no para mant
Trina—Nadie te tocará de nuevo —siseó, su voz, un susurro cargado de promesas oscuras—. Lo juro.Pero yo no quería sus juramentos, no los creía, tampoco deseaba su protección. Lo único que quería era venganza. Vengarme de él por todo lo que me había hecho, por todo lo que me había quitado. Y Dominic, aunque no lo sabía, acababa de darme la herramienta para conseguirlo.—No necesito que me protejas —susurré, mi voz ronca, pero firme—. Ahora solo necesito que te apartes de mí camino.Dominic no respondió de inmediato. Sus ojos oscurecieron, clavándose en los míos con rabia. Finalmente, asintió, un gesto casi imperceptible.—No voy a suplicarte, Trina, no ha nacido la primera persona a quien yo me le arrodille y no voy a empezar contigo. Más bien agradece que te salvé de esos hombres, porque de lo contrario habrían abusado de ti —murmuró malhumorado.—¿Es en serio, Dominic? Agradecerte a ti es como si un pájaro le agradeciera a quien lo enjauló. Así que no vengas a darte de héroe para m