IrinaEl plan era simple. Seducirlo. Enredarlo en mis redes. Mantener a Izan tan atrapado en mi piel que se olvidara de todo lo demás.Dominic se llevaba a Trina, y yo tenía que garantizar que él no lo siguiera, que no husmeara, que no empezara a hacer preguntas incómodas hasta que fuera demasiado tarde para intervenir y él ya hubiese acabado con ella y luego de eso nos casaríamos. Había sido la promesa de los King.Pero algo había salido mal.O peor aún. Algo había salido demasiado bien.La piel de Izan aún ardía bajo mis uñas, marcando mi cuerpo como un mapa de posesión. Su aliento dormido era una sombra ronca que se alzaba en la penumbra del despacho.Lo observé en silencio, sin atreverme a tocarlo. Sin atreverme a aceptar lo que me consumía.Maldición.Este no era el plan.Apreté los puños, sintiendo las joyas de mis anillos clavarse en mis palmas, una advertencia de que debía recordar quién era. Quién era él. Y por qué esto solo debía ser una distracción, un juego, una mentira co
Dominic IvankovEl rugido del motor del jet se desvaneció cuando aterrizamos en Moscú. Afuera, la madrugada aún se aferraba a la oscuridad, las luces de la pista parpadeaban como ojos observándonos en la neblina espesa.No sentí nada.Moscú no era mi hogar. No lo había sido en mucho tiempo. Mi hogar era el caos, el poder, la maldita guerra que siempre ardía bajo mi piel y Siberia.Andru bajó primero, sus botas resonando contra la rampa metálica, luego lo hice yo. Permanecí abajo en la escalera del jet, observando al resto del personal que traíamos.Las mujeres.Incluyéndola a ella.Trina estaba encadenada, al igual que las demás, con la cabeza alta, aunque su piel aún estaba marcada por las últimas horas. Orgullosa, como si fuera la maldit4 reina del lugar, sus ojos verdes brillaban como esmeraldas.Mi mandíbula se tensó. No la miré más de lo necesario. No quería que creyera que tenía algún poder sobre mí.—A ellas llévenlas al sótano —ordené con voz seca, señalando con un gesto de la
Dominic IvankovLlegué a la mansión y cerré la puerta principal con un golpe seco. Caminé por el pasillo con pasos medidos, como si el suelo pudiera desmoronarse bajo mis pies en cualquier momento. La rabia y el deseo aún ardían en mi sangre, un veneno que no podía erradicar.Trina. Ella era mi obsesión. Desde que la conocí, no había un solo día en que no pensara en ella, pero creí que una vez que empezara con mi plan de venganza, dejaría de ocupar mis pensamientos, pero no había sido así.Esa maldita mujer creía que iba a salirse con la suya, no sabía en lo que se había metido. O tal vez sí lo sabía, y por eso se resistía a quebrarse.No importaba.Ella iba a romperse, pero solo yo lo haría.Mis manos se cerraron en puños cuando llegué al salón principal. Caminé al balcón, el viento mordió mi piel, pero ni siquiera eso calmó el calor abrasador que me quemaba desde dentro. Su mirada desafiante seguía clavada en mi cabeza, como un eco maldit0 del que no podía escapar.Me quedé esperand
Dominic El aire en la habitación se volvió denso, cargado de peligro.—Explícate.Yuri asintió y cruzó los brazos.—La Mafia Roja ha estado ocultando su verdadera línea de sangre por más de veinte años. Se suponía que el poder debía pasar a otra familia… pero todos murieron, hubo una masacre y la única sobreviviente, estaba fuera del país, porque se casó con un estadounidense.Las palabras cayeron como un golpe seco contra mi pecho.—¿Quiénes fueron?Yuri sostuvo mi mirada, sin pestañear.—Los Ivankov.El silencio que siguió fue como un pozo sin fondo.—¿De cuáles Ivankov? —No está todo claro, aunque los indicios indican que puede tratarse de tu familia, pero he estado investigando y es como si alguien estuviese escondiendo información y no puedo acceder.Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Mi familia. Los Ivankov. El apellido de mi madre antes de casarse con mi padre. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar de una manera aterradora.—¿Estás seguro de esto, Yuri? —p
DanteEl pasillo olía a pólvora y mentiras. Apreté el teléfono contra el oído, la quinta llamada fallida a mis contactos. Nada. Ni rastro de Trina en los registros de vuelo, ni en los muelles, ni en las cloacas donde solíamos esconder a los traidores. El zumbido del tono de espera se mezcló con el crujir de botas acercándose. —¿Y? —pregunté a punto de explotar de furia —No me importa cuánto cueste, quiero información sobre Trina, y la quiero ya —gruñí, mi tono cargado de impaciencia—. Se suponen que son los expertos, los más experimentados, y una párvula se les desapareció en las narices. ¡Son unos idiotas!“Con todo respeto, pero Trina no es cualquier persona, es la hija, hermana, nieta de los mafiosos más peligrosos que he conocido, no la subestimes”, respondió Nikolai “Yo estaría preocupada por la persona que piense que va a poder con ella, es fuerte e ingeniosa”.Sus palabras me golpearon como un puño en el estómago. Tenía razón, maldit4 sea. Trina era más peligrosa de lo que ap
IzanNo vi venir el cabezazo hasta que el crujido del impacto resonó en mis oídos.El dolor me estalló en la frente como una bomba. Retrocedí un paso, sintiendo la sangre caliente, resbalarme por la ceja. Dante no estaba jugando.Le lancé una mirada cargada de odio, limpiándome la sangre con el dorso de la mano. Ese cabrón quería pelea. Y yo nunca retrocedía ante un desafío.—¿Te volviste loco?! —gruñí, avanzando hacia él con los puños cerrados.—¡No, pero tú sí, hijo de puta! —rugió antes de lanzarme un puñetazo directo a la mandíbula.El golpe me arrancó una maldición y me hizo girar la cabeza con violencia. Un sabor metálico me llenó la boca, pero en lugar de frenarme, la furia se encendió en mi pecho como una explosión.—¡Maldit0 idiota! —rugí, escupiendo sangre al suelo. Mi voz resonó en el pasillo, pero nadie apareció. Le devolví el golpe con una brutalidad que me recorrió el brazo como electricidad. Mi puño se estrelló contra su pómulo, reventándole la piel.Dante gruñó, tamba
IzanEl dolor era una bestia viva que me devoraba por dentro. Cada músculo, cada hueso, gritaba en protesta mientras intentaba moverme. La habitación olía a desinfectante y sangre, un cóctel nauseabundo que me recordaba lo jodido que estaba.—Tenemos que salir de aquí —gruñí, forzándome a incorporarme.El simple movimiento me arrancó un gemido ahogado. Mi costado ardía como si me hubieran clavado una espada al rojo vivo.Dante, estaba acostado en la cama a un lado de la mía, me miró con ojos sombríos. Su rostro estaba magullado, la nariz torcida y un moretón violáceo le cubría medio ojo.—¿Cómo lo haremos? —preguntó, su voz cargada de amargura—. Estamos tan jodidos que apenas podemos caminar. Somos peones en su juego ahora.El silencio cayó sobre nosotros, pesado y opresivo. En ese momento, comprendí que todo había sido una trampa; nuestra lucha apenas había comenzado. ¿Pero qué buscaban con todo esto? Me pregunté.El enfrentamiento entre nosotros no lo habían detenido porque le conve
ElizavetaEl frío del cañón de la pistola contra mi sien me heló la sangre. Dante estaba despierto, y no solo eso, estaba furioso. Sus ojos, oscuros como la noche, brillaban con una ira que prometía muerte. Sus manos, fuertes y callosas, apretaban mi garganta con una fuerza que me hacía ver estrellas. Intenté hablar, pero solo logré un sonido ahogado, un gemido que se perdió en el aire cargado de tensión.—Dante... —Logré rasgar, mi voz, apenas un susurro roto—. No... no estoy aquí para lastimarlos...El acero de la pistola contra mi sien se sentía como si estuviera al borde de la muerte.A pesar de mis palabras, Dante tenía la mirada inyectada de furia, sus pupilas dilatadas por la rabia y el dolor acumulado. Aún no estaba completamente recuperado, pero eso no le restaba letalidad. Su mano me impedía respirar con normalidad.—¡Cállate! ¿Crees que te voy a creer? —gruñó, cortándome antes de que pudiera seguir hablando.Su dedo se tensó sobre el gatillo. Intenté hablar de nuevo, ten