LA ELEGIDA DEL VAMPIRO
LA ELEGIDA DEL VAMPIRO
Por: LOGAN
LA OFRENDA

Luna

La oscuridad nunca me había asustado. Crecí en ella, rodeada de sombras que se deslizaban por los rincones, abrazándome en una danza callada. Pero esta… esta oscuridad es diferente. No hay consuelo en ella, solo un vacío que me consume, me arrastra hacia algo que no entiendo. Estoy en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y todo lo que quiero es gritar, pero la garganta me arde como si de solo pensar en alzar la voz fuera un crimen.

Mis pies están descalzos sobre el suelo de piedra fría, y el sonido de mis respiraciones acompaña el eco de las pisadas que se alejan. Las cadenas que me atan son el único recordatorio de que no estoy sola. Me arrastran, me sujetan, y el aire a mi alrededor parece espeso, cargado de algo que no quiero reconocer. La humedad en la piel, el sudor frío en la frente, son solo síntomas de lo que está por venir.

El aroma en el aire cambia, y mi instinto me alerta antes de que mis ojos logren ver. Una fuerza palpable recorre la habitación oscura. El zumbido de mi corazón es el único sonido que percibo mientras las sombras se disipan lentamente. Oigo el susurro de algo —o alguien— acercándose, y por fin, una figura emerge del abismo.

Es imposible no notar su presencia. La fuerza que emana de él me oprime el pecho, y mis piernas tiemblan, aunque intento mantenerme firme. Todo en su postura irradia autoridad, una serenidad que me resulta aterradora. Sus ojos, esos ojos que parecen dos abismos oscuros, se posan sobre mí como si ya me conociera.

—¿Luna? —su voz es profunda, grave, como si cada palabra fuera una sentencia. Su acento extranjero añade una capa de misterio a su timbre. Es el tipo de voz que no puedes ignorar, que te cala hasta los huesos, que te envuelve en una niebla densa.

Me obligo a mirar su rostro, y ahí está: el líder, el rey de esta oscuridad. Su presencia es avasallante, una fuerza que no puedes desafiar, aunque lo intentes. Su cabello oscuro cae en ondas alrededor de su rostro, y aunque la penumbra lo envuelve, cada rasgo de su cara es perfectamente esculpido. Es una belleza feroz, salvaje. Un vampiro.

Mis pensamientos se desbocan, pero no puedo moverme. No puedo hacer nada más que quedarme allí, atrapada en el reflejo de esos ojos, que son como dos pozos sin fondo.

—¿Por qué? —musito, más para mí misma que para él. El miedo se ha convertido en una necesidad urgente de entender. ¿Por qué me eligieron a mí? ¿Por qué me trajeron hasta aquí?

Él no responde de inmediato, pero su mirada nunca se aparta de la mía. No es la mirada de un hombre común. Es… antigua, eterna, casi cruel.

La voz que resuena en mi mente es la misma que acabo de escuchar, pero mucho más profunda. Es como si me hablara desde el mismo abismo del que emerge.

—Porque eres mía.

Lo dice tan fácil, tan natural, que un escalofrío recorre mi columna vertebral. Pero no sé si es miedo o una especie de fascinación lo que me hace temblar, lo que me hace no poder apartar la mirada de su figura. Hay algo en él que me atrae, algo oscuro, peligroso. Algo que no puedo comprender.

Mis piernas se aflojan de nuevo, y tropiezo, pero él está allí. En un parpadeo, se mueve tan rápido que ni siquiera puedo verlo. Estoy atrapada en sus brazos, sosteniéndome contra su pecho. El latido de su corazón es una melodía antinatural, como si su vida fuera distinta a la mía.

—No tengo miedo —le digo, aunque la verdad es que sí, sí tengo miedo. Pero no de él, sino de lo que soy incapaz de controlar. No de la monstruosidad que se esconde tras sus ojos, sino del poder que ejerce sobre mí sin esfuerzo.

Él sonríe, una sonrisa torcida que no llega a sus ojos. Es una sonrisa peligrosa, como si disfrutara de mi desesperación, pero también… como si la deseara.

—Eso es lo que más me gusta de ti. No tienes miedo.

Mi respiración se acelera, y me doy cuenta de que, a pesar de la situación, no puedo apartarme. Algo en mí lo reconoce, como si mi ser supiera que lo que está ocurriendo es inevitable.

Él me sostiene, y me observo en sus ojos oscuros. La promesa de lo desconocido está en su mirada, y la inquietud dentro de mí crece. He estado atrapada toda mi vida, en una jaula que pensaba que controlaba, pero ahora siento que estoy en una mucho más grande.

—¿Quién eres? —susurro, aunque en mi interior ya sé la respuesta. Sé que es un vampiro. Sé que me ha traído aquí para algo… pero ¿para qué exactamente? No me atrevo a preguntar.

Él inclina ligeramente la cabeza, como si la pregunta fuera inútil. No me responde, pero su mirada se oscurece aún más, como si estuviera evaluando si hablarme o no.

—Tú ya lo sabes, Luna. Y no te gustará la respuesta. —Su tono es ahora más bajo, cargado de una amenaza que no puedo ignorar, pero también de algo más. Algo que me hace sentir mi piel encenderse.

No puedo evitarlo. Me siento fascinada. Hay algo en él, algo indiscutible, que me atrae. Algo que hace que mi corazón lata más rápido y mi mente se tambalee. ¿Cómo puede un ser como él ejercer un control tan absoluto sobre mí?

La incertidumbre se apodera de mi mente, pero hay algo más. Un anhelo. ¿Será miedo o deseo lo que siento? La diferencia es borrosa, indistinguible.

Vladislav me observa como si ya hubiera tomado una decisión, como si todo este juego, esta danza de miradas y silencios, hubiera sido solo para llegar a este momento. Y entonces, sin previo aviso, él da un paso hacia adelante. Mi respiración se detiene.

—No te mataré. —Es una afirmación, no una pregunta. El aire en la habitación se vuelve aún más espeso. Mis pulmones se sienten vacíos. —Te convertiré en mi reina.

La frase me golpea como una ola fría, y mis ojos se abren de par en par, buscando respuestas. ¿Qué significa eso? ¿Qué quiere decir?

Él se agacha hacia mí, sus labios rozan mi oído, y su voz es un susurro que me recorre el cuerpo como un veneno dulce.

—El destino no se equivoca, Luna. Tú eres mía. Y tú serás la reina de mi oscuridad.

No sé si quiero luchar o rendirme. La tensión entre el miedo y la fascinación, entre la repulsión y el deseo, me consume.

Me quedo quieta, atrapada en la telaraña de sus palabras, y solo puedo pensar en una cosa.

¿Qué se supone que debo hacer ahora?

La presión de su abrazo es como una prisión de terciopelo. Es tan suave, tan firme, que me deja sin aliento, como si fuera el primer paso de un camino que nunca imaginé recorrer. Mis pensamientos son un torbellino caótico de miedo, incertidumbre y algo que no puedo identificar. Estoy atrapada, no solo entre sus brazos, sino entre lo que soy y lo que él quiere que sea. El deseo de luchar y de ceder se entrelazan en mi pecho, luchando por escapar, pero solo me queda el silencio y la sensación de que ya no tengo control.

La oscuridad se vuelve más densa a su alrededor. Todo se desvanece, como si sus palabras hubieran absorbido la luz misma del lugar, convirtiéndolo en su reino. Mi garganta se siente seca, como si no pudiera encontrar las palabras adecuadas. El eco de su promesa retumba en mi mente, y por un momento, me siento como una marioneta, suspendida entre las cuerdas de su poder y de la indefensión que no sé si debo aceptar o rechazar.

Mis manos, que aún están libres, tiemblan. La frialdad del suelo de piedra se transmite a través de mis pies descalzos, pero es un frío menor comparado con el que recorre mi cuerpo al pensar en lo que acaba de decir. ¿Reina? ¿De qué? ¿De su oscuridad? Esa idea debería aterrorizarnos a todas las mujeres, y, sin embargo, algo en mí la recibe, como una sombra familiar que jamás había visto antes.

Siento su respiración cerca de mi oído, su aliento helado que me eriza la piel.

—Serás más que una reina, Luna. Serás mi igual. Mi otra mitad.

Me estremecí. No entendía cómo podía ofrecerme algo tan grande, algo tan irrevocable. El poder que irradia me paraliza, pero también me atrae. Su voz, profunda y grave, se clava en mi pecho como un cuchillo afilado. Cada palabra se siente como un veneno dulce que me consume desde dentro. Y, aunque me esfuerzo por mantener el control, mi cuerpo se relaja sin querer, como si ya supiera que esta es la única respuesta posible.

Pero entonces, algo dentro de mí se rebela. El miedo, esa emoción salvavidas, me lanza de nuevo a la realidad. Intento dar un paso atrás, pero sus manos no me dejan. No me deja.

—¡Suéltame! —Mi voz suena más fuerte de lo que esperaba, casi desafiante. Mi corazón late a mil por hora, y la adrenalina recorre mi cuerpo. —No soy tuya.

La sonrisa en su rostro es casi invisible, pero puedo verla en el brillo de sus ojos. Es la sonrisa de quien está acostumbrado a dominar, a decidir por otros. Una sonrisa arrogante, un recordatorio de que todo lo que soy y todo lo que seré depende de él.

—Lo serás, Luna. —Su tono es suave, como si estuviera explicando algo sencillo. Como si en su mente, mi resistencia fuera una mera ilusión. —No puedes escapar de lo que eres. De lo que has sido creada para ser.

Mis labios se sellan, incapaces de articular una respuesta. La verdad es que, aunque quiero luchar, algo en mi interior se siente… rendido. ¿Es esto lo que quiere el destino para mí? ¿Ser reina de algo tan oscuro, tan peligroso? Un escalofrío recorre mi columna, pero no es solo de terror, sino también de deseo. ¿Cómo puede algo tan prohibido sentirse tan tentador?

El vampiro me observa con una intensidad que me deja sin aire. Sus ojos nunca dejan de mirarme, y por un momento, el mundo parece detenerse. Todo a mi alrededor se desvanece, y lo único que existe es él. Su sombra, su poder, su presencia. Mi mente quiere huir, pero mi cuerpo se queda allí, paralizado, como una prisionera dispuesta a aceptar su destino.

—Tu cuerpo ya lo sabe, Luna. —La voz de Vladislav es como una caricia en el aire. —Te has dado cuenta de que no hay salida. Que aquí, en esta oscuridad, somos lo único que queda.

Quiero gritar, o huir, o… no sé qué hacer. Pero algo dentro de mí me dice que no hay escape. Algo dentro de mí sabe que estoy destinada a esto. Y, sin embargo, me niego a aceptarlo.

—No sé lo que eres —digo, mis palabras salen más temblorosas de lo que quiero. —No sé qué quieres de mí.

Él no responde de inmediato. Da un paso atrás, y yo me doy cuenta de que ahora hay una distancia entre nosotros. Pero no me siento más libre. Al contrario. Cada milímetro de separación me pesa más que antes. La tensión en el aire se intensifica, y me siento atrapada, encerrada en una telaraña invisible que él ha tejido sin piedad.

—Lo sabrás, Luna. Muy pronto lo sabrás.

Y mientras esas palabras se disuelven en el aire, una terrible sensación de inevitabilidad se apodera de mí. La angustia se convierte en algo diferente, algo más profundo, como si me estuviera ahogando, pero de una forma extraña, placentera. Mis pensamientos vuelven a vagar, perdiéndose en la sombra de sus palabras, en la amenaza sutil que se esconde detrás de su promesa.

—No tienes por qué tener miedo —dice, y su voz es más suave ahora, casi seductora. Pero el tono sigue siendo una amenaza. —Vas a ser mi reina. Y con ello, obtendrás más poder del que jamás imaginaste. Podrás gobernar, dominar… hacer lo que quieras.

Un nudo se forma en mi estómago, y aunque el miedo sigue surgiendo en cada rincón de mi mente, la idea de tener poder, el poder que él ofrece, me tienta más de lo que debería. La reina de este reino oscuro… ¿Realmente quiero eso? ¿Realmente soy capaz de aceptar esta oscuridad?

Él da un paso más hacia mí, y mis piernas tiemblan, pero no por el miedo. Algo se ha encendido en mi interior, y ahora, en vez de huir, lo deseo. Un deseo que es más fuerte que cualquier advertencia. La necesidad de entender lo que está ocurriendo, lo que soy ahora, me consume.

—Sé que lo deseas. —Su voz está más cerca, su aliento acaricia mi piel, y la atracción entre nosotros se vuelve una corriente eléctrica que recorre mi cuerpo. —Lo sientes, Luna. Eres mía.

Mis ojos se cierran un momento, y mi mente lucha por mantenerse lúcida. Pero ya no puedo negar lo evidente: él tiene razón. Algo en mí ha respondido a su poder, a su oscuridad, como si siempre hubiera estado esperando este momento. Algo más profundo que el miedo. Algo más peligroso que el deseo.

—¿Y si no quiero ser tu reina? —susurro, mi voz casi rota por la confusión.

Su sonrisa se alarga, y una sombra de satisfacción cruza su rostro.

—Lo sabrás muy pronto, Luna. Lo sabrás cuando te convierta en lo que estás destinada a ser.

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente

Capítulos relacionados

Escanea el código para leer en la APP