El lunes empecé el día de una forma increible porque durante el desayuno Enzo me avisó de que la inversión había subido y me alegró demasiado porque recuperé un poco todo lo robado y perdido. Además, por la tarde teníamos el evento y tendría algo de tiempo para volver a la mansión y descansar antes de irnos. Me monté en su deportivo y él me dejó en el campus justo frente a mi facultad. Agarré mi mochila y el día se me pasó de lo más fluído. Ni me enteré de cómo corrían las horas hasta que pasó. Dio mi última hora y cuando terminó, salí del edificio caminando hasta el lugar dónde Enzo me encontraba. Pero algo pasó. Si aquel grupo de chicos no se me hubiera cruzado, si yo no hubiera reoplado y me hubiera dado la vuelta para coger el otro camino de tierra que atravesaba el campus, tal vez no nos hubiéramos encontrado. Pero pasó. Ella estaba ahí, perdida en la universidad sujetando un mapa del campus y algunos papeles en la mano. Me costó reconocerla porque estaba impoluta con esos vaque
Enzo me miró y levantó la cabeza detrás de mi; a la mujer ya algo desaliñada por el pijama con los ojos rojos por estar a punto de llorar. O no, quién sabe. Mi madre era rara. Me acerqué a él y le cogí por el brazo para irnos. —Vámonos —dije. Ella aceleró y me cogió a mí del brazo tirándo dentro de la habitación. —Por favor, por favor, por favor. No te vayas. Quédate. Por favor. Tiré de mi brazo y ella me soltó. Enzo enseguida me rodeó con sus brazos y se alejó de la barandilla del pasillo para cubrirme con su cuerpo. La miró mal, como si quisiera matarla y me echó el brazo por el cuepo escondiéndome detrás de él. Le apreté las uñas sobre la camisa. —Déjalo —dije. Ella me miró con los ojos tan negros... —Por favor... —me suplicó y entonces le miró a él—. Yo —empezó con un inglés bastante penoso y nos señaló a ambas. Enzo asintió y su mano se apretó en mi. No dejó de mirarla cuando lo adivinó. —Es tu madre. Yo asentí y tiré de nuevo de su brazo. —Vámonos —repetí.
La mujer, que no debía tener más de cuarenta años, me miró algo sorprendida pero me dejó pasar y señaló el diván. —Túmbate, por favor —me pidió. ¿Tumbada? Me tumbé y ella se sentó en una silla a mi lado con una libreta. Me preguntó mi nombre para llevar un registro y me costó veinte minutos abrirme del todo. Jamás había ido antes a un psicóloco y no sabía que era tan abrumador. —¿Sabes qué es el perdón? —Si intentas que perdone a mi madre vas fatal. Ella sonrió. —Perdonarla es algo para ti. Te dejará libre. —Ella debería perdonarme a mi por todo lo que me ha hecho. Al despertar volvía a ser tarde, mi primera clase ya estaba pasando y yo seguía en la cama de Enzo. Era de lo más cómoda y al abrir los ojos y con la luz ligera que se colaba por las ventanas, vi mejor su habitación. Las dos puertas en la pared, las decoraciones tan oscuras y lo amplia que era. Era casi como el apartamento entero. Empujé la sábana y bajé los pies al suelo, toqué la tarima con la punta de mis dedos y me quité el pelo de la cara. Paseé un poco por su habitación, él no estaba y caminé hasta una de las puertas esperando que fuera el baño. No lo era. Era un armario enorme, una habitacón entera con estanterías y guardaropa lleno de prendas y zapatillas. Le sobraba mucho espacio, demasiado, aquello era grande como una habitación aparte y su ropa apenas ocupaba un tercio de todo el espacio que quedaba libre. Encontré el baño en la otra puerta, era mucho más grande de lo que espraba aunque no sé ni porqué. Todo tenía un color blanco grisaceo bastante acogedor, lo primero que seTe necesito
No nos alejamos, pudimos pasar abrazados horas y se me pasaron demasiado rápido, nos sentamos en el sofá del jardín, encendió la hoguera y me acurruqué a su lado hasta quedarme dormida.Me desperté en su cama, escuchaba el trasteo de algo y bajé los pies al suelo para caminar hacia el ropero. Tenía mi maleta subida a la isla con cajones que habia en el centro de la habitación de armarios (más tarde descubrí que dentro tenía corbatas, calcetines, y joyas)—¿Qué estás haciendo? —pregunté.Me froté los ojos y Enzo enganchó uno de mis vestidos a una percha.—Colocar tu ropa.Chasqueé la lengua. Seguía borracha para cuando llegamos a la mansión. Salí del deportivo y estuve a nada de irme de bruces contra el suelo. Me apoyé en el coche para quitarme las tiras de los tacones y escuché sus pasos rodear el deportivo, se puso detrás de mi y sentí cómo atrapaba la cremallera de mi falda bajándola lentamente mientras, inclinado sobre mi espalda, me respiraba contra el cuello.La falda se me aflojó y dejé de intentar quitarme los tacones. La falda se me encajó a las caderas y aún desabrochada no cayó al suelo, Enzo tiró de ella hasta que me la quitó y se amontonó en mis tacones. Me dio un azote y me tambaleé así que me apoyé en el coche. Me azotó de nuevo, apostaba a que me dejaría marcas y sólo pensar eso ya me mojó.El alcohol lo hizo todo más intenso, sobre todo cuando me apart&oacDeja libre la pasión
Me desperté envuelta en sus brazos, desnuda y me desperté sólo porque necesitaba ir al baño. Repté fuera de él y en cuando me puse de pie en la cama Enzo se tumbço boca abajo y le miré el culo. Tenía un buen culo pero antes de ponerme en modo gata salvaje caminé desnuda al baño y vi el desastre que era. Tenía el maquillaje corrido, el pelo revuelto y unos chupetones por el pelo y el pecho, hasta tenía uno en el abdómen. De sólo recordar todo lo que me hizo me estremecí.Sabía que no volvería a dormirme y pensé que bajar a desayunar yo sola no necesitaba vestirme. Cogí su camisa del suelo y le abroché los botones. Sólo me puse además un tanga y bajé a la cocina. Tuve que beberme tres vasos de agua para intentar apaciguar la resaca y el dolor de la cabeza, y el sabor tan pastoso que tenía en la boca.
No pareció afectado por lo de su madre y sólo lo dejé correr. No podía preocuparme, aparte, por eso.El lunes llevé casi todos mis trabajos terminados y creo que fui la única que lo hizo porque a mitad de la segunda clase el profesor dio un discurso sobre por qué debían entregar sus trabajos antes del verano. Parecía que iba a ser un buen día. Enzo me recogió, fuimos a la mansión a comer juntos y a cambiarnos de ropa, llegamos juntos a la empresa y se pasó casi todo el tiempo sentado en el sofá y mirándome.—¿No tienes nada qué hacer? —le pregunté.Levantó la vista del libro, llevaba un buen rato en las mísmas dos páginas.&md