Capitulo 5

El día había terminado, muchos de los invitados a la celebración del evento habían bebido toda la noche hasta que se cansaron. 

Erendira se había retirado justo después de la reunión con el sacerdote en el salón real y eso le permitió levantarse temprano como era su costumbre.

Antes de pasar al comedor real a desayunar, ella acostumbraba dar un paseo por los jardines. Decía que respirar ese aire puro salido de las plantas y árboles era lo mejor para recibir el día. También disfrutaba del caminar pues la relajaba y ayudaba a su cuerpo con un poco de ejercicio. 

El jardín era muy extenso, había varios pasillos hechos de piedra plana que separaban las jardineras entre ellas. El paso era deleitado en mayor cantidad por hermosas flores rojas y rosas mientras que en los interiores había árboles y algunas plantas más robustas.

En medio del jardín había una gran pileta con agua que era usada en ocasiones para regar al mismo jardín aunque en su mayor tiempo era solo para decorar.

Muchas personas estaban encargadas de atender el jardín, manteniéndolo limpio y verde. Todos estos empleados conocían de sobra a Erendira que siempre había sido muy amable con ellos. La saludaban educadamente pero no solo por el respeto o jerarquía, lo hacían por su alegría y porque les caía muy bien realmente.

En su paseo se encontró con el sacerdote emisario del rey del Norte quien parecía daba un paseo para relajarse y pensar. Su intención no era cruzarse con él y mucho menos hablarle pero fue él quién la saludó.

—Buenos días señorita, es un hermoso día ¿No lo cree?—Mantuvo la distancia para no irrumpir en su espacio personal, algo que se hacía por caballerosidad y respeto.

—Buenos días también para usted.—Supo reconocer que era alguien dedicado a Dios y ella se acercó para tomar su mano y besarla.—Es un gusto poder saludarle.

—Dios te bendiga hija, para mí también es un gusto encontrarme contigo.—El sacerdote entró en más confianza al ver que ella era muy educada.—Ayer durante la reunión pude verte ahí, me dió la impresión que te escondías. ¿No tenías permitido estar ahí?

—No me di cuenta que esa impresión causé, pero es usted muy observador.—Respondió ella un poco apenada.—Tengo permitido asistir a cualquier reunión y caminar por cualquier parte del castillo. Mi tío el rey Ricardo es muy generoso conmigo.—Agachó un poco la mirada para continuar la conversación. —Mi actitud es más porque no me gusta estar mucho en público ni que las demás personas me vean, soy algo reservada.

—Entiendo hija, ¿Así qué eres sobrina del rey? Eso no lo sabía.

—Es una larga historia con la que no pretendo aburrirle.

Erendira era muy consciente además de reservada pero se sobrevaloraba mucho. Pensaba que al redactar una historia o algo de su vida los demás no mostrarían el interés adecuado, además de creer que su vida no era algo importante. Un síntoma que desarrolló al vivir tanto tiempo con la realeza, se creyó que solo sus vidas y actividades eran importantes y los demás solo estaban para admirarlas.

—Mi lady, estoy seguro que su historia no es para nada aburrida, todas las vidas son importantes porque estan tocadas por la mano de Dios.—Él le sonrió y ella le respondió pues le pareció muy interesante la respuesta.—Por otra parte no conozco a nadie por aquí y dudo mucho encontrar una actividad para pasar el tiempo antes que el rey pueda recibirme nuevamente. Dios es muy sabio y por eso la puso en mi camino.—Le guiñó el ojo con lo cual la pudo convencer completamente de hablar.

—Bueno, pero que le parece si vamos a las bancas, conversar de pie no es algo muy placentero.

—Después de usted mi lady.—Hizo una seña con su mano.—Yo la seguiré.

Erendira tomó la delantera agarrando su largo vestido con ambas manos para poder caminar más rápido. 

Las bancas a donde se dirigían no estaban muy lejos pero a paso rápido sería mejor, así el resto de personas no les ganarían los lugares.

—Dígame padre ¿Fue un largo camino el llegar aquí?—Erendira comenzaba la conversación una vez que llegaron a las bancas cercanas a las jardineras y se sentaron en ellas.

El calor estaba dando muy fuerte por lo que tenían que ponerse en un ángulo donde algunos árboles les tapaban los intensos rayos.

—Si lo fue, aunque sinceramente estoy acostumbrado a los viajes largos, mucho tiempo fuí misionero hasta que me establecí en el reino del norte.

—Entiendo, dígame ¿Es verdad todo lo que se mencionó ayer sobre el rey y su hogar?

—No perturbe su mente con esas ideas, me gustaría más que pensara en ese reino como yo lo recuerdo. Grande, próspero, hermoso, con un rey ejemplar que da su vida entera por mantener la paz y el orden entre todos.—Respondía el sacerdote colocando su mano sobre la frente para tapar sus ojos del Sol.

—Creo que eso suena bastante bien pero por lo que veo en su misión no importa el como usted vea al reino, en esta ocasión importa como lo ven los demás.—Erendira había encontrado el espacio perfecto para refugiarse de los rayos y esto le permitió concentrarse en la conversación.—Y más tratándose de mi tío, el no aceptará dar a una hija suya por un reino que no le conviene, es una persona que no se arriesga.

—Ya que conoce tanto del reino y de su tío, ¿Algún consejo que pueda darme?—El sacerdote continuaba muy insistente con tal de conseguir una esposa para su rey.

—Sinceramente lo veo muy difícil, mi prima está que arde con ese príncipe y la pequeña es como un tesoro para el rey, no se la dará en matrimonio a cualquier desconocido por muy imponente que sea su reino.—Lo miró un poco intrigada.—¿Por qué esa insistencia en aliarse con este reino?

—Fue el primer hombre en qué pensé por las tres hijas de tu tío. Además de ser el reino más poderoso de la región y uno muy próspero.—Se agarró nuevamente la cabeza.—Y ya que estoy aquí no quisiera recorrer todos los reinos buscando una princesa.

—Me temo que tendrá que hacerlo, por lo menos buscar en otro más. Llegó demasiado tarde ya no hay princesas disponibles.—Dijo con el tono de voz más dulce y delicado que pudo.

—¡Espera un momento!—De repente se levantó muy emocionado como si algo le fuera a salvar.—Dijiste que es tu tío ¿No es así?

—Si, eso dije.—Le respondió algo desconcertada.—El rey es hermano de mi difunto padre.

—¿Eso quiere decir que tú también eres una princesa?

—No mi Lord, en eso está muy equivocado.

El Sol seguía su curso mientras ellos dos seguían conversando, en esta ocasión el sacerdote se libraba de los rayos mientras que Erendira los comenzaba resentir. El jardín comenzaba a estar más transitado, muchos miembros de la corte que tenían permitido caminaban por ahí para dar un paseo mientras que otros más lo usaban de paso.

—Mi padre nunca fue rey. Aunque pertenecía al mismo reino, mi abuelo lo heredó a su primogénito que es mi tío Ricardo.—Se puso las manos en la frente mientras hablaba para taparse un poco del Sol quien ya había hecho su recorrido.—Mi padre se casó con mi madre quien era hija de un alto funcionario en otro reino. La desgracia llegó junto con la guerra y mi familia fue aniquilada, yo me escondí en unos barriles cerca del granero y así me pude salvar.—Hablaba con mucho dolor.—Cuando el peligro pasó, salí de mi escondite y miré el caos que había ahí. Fue el párroco quien me encontró y me llevó junto a los demás refugiados, él sabía quiénes eran mis padres y me trajo a este reino donde mi tío me aceptó y desde entonces se ha hecho cargo de mi.

—Ya veo, pero ¿Por qué no te acogió como debías?—Se tocaba la corta barba con su mano derecha.

—¿Y cómo debía hacerlo? era una niña huérfana, tengo suerte que me haya ayudado.

—Creo que eres muy noble y eso es bueno.—La sonrisa del párroco era muy notoria, de repente se había puesto de muy buen humor.—Estás muy agradecida pero al mismo tiempo conformista. No puedes negar que por tu cuerpo corre aunque sea un poco de sangre de la realeza.

—Padre, de nada me sirve tener esos pensamientos.—Bajó su mirada un momento y luego la levantó para sonreír, agradecida por lo que tenía.—Mi vida está bien, a veces un poco aburrida pero me gusta. Ya pertenezco de alguna forma a la realeza.

—Pero no como deberías.—Aclaró muy impulsivamente.

—¿Qué puedo hacer?, pensar que seré una princesa o una reina, es absurdo.

—Si vienes conmigo, podrás serlo. ¡Vuélvete la esposa de mi rey y eso será posible!

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