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Capítulo: ¿Vas a divorciarte?

Ariana despertó con los ojos hinchados y la garganta seca. No había dormido bien, pero tampoco esperaba hacerlo. Su corazón estaba destrozado.

Tomó su teléfono de la mesita de noche con manos temblorosas.

Apenas lo desbloqueó, la pantalla se iluminó con una nueva notificación. No estaba preparada para lo que vio.

Un video.

Con un nudo en el estómago, presionó "reproducir". Sus pupilas se dilataron, el aire abandonó sus pulmones y un dolor punzante le atravesó el pecho.

Ahí estaba Sergio, su esposo, el hombre al que le entregó su amor y su confianza… con otra mujer.

No eran simples caricias ni besos robados.

No, aquello era crudo, brutal, una confirmación de lo que ya sospechaba, pero que en el fondo deseaba no fuera real.

Ariana sintió arcadas.

Soltó el teléfono y corrió al baño, cayendo de rodillas junto al inodoro.

Vomitó bilis, el vacío en su estómago solo hacía más doloroso el espasmo.

Lágrimas calientes caían sin control mientras apretaba los puños contra el suelo frío de mármol.

Horas después, cuando el dolor se transformó en una silenciosa determinación, Ariana se levantó.

Se enjuagó la cara, se miró en el espejo y vio a una mujer rota, pero no vencida.

Con movimientos torpes, se vistió. Nada de maquillaje, nada de artificios. Solo su piel desnuda, marcada por la tristeza, pero con la fuerza suficiente para hacer lo que debía hacer.

Salió de su habitación sin tocar el desayuno.

Cada paso que daba era un recordatorio de la vida que estaba dejando atrás.

El chofer la miró con preocupación.

—Señora, ¿quiere que la lleve a algún lado?

Ariana negó con la cabeza.

—No. Iré sola.

El hombre dudó, pero asintió.

En cuanto vio su auto desaparecer entre las calles del centro, sacó su teléfono y marcó.

—Señor, la señora acaba de salir. Rechazó el transporte.

Del otro lado, Sergio frunció el ceño.

—¿A dónde va?

—No lo sé, señor.

Sergio miró su rastreador en el teléfono. Vio el pequeño punto moverse por la ciudad.

«¿Será una sorpresa para nuestro aniversario?», pensó con arrogancia.

Su atención se desvió cuando Lorna apareció en la puerta, usando un bikini que apenas cubría lo necesario.

—¿Listo para la playa? —preguntó con una sonrisa maliciosa.

Sergio sonrió también.

—Siempre.

La tomó en brazos y salió con ella, olvidando por completo a su esposa… hasta que fue demasiado tarde.

***

Ariana estaba sentada frente a la abogada.

Sus manos seguían frías, pero su decisión estaba tomada.

Colocó su teléfono sobre la mesa y presionó "reproducir" una vez más.

El rostro de la abogada se endureció mientras observaba el video.

—En el País Mediterráneo, la infidelidad anula cualquier derecho del cónyuge traidor. Legalmente, usted tiene derecho a quedarse con todo.

Ariana negó con la cabeza de inmediato.

—No me interesa el dinero. Solo quiero una cosa: mi libertad.

La abogada entrecerró los ojos.

—Pero, señora Torrealba, su esposo, es el CEO de una de las compañías más poderosas. Usted tiene derecho a la mitad de su fortuna.

Ariana la miró con ojos vacíos.

—No quiero nada de él. No quiero su dinero, no quiero su compasión, no quiero su nombre. Solo ayúdeme a que me deje ir.

La abogada suspiró, pero comprendió.

—Lo haremos rápido y limpio. Firmará un poder para que yo maneje todo en su nombre. No tendrá que volver a verlo durante el trámite de divorcio.

Ariana asintió.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar.

***

A kilómetros de distancia, Sergio disfrutaba del sol en la playa privada.

Su piel estaba tibia, su amante nadaba frente a él, y por un momento, todo parecía estar en orden.

«Esta es una buena vida», pensó.

Pero entonces recordó algo.

«Ariana no me ha llamado en todo el día».

Su sonrisa se desvaneció.

Tomó su teléfono y marcó su número. No hubo respuesta.

Su corazón latió más rápido. Llamó a casa.

—¿Dónde está la señora? —preguntó con impaciencia.

—No ha regresado desde esta mañana, señor.

Un frío inexplicable recorrió su espalda.

Sergio revisó el rastreador. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio la ubicación.

«Bufete de abogados Martínez y Asociados».

La sangre le hirvió.

—¡No puede ser! ¡No te atrevas a abandonarme, Ariana!

Se puso de pie bruscamente, derribando su bebida.

—¿Sergio? —preguntó Lorna, confundida.

—¡Sal de la piscina! ¡Nos vamos a la ciudad, ahora!

—Pero…

—¡Dije ahora! —gritó con furia.

***

Esa noche, Ariana estaba acostada en su cama, mirando el techo.

El silencio era aterrador.

Había tomado su decisión, pero el miedo aún estaba ahí, acechando en las sombras de su mente.

De repente, escuchó pasos.

Su corazón se aceleró.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Sergio! —susurró con pánico.

Él entró con la mirada desquiciada.

Su respiración era pesada, su camisa desarreglada. Se acercó con rapidez y la sujetó por los hombros.

—¡Ariana! ¿Por qué fuiste a un bufete de abogados? ¿Planeas abandonarme? —gruñó, su voz llena de desesperación.

Ella sintió el calor de sus manos, la fuerza de su agarre, la locura en su mirada.

Era la primera vez que veía miedo en los ojos de Sergio Torrealba.

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