Al día siguiente
Ariana observó a su esposo salir de casa como lo hacía cada mañana.
Desde la ventana, lo vio subir a su auto con la misma calma de siempre, como si todo siguiera igual, como si la traición no existiera.
El nudo en su garganta se hizo más fuerte, y apenas el coche desapareció por la calle, ella tomó aire y salió con el chofer rumbo a casa de Miranda.
Cuando llegó, su amiga ya la esperaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
Pero en cuanto la vio, su expresión se transformó en pura compasión.
—¡Ariana! —susurró, extendiendo los brazos.
Ariana corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas, aferrándose como si ese abrazo pudiera sostener los pedazos de su alma rota.
—No puedo creerlo —susurró Miranda, con el enojo y la incredulidad marcados en su voz—. Si no hubiera visto esas fotos con mis propios ojos, jamás habría pensado que él te engañaría. Siempre fue el esposo perfecto… y ahora…
Las lágrimas de Ariana rodaron sin control.
—No sé qué pasó… Nos perdimos… O me perdí…
—¡No digas eso! —Miranda la tomó del rostro con firmeza—. Esto no es tu culpa, Ariana. ¡Tú fuiste una esposa increíble! La mejor. Él es un mal hombre, siempre lo fue, solo que llevaba una máscara, y ahora… esa máscara cayó.
Ariana asintió lentamente, como si intentara convencerse a sí misma.
—Me iré lejos, Miranda… No quiero volver a verlo jamás. Quiero desaparecer, quiero huir a un lugar donde nunca pueda encontrarme. No voy a pelear por él, no voy a pelear por nadie… Ya no quiero llorar, no quiero vivir en una guerra constante. Solo quiero mi libertad. Aunque eso signifique que jamás vuelva a amar.
Miranda la miró con tristeza.
—Ariana, algún día volverás a amar…
Pero Ariana sonrió con amargura.
—No, Miranda. No hay amor después de la traición. El amor se muere cuando lo apuñalan por la espalda. Y el mío ya está muerto.
Miranda sintió una punzada en el pecho al ver la desesperanza en los ojos de su amiga.
—Debo ir al hospital —murmuró de pronto Ariana.
Miranda frunció el ceño.
—¿Estás enferma?
Ella negó con la cabeza.
—Solo necesito revisar algo.
Pero en su mente, un pensamiento la carcomía:
«Dios… que no esté embarazada. Por favor.»
***
En el hospital
El sonido de los monitores y el murmullo de los pasillos hacían eco en su mente mientras Ariana esperaba los resultados de los análisis.
Sus dedos temblaban contra la silla, su respiración era entrecortada.
«Que sea negativo. Que sea negativo.»
Había soñado tantas veces con ser madre, con formar una familia con Sergio… Pero ahora, la idea de llevar un hijo suyo en su vientre le resultaba insoportable.
Finalmente, la enfermera se acercó con el sobre en la mano.
—Aquí están sus resultados, señora Torrealba.
Ariana sintió que su cuerpo entero temblaba al tomarlo. Sus dedos recorrieron el borde del papel, hasta que finalmente lo abrió.
Su vista se nubló al leer la única palabra que importaba.
Negativo.
Un suspiro entrecortado escapó de sus labios. Sintió un alivio repentino, pero también un dolor sordo en el pecho.
Porque ese hijo que alguna vez soñó tener… nunca existiría.
—No hay nada que me ate a él… —murmuró, más para convencerse a sí misma.
Pero su momentánea tranquilidad se hizo añicos en un segundo.
Al levantar la mirada, vio algo que le arrancó el aliento.
Sergio.
Allí estaba, en vivo y a todo color, besándose con Lorna, la misma mujer de las fotos.
Ariana se escondió tras una pared, su corazón latiendo con fuerza brutal.
Pero justo antes de apartar la vista, sintió la mirada de Lorna recorrer el pasillo.
Como si la hubiese sentido.
Como si la estuviera buscando.
Entonces, la voz de esa mujer resonó en el aire.
—Mi amor… —susurró con dulzura venenosa—. Piensa en un nombre para nuestro bebito, ¿sí?
El mundo de Ariana se tambaleó.
Sergio sonrió con esa expresión encantadora que una vez le había pertenecido solo a ella.
—¿Qué quieres de regalo, querida? Pide cualquier cosa por llevar a mi hijo en tu vientre.
Lorna rio suavemente, acariciando su estómago de manera teatral.
—Quiero una pulsera de diamantes… como la que le regalaste a tu esposa en su aniversario.
El corazón de Ariana se hizo añicos.
Recordó esa pulsera.
Hermosa, elegante, deslumbrante. Sus amigas la envidiaron cuando la vieron por primera vez.
Incluso ella misma creyó que Sergio la amaba tanto como para mimarla con regalos así.
Pero ahora sabía la verdad.
No era amor. Era culpa.
Él había estado comprando su silencio.
Distrayéndola.
Finalmente, Sergio asintió con la misma indiferencia con la que solía comprar cualquier cosa.
—Está bien, amor. Lo que desees.
Luego la besó en los labios, con la misma pasión con la que alguna vez besó a Ariana.
Ella sintió náuseas.
—Amor, debo ir al baño. Espérame en el estacionamiento —dijo Lorna.
Él asintió y desapareció del pasillo.
Pero Lorna no se fue al baño.
Con una sonrisa maliciosa en los labios, caminó lentamente hacia el rincón donde Ariana se había escondido.
—Querida socia… —susurró con burla—. Sal y dame la cara.
Ariana apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su palma.
Salió del rincón y encaró a la mujer con los ojos encendidos de furia.
—¿Vienes a felicitarme? —Lorna acarició su vientre con descaro—. Estoy esperando al heredero Torrealba.
Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Ariana.
—Felicidades, querida… zorra.
Y sin más, su mano voló por el aire con un golpe feroz, estampando una bofetada brutal en el rostro de Lorna, quien cayó al suelo con un grito ahogado.
Ariana la miró desde arriba, con la respiración agitada, con el dolor convertido en ira pura.
—Disfrútalo mientras dure —susurró con frialdad—. Porque la caída… será peor de lo que imaginas.
Y sin darle tiempo a responder, giró sobre sus talones e intentó irse.
No iba a quedarse allí.
No iba a llorar más.
Era hora de recuperar su vida.
—¡Maldita, lastimaste al heredero Torrealba! ¿Qué harás cuando Sergio se entere? —exclamó Lorna, con los ojos encendidos de furia.Ariana se detuvo de golpe.El sonido de sus tacones dejó de resonar en el pasillo, y su pecho subía y bajaba con una respiración entrecortada.Giró lentamente sobre sus talones, con la mirada oscura y llena de rabia.—¡Hazlo! Vamos, llama a tu amante —le espetó con una sonrisa venenosa—. Dile que te encontraste con su esposa, dile que me buscaste y me informaste de su pequeño y sucio secretito. A ver, Lorna… dime, ¿qué crees que hará? ¿Te defenderá? ¿Correrá a consolarte? ¿O simplemente te desechará como a todas las demás que seguro ha tenido?El rostro de Lorna perdió su color.La seguridad con la que había llegado se desplomó en cuestión de segundos, y una duda latente comenzó a carcomer su pecho.Ariana esbozó una sonrisa burlona y, sin esperar respuesta, se alejó con una calma fingida, dejando a Lorna temblando de rabia.Lorna apretó los puños con fuer
—Acompáñeme, señor Torrealba.Sergio sintió su corazón latir con fuerza, palpitando como un tambor de guerra en su pecho.Algo en su interior rugía con desesperación, como si la realidad estuviera a punto de escapársele de las manos.Apretó los puños con rabia contenida y siguió a la abogada por el pasillo.Cada paso que daba parecía resonar con un eco hueco, amplificando la sensación de que algo no estaba bien.Cuando cruzaron la puerta del despacho, no pudo contenerse más.De un movimiento brusco, atrapó el brazo de la mujer y lo apretó con fuerza, su mandíbula tensa y su mirada encendida de furia.—¡Yo no me voy a divorciar de mi esposa! —rugió con la voz rota por la rabia—. ¡Es mía, y lo será hasta que la muerte nos separe!La abogada lo observó con calma, como si estudiara a una bestia herida enjaulada.Había visto ese tipo de hombres antes: narcisistas, controladores, que confundían el amor con la posesión.«Está desesperado… Ariana ha logrado sacarlo de su zona de confort», pen
Sergio la soltó bruscamente, sonriendo de una manera que no alcanzaba a ocultar la frialdad en sus ojos.Su mano recorrió el rostro de Ariana con una ternura fingida, casi como si tratara de convencerla de algo que ya no creía.—Pero, tú nunca me dejarás, Ariana —dijo con voz suave, casi como un susurro—. Porque me amas, y eres mía, solo mía.Ariana, aunque sus labios se curvaban en una sonrisa vacía, sentía cómo su corazón se desgarraba por dentro.Sus ojos ardían en rabia y dolor, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.—Y tú… nunca me engañarás —respondió ella, con una ironía que solo él podía entender.La mentira se coló entre ellos como una sombra que ninguno de los dos se atrevió a confrontar.No lo dijeron en voz alta, pero ambos sabían la verdad. Ambos estaban mintiendo, ella quería escapar, y él la engañaba sin un ápice de arrepentimiento.Se miraron por un largo momento, sonriendo con amargura, como si las sonrisas fueran una fachada que se desmoro
Sergio estaba agotado. Sus músculos dolían después de como esa mujer los satisfizo, se recostó en la cama, el aroma dulce de Lorna lo envolvió.Ella se aferró a su pecho con ternura, sus dedos delineando círculos perezosos sobre su piel.—Cariño… —susurró ella con voz mimada—. ¿Podemos ir a la playa? Tengo tantas ganas de ver el mar… Creo que es un antojo de nuestro bebé.Sergio sonrió, complacido por la dulzura con la que Lorna lo pedía.Le gustaba hacerla feliz, aunque la satisfacción duraba poco.—Tal vez pueda cumplirte el capricho —dijo con voz seductora, deslizando los dedos por su cintura—. Mañana compórtate bien en mi fiesta de aniversario, y te llevaré al mar.Lorna rio, rozando sus labios con los de él antes de besarlo con pasión.Pero en ese mismo instante, a kilómetros de distancia, una mujer despertaba en una cama solitaria con el alma hecha pedazos.***Cuando Sergio llegó a casa, Ariana fingió estar dormida.Sintió el colchón hundirse bajo su peso, percibió el aroma fam
Sergio dejó a la mujer en el camastro con brusquedad.Ariana se cruzó de brazos, sus ojos brillaban con furia mientras clavaba la mirada en su esposo.—¡Sí! —soltó de golpe—. ¡Yo la empujé! ¿Sabes por qué lo hice?Sergio la miró con severidad, pero Ariana no se intimidó.—¡No importa por qué lo hiciste! —rugió él—. No debes ser una mujer cruel. ¡Eres mi esposa y debes ser dócil y amable!Ariana rio con amargura.—Ah, ¿sí? ¿Dócil y amable con la mujer que te acusó de ser infiel?Sergio se quedó pálido. Sus ojos se abrieron tanto que Ariana creyó que podrían salírsele de las órbitas.A su lado, Lorna se incorporó con una expresión de incredulidad.—¡Ella miente! —exclamó, desesperada.Ariana avanzó con lentitud, disfrutando la confusión en el rostro de su esposo.—No miento —susurró—. La empujé al agua porque no permitiré que difame a mi esposo. ¡Él me es fiel, él me ama! ¿Verdad, amor?Los ojos de Sergio se endurecieron cuando miró a Lorna. Su voz fue un látigo:—Señorita Méndez, retír
Ariana abrió los ojos lentamente, y por un momento, creyó estar atrapada en una pesadilla de la que no lograba despertar.Estaba vacía, perdida en su propio cuerpo, incapaz de encontrar el camino de regreso a la realidad.Miró a su alrededor, su visión borrosa comenzó a despejarse y el dolor la golpeó como una ola.La habitación estaba en silencio, demasiado en silencio, pero no era ese el tipo de paz que buscaba.Sergio aún no había regresado. Sus dedos temblorosos se extendieron hacia su lado de la cama, pero la frialdad de las sábanas vacías le recordó que él no volvería.Cada día, desde que la cruel verdad había destrozado su mundo, Ariana intentaba aferrarse a la esperanza de que todo era solo una pesadilla, que pronto despertaría y volvería a la normalidad.Pero esa esperanza se desvanecía como la niebla al amanecer, y la pesadilla persistía, estancada en su mente, cada vez más real y dolorosa.Se levantó de la cama, las piernas tambaleantes, como si el peso del mundo estuviera
«Mi esposo me engaña», Ariana Torrealba temblaba.Sus manos apenas podían sostener el teléfono móvil, mientras su corazón latía con fuerza, golpeando su pecho como un tambor de guerra.Su respiración era errática, entrecortada, y una sensación de ardor le recorría la garganta.Sus ojos, abiertos de par en par, estaban fijos en la pantalla, en esas palabras que parecían puñales clavándose directo en su alma.«¿Sabes que tu esposo está en mi cama? Hoy no llegará a dormir, querida socia, puedes esperarlo, yo lo voy a atender muy bien.»Los dedos de Ariana resbalaron sobre la pantalla mientras se desplazaba por los mensajes, su visión nublada por las lágrimas que corrían sin control por sus mejillas.Y entonces vio las fotos.Su esposo, Sergio Torrealba, dormía en una cama que no era la suya.Su rostro relajado, su brazo enredado en el cuerpo de otra mujer, abrazándola con la misma ternura con la que tantas veces la abrazó a ella.Esa mujer... Ariana la reconoció de inmediato.Lorna.Gere
Ariana despertó con los ojos hinchados y la garganta seca. No había dormido bien, pero tampoco esperaba hacerlo. Su corazón estaba destrozado.Tomó su teléfono de la mesita de noche con manos temblorosas.Apenas lo desbloqueó, la pantalla se iluminó con una nueva notificación. No estaba preparada para lo que vio.Un video.Con un nudo en el estómago, presionó "reproducir". Sus pupilas se dilataron, el aire abandonó sus pulmones y un dolor punzante le atravesó el pecho.Ahí estaba Sergio, su esposo, el hombre al que le entregó su amor y su confianza… con otra mujer.No eran simples caricias ni besos robados.No, aquello era crudo, brutal, una confirmación de lo que ya sospechaba, pero que en el fondo deseaba no fuera real.Ariana sintió arcadas.Soltó el teléfono y corrió al baño, cayendo de rodillas junto al inodoro.Vomitó bilis, el vacío en su estómago solo hacía más doloroso el espasmo.Lágrimas calientes caían sin control mientras apretaba los puños contra el suelo frío de mármol.