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Capítulo: Dolor en el corazón

—¡Respóndeme, Ariana! —gritó Sergio, sacudiéndola con fuerza.

Ariana sintió miedo.

No era la primera vez que discutían, pero algo en sus ojos… algo en su expresión… la hizo estremecerse. Había furia, desesperación, pero también algo más oscuro, algo que la puso en alerta.

«Si le digo que me iré, ¿qué pasará? No… no puedo hacerlo ahora. Nuestra despedida debe ser limpia. No quiero peleas, no quiero escuchar sus excusas. No hay disculpas para lo que me hizo.»

Tomó aire, obligándose a mantener la calma.

—¿De qué hablas? —preguntó con voz controlada—. Hoy acompañé a Miranda con una abogada. Tiene problemas serios con su esposo… ella va a divorciarse.

El agarre de Sergio se aflojó al instante. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero lo que más resaltó en su rostro fue el alivio.

—¿Miranda…? —susurró, parpadeando.

Por un segundo, temió haber dejado entrever demasiado.

Ariana lo notó. Su mirada afilada lo perforó con sospecha.

—¿Y por qué crees que yo pediría el divorcio, Sergio? —preguntó con frialdad—. ¿Acaso hay una razón por la que debería divorciarme de ti?

El hombre se quedó en silencio.

Se midieron con la mirada, como dos contrincantes, en una partida de ajedrez donde el siguiente movimiento podría ser decisivo.

Sergio sintió cómo la paranoia lo invadía por un momento.

«¿Lo sabe? ¿Ha descubierto la verdad?»

Pero entonces, sonrió.

«¡No, imposible! Si Ariana supiera algo, estaría llorando, gritando, exigiendo respuestas»

Sonrió con confianza, acercándose a ella con una dulzura fingida.

—Princesa, jamás haría algo que me hiciera perderte —susurró, acariciándole la mejilla—. Te amo tanto… la sola idea de perderte me aterra.

Ariana sintió náuseas.

Él la besó, con la misma pasión de siempre, como si nada hubiera cambiado.

Y por un instante, ella casi se dejó llevar.

Durante años, esos labios habían sido su refugio, su hogar. Había amado a ese hombre con toda su alma.

Pero entonces, la imagen de otra mujer apareció en su mente. Recordó esos mismos labios besando a alguien más. Recordó su traición.

La repulsión la golpeó como un puño en el estómago.

Se apartó bruscamente, corriendo hacia el baño.

Sergio la siguió, preocupado.

—¿Ariana? ¿Qué te pasa?

Ella se inclinó sobre el lavabo, con arcadas, sintiendo que el aire se le atascaba en la garganta.

Se enjuagó la boca con las manos temblorosas y luego levantó la vista. Su reflejo en el espejo le devolvió una imagen que no reconocía.

«Estoy enferma. Enferma de amor. Enferma de dolor.»

—Debió ser algo que comí —murmuró, sin voltear a verlo.

Sergio sonrió con ternura.

—¿No estarás esperando un bebé?

Ariana sintió que el corazón se le detenía.

Un escalofrío recorrió su espalda.

—No —respondió de inmediato—. Solo es mi estómago… nada más.

Sergio se relajó y la tomó en brazos con una facilidad pasmosa.

Parecía el esposo perfecto, el hombre enamorado que haría cualquier cosa por su esposa.

Ariana lo miró mientras la llevaba de regreso a la cama. Sintió un nudo en la garganta.

¡Cuánto lo había amado! ¡Cuánto lo seguía amando, a pesar de todo!

Pero su amor estaba roto, como un cristal hecho pedazos, imposible de reparar.

Él la recostó con delicadeza y comenzó a masajearle los pies.

—Descansa, mi princesa —le susurró—. Yo te cuidaré. Nunca dejaré que te pase nada.

Ariana cerró los ojos.

«Qué ironía… tú eres lo que más daño me ha hecho.»

Sergio fue al baño y pronto el sonido del agua llenó la habitación.

El teléfono de Ariana vibró.

Ella dudó en mirarlo, pero algo dentro de ella ya sabía quién era.

Con el corazón, latiéndole en los oídos, desbloqueó la pantalla.

Un mensaje.

"¿Ya sabes la buena noticia? Felicita a tu marido, porque pronto será padre."

El mundo se desmoronó bajo sus pies.

Su estómago se hundió y sintió que el aire le faltaba. No… no podía ser verdad.

Temblando, deslizó el dedo sobre la imagen adjunta.

Era un ultrasonido.

Tres meses de embarazo.

Y debajo… una foto de Sergio y Lorna abrazados. Ella sostenía la ecografía y él, sonriendo ampliamente, sujetaba un osito de peluche con un mensaje bordado: "Voy a ser papá."

Ariana sintió que su alma se rompía en pedazos.

Luchó contra el grito que amenazaba con escapar de su garganta.

Se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un sollozo desgarrador.

El agua seguía corriendo en la regadera.

Sergio volvería en cualquier momento.

Apagó el teléfono y lo escondió bajo la almohada. Se giró en la cama, dándole la espalda a la puerta.

Sus lágrimas caían silenciosas, mojando la sábana.

«Sergio… juraste en el altar que me amarías hasta la muerte. Pero fallaste. Me mentiste. Me engañaste. Ahora vas a tener un hijo con otra mujer.

Es hora de decir adiós.

Pero no mereces ni siquiera mi despedida.»

Cerró los ojos con fuerza, mientras su cuerpo temblaba con cada sollozo sofocado.

Sergio salió del baño, secándose el cabello con una toalla, y se metió en la cama sin sospechar nada.

Ariana se quedó inmóvil.

Despierta. Rota.

Preparándose para marcharse. Para siempre

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