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Escapando de mi esposo infiel
Escapando de mi esposo infiel
Por: J.D Anderson
Capítulo: Mi esposo me engaña

«Mi esposo me engaña», Ariana Torrealba temblaba.

Sus manos apenas podían sostener el teléfono móvil, mientras su corazón latía con fuerza, golpeando su pecho como un tambor de guerra.

Su respiración era errática, entrecortada, y una sensación de ardor le recorría la garganta.

Sus ojos, abiertos de par en par, estaban fijos en la pantalla, en esas palabras que parecían puñales clavándose directo en su alma.

«¿Sabes que tu esposo está en mi cama? Hoy no llegará a dormir, querida socia, puedes esperarlo, yo lo voy a atender muy bien.»

Los dedos de Ariana resbalaron sobre la pantalla mientras se desplazaba por los mensajes, su visión nublada por las lágrimas que corrían sin control por sus mejillas.

Y entonces vio las fotos.

Su esposo, Sergio Torrealba, dormía en una cama que no era la suya.

Su rostro relajado, su brazo enredado en el cuerpo de otra mujer, abrazándola con la misma ternura con la que tantas veces la abrazó a ella.

Esa mujer... Ariana la reconoció de inmediato.

Lorna.

Gerente de la empresa. Compañera de negocios.

Empleada de la empresa que juntos construyeron.

La traición la golpeó en el estómago como si hubiera recibido un puñetazo. Sintió que el aire le faltaba, que el suelo bajo sus pies se desvanecía.

Las fuerzas la abandonaron y cayó de rodillas sobre el frío mármol de su habitación.

Un sollozo desgarrador escapó de su garganta.

Cinco largos años de amor, de entrega absoluta, de sueños compartidos.

Recordó cuando conoció a Sergio en la universidad.

Lo suyo fue amor a primera vista, de esos que solo parecen existir en los libros.

Él la convenció de que juntos podían conquistar el mundo, de que el amor bastaba para enfrentarlo todo.

La persuadió para casarse a los veinte años, para abandonar sus estudios y lanzarse a la aventura de construir una empresa desde cero.

Y lo hicieron.

Convirtieron un proyecto arriesgado en un imperio. Sergio se volvió el magnate poderoso que siempre soñó ser. Y ella...

Ella creyó que era feliz.

Pero la realidad le estallaba en la cara como cristales rotos.

Con la mano temblorosa, Ariana tomó el teléfono y marcó su número.

Quería gritarle. Quería insultarlo. Quería exigirle una explicación.

Pero cuando la llamada se conectó y escuchó su voz al otro lado, sintió que su rabia se volvía debilidad.

—Hola, princesa… —la voz de Sergio sonaba adormilada, ronca, como si estuviera agotado—. ¿Cómo estás, cariño? ¿No puedes dormir?

Ariana sintió que su pecho se apretaba.

Era tan fácil mentir para él.

—¡¿Con quién estás, Sergio?! —su voz salió entrecortada, desgarrada.

Hubo un breve silencio antes de que él soltara una carcajada.

—¿Qué dices, mi princesa? Yo solo tengo ojos para ti, estoy solo y pienso en ti, siempre.

Ariana cerró los ojos con fuerza.

Sabía que mentía.

Lo sabía porque, mientras él hablaba con su tono dulce de siempre, una mujer enredaba sus dedos en su cabello.

Porque mientras él le prometía amor, sus labios besaban la piel de otra.

Porque mientras él decía que solo tenía ojos para ella, sus ojos estaban fijos en el cuerpo desnudo de Lorna, que se reía en su oído.

Y ella recibió fotos como prueba de todo eso.

Ariana sintió que su corazón se rompía un poco más.

—Sergio… —susurró—. ¿Recuerdas nuestra promesa?

Él guardó silencio un momento. Luego sonrió con confianza.

—Por supuesto, princesa. Eso nunca pasará, te amo a ti.

Pero su voz no tenía peso. No tenía alma.

Ariana apretó el teléfono con más fuerza, sintiendo que sus uñas se clavaban en su propia piel.

Recordaba perfectamente aquella promesa.

Cuando comenzaron su relación, ella temía ser lastimada. Él le juró que nunca la engañaría.

«Y si llego a hacerlo, si llego a engañarte —había dicho con solemnidad—, que juro no sucederá, te dejaré ir sin disculpas, sin peleas, sin ruegos. Te dejaré libre de mí y aceptaré que te perdí. Lo prometo.»

Esa promesa ahora no valía nada.

—Si me engañas, sabes que todo se acabó, Sergio… —susurró Ariana con un tono firme—. Si descubro una infidelidad, me iría tan lejos que nunca sabrías de mí.

Su voz sonó tan segura que, por un instante, Sergio sintió miedo.

Pero rápidamente se burló de su propia reacción.

Ariana era suya. Siempre lo había sido.

Siempre volvía a él.

—Tonta… —susurró con una sonrisa—. Yo te buscaría. Nunca podrías escapar de mí, Ariana. Incluso si tengo que mover mar y tierra, te encontraría… pero nunca te dejaría ir.

"Nunca te dejaría ir."

Las palabras hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de Ariana.

Colgó la llamada sin decir una sola palabra más.

El silencio en la habitación era abrumador.

Su respiración era lo único que se escuchaba, rápida, descontrolada.

Tomó de nuevo el teléfono, sus manos aún temblorosas, y volvió a mirar las imágenes.

Era real. Sergio la había traicionado.

Y lo peor de todo era que no se arrepentía.

El dolor se transformó en furia.

Se puso de pie con la mirada encendida, con una determinación que nunca había sentido.

No iba a llorar más. No iba a rogarle.

Si Sergio pensaba que podía jugar con ella y seguir adelante como si nada… se equivocaba.

Ariana se miró al espejo.

Vio a una mujer destrozada… pero también vio algo más.

Vio fuego en su interior.

Vio a una mujer que estaba a punto de recuperar su dignidad.

Tomó aire y dejó escapar la última lágrima.

—Sergio… —susurró con voz firme—. Nuestro matrimonio se acabó. Quiero el divorcio.

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