RAMIROHan pasado cuatro meses más. Cuatro meses de silencio, de miedo, de incertidumbre. Aunque aún no encontramos a Laura, cada día que pasa siento que me ahogo más en esta mentira. Celina me lo dice sin rodeos: cobarde. Y quizás tenga razón. Pero no entiende lo que está en juego, lo que puedo perder si abro la boca.Martín no se ha detenido. Además de las fotos, ahora llegan amenazas. No son simples advertencias, son órdenes disfrazadas. Quiere información, detalles sobre mi familia, sobre lo que sabemos de Laura. Me he convertido en su informante a la fuerza. Y lo peor de todo…He hablado con Laura sin que nadie lo sepa.Cada vez que su voz suena al otro lado de la línea, el peso en mi pecho se aligera un poco. Pero también aumenta el peligro. Sé que Bryan no ha dejado de buscarla. Sé que Rodrigo tampoco ha abandonado la cacería. Y si descubren que he estado en contacto con ella…—Ramiro, por favor… solo espera hasta que nazca el bebé —me pidió Laura en nuestra última llamada. Su
RAMIROCuando levanto la mirada, Rodrigo sigue observándome con sus ojos llenos de decepción.Avanza hacia mí, extendiéndome el teléfono.—Dime dónde está Laura. Ahora.No intento resistirme. No tiene sentido.Le doy la dirección.Rodrigo no pierde el tiempo. Marca un número y lo coloca en su oído.—Montenegro, necesito que te pongas en marcha. Tenemos la ubicación.Sin más palabras, se gira y se mira —De esto ni una palabra a Martín. Voy a recuperar a mi hija.Luego se va junto a mi madre, llevándose consigo la única oportunidad que Laura tenía de permanecer oculta.Me quedo ahí, sintiéndome vacío.Subo a mi habitación.Cierro la puerta.Me dejo caer en la cama, sintiendo cómo todo lo que construí para protegerme se desmorona.Pero no tengo mucho tiempo para lamentarme.La puerta se abre de golpe, y Celina entra hecha una furia.—Eres un maldito cobarde.Me incorporo de golpe, sorprendido por la violencia en su voz.—Celina, yo…—¡Cállate! —me interrumpe—. ¡Deja de esconderte detrás
RAMIROTres días.Eso fue lo que me tomó perderlo todo.Tres días después del escándalo, mi madre decidió que lo mejor era enviarme lejos, fuera de Colombia, lejos de la vergüenza, lejos del desastre que Martín y yo habíamos causado.Brasil.Ese era mi nuevo destino.El avión aterrizó en Brasil cuando el sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. Mi pecho se sentía pesado, como si hubiera dejado una parte de mí en Colombia, en el caos que había sido mi vida los últimos días. Mi madre decidió que lo mejor era enviarme con mi tío André, lejos de todo el escándalo, lejos de las miradas y los juicios. No había hablado mucho con él antes, pero era el único que mi madre confiaba lo suficiente como para dejarme bajo su cuidado.No protesté.No tenía fuerzas para hacerlo.—Bienvenido a tu nueva vida —dijo mi tío con una sonrisa amable cuando nos encontramos. —Vamos, sobrino, el camino a casa es largo —dijo, tomando mis maletas sin esperar respues
MartinHabían pasado siete meses. Todo parecía estar en calma en Ipiales, un pequeño pueblo colombiano casi en la frontera. Me acostumbré a la rutina, al anonimato. Laura y yo habíamos encontrado un refugio temporal, una burbuja de tranquilidad que, aunque frágil, nos permitía respirar. Pero esa sensación de seguridad se desmoronó en un instante.Acababa de salir de una tienda con una bolsa en la mano cuando lo vi. Era Rodrigo.Me quedé helado. Mi cuerpo se tensó al instante, un escalofrío recorriéndome la espalda. Él también se detuvo, sus ojos reflejaban sorpresa y algo más… ¿Culpa? ¿Duda?Rodrigo estaba nervioso. Lo veía en sus manos temblorosas, en cómo su mirada me escaneaba, como si estuviera decidiendo si hablar o actuar. Pero no le di tiempo. Giré sobre mis talones y salí corriendo en la dirección contraria.Las calles eran estrechas, llenas de gente. Me movía rápido, esquivando vendedores ambulantes y motocicletas estacionadas. Mis pasos retumbaban en mis oídos. No sabía cuán
MARTINTal como lo dijo la curandera, al amanecer llegó a revisar a Laura. Su expresión se tornó seria mientras la observaba.—Es posible que tenga una intoxicación alimentaria… o una infección. Necesita ver a un médico lo antes posible, o el bebé podría estar en peligro.Sus palabras me pusieron en alerta de inmediato. Sin perder más tiempo, tomé el viejo auto que había conseguido y subí a Laura al asiento delantero. La anciana me dio su bendición antes de irnos.—No tengas miedo, muchacho. Nada malo va a suceder.Pero yo no estaba tan seguro. Mi mayor temor era que Bryan y Rodrigo aparecieran.Y entonces, mientras hablaba con la anciana, escuché su voz.—¡Martin! —era Rodrigo.El pánico me recorrió el cuerpo. Lo único que pensé fue en Montenegro… Me había traicionado. Sabía que Laura estaba mal y le había dicho dónde encontrarnos. Pero no podía perder el tiempo con eso ahora.Laura estaba casi dormida por la fiebre. Subí al auto y salí huyendo. Mientras Rodrigo regresaba para subir
MARTINMe trajeron al hospital, pero estoy detenido, atado a la camilla como un delincuente. El dolor es insoportable. Siento punzadas ardientes en el costado, un latido sordo en la cabeza, y cada respiración me quema los pulmones. Dicen los médicos que estoy muy malherido, pero quizá es la rabia y el dolor por no estar con Laura lo que me mantiene fuerte.O al menos, lo hacía.Porque me sedaron.Y cuando despierto, lo primero que veo es el techo blanco, demasiado brillante, demasiado estéril. Intento moverme, pero el frío del metal me detiene.Estoy esposado a la cama.La realidad me golpea como un puño en el estómago.¿Dónde está Laura?Giro la cabeza con esfuerzo, con la esperanza absurda de verla en algún lugar de esta maldita habitación. Pero no.En su lugar, hay un hombre con traje de pie junto a la puerta, mirándome con los brazos cruzados. Alto, delgado, con ojos afilados que escudriñan cada uno de mis movimientos.—¿Quién eres?—Soy el agente Kabil, encargado del caso.Su exp
MARTINLos días pasaron en una neblina de dolor y desesperación. La habitación del hospital se sentía como una prisión, no solo por las esposas que me mantenían atado a la cama, sino por la culpa que se aferraba a mi pecho como un peso imposible de levantar.Entonces, mi madre vino.Su rostro estaba cansado, con esas ojeras que delataban noches enteras sin dormir. Se sentó a mi lado y tomó mi mano entre las suyas. Eran cálidas, temblorosas.—Hijo… —su voz se quebró—. Te amo. Y deseo con todo mi corazón que todo esto hubiera sido diferente.Bajé la mirada.—No puedes hacer nada, ¿verdad? —murmuré.Ella suspiró, con sus ojos llenos de tristeza.—He intentado todo… pero Rodrigo… él…—Convéncelo —le interrumpí, con urgencia—. Convéncelo de mi inocencia. Tú sabes que yo no quise que esto pasara.—Lo sé, hijo —susurró, acariciando mi mejilla—. Pero a veces, saberlo no es suficiente.Apreté los puños.—Quizás cometí errores. Hice las cosas mal. Traté de mejorar… Pero Laura quería estar conmi
LauraDesperté de una pesadilla.El aire se sentía pesado, el olor a desinfectante me mareaba. Parpadeé, la luz me cegó por un momento.Lo primero que hice fue tocar mi vientre.—Mi bebé… —susurré con un hilo de voz, con el miedo oprimiéndome el pecho.Había cables conectados a mí, el frío del suero en mi brazo, el pitido constante de una máquina a mi lado.Entonces lo ví. Papá estaba ahí, sentado junto a mi cama. Su rostro estaba marcado por la preocupación, por el cansancio de demasiadas noches en vela. Cuando notó que desperté, se acercó de inmediato y tomó mi mano con cuidado.—Mi bebé… ¿Dónde está mi bebé? ¡Papá! Mi bebé…El pánico me golpeó de golpe, y las lágrimas brotaron sin control. Me incorporé como pude, pero él me sostuvo, acariciando mi cabello con suavidad. Su mirada estaba llena de tristeza, y eso me aterraba aún más.—¡Papá! ¿Dónde está mi bebé?—Por favor, tranquila, hija. No llores… te hará daño.—¡Quiero verlo!Papá respiró hondo, como si cada palabra fuera un puña