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Capítulo treinta y uno: La confusión de la marea roja.

Podía ver como esas palabras se reproducían en mi cerebro en cámara lenta.

Te

Orinaste

Encima

―¡Por supuesto que no! ―grité.

―¿Te masturbaste y tuviste un squirt?

Ojalá.

―¡No!

―¿Entonces?

Ya en este punto no podía definir cuál opción era la más vergonzosa, así que opté por la verdad, como toda buena cristiana.

―¡Estoy menstruando!

Parpadeó.

―¿Manchaste la cama? ―preguntó con normalidad, como si simplemente me estuviera pidiendo la hora.

Dudaba que hubiera una parte de mi rostro en este momento que no estuviera colorada. La vergüenza era tal que me ardían los ojos.

―Sí.

―¿Y por qué lo ocultaste?

―¿Por qué tú crees?

Creo que mis hormonas me estaban influenciado junto a la vergüenza ya existente, porque me sentía muy molesta.

―Las sirvientas podrían haber hecho esto.

―Tú no entiendes.

Salí del cuarto de lavado, dando fuertes pisotones.

―¡Karina! ¡Karina!

Avancé sin mirar atrás y le grité:

―¿Dónde están mis doscientos dólares? ¡Los necesito!

Lo escuchaba a mis espaldas;
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