―¿Cómo te sientes? ―preguntó Austin. ―Estoy bien y los exámenes también salieron bien. Solo un poco anémica, peo es porque tuve el periodo. Ya han pasado días, no tienes que preocuparte. Me vine enterando al día siguiente del ataque de la casa hija, que me realizaron exámenes de sangre mientras estaba inconsciente. Por suerte, todo salió bien. Menos por la anemia, pero nada que las vitaminas no solucionen. Y me las he estado tomando. Estábamos en la sala, eran las nueve de la mañana y no habíamos comido. Me mandó a llamar y sabía para que, solo que no encontraba como sacar el tema. Estaba ansiosa, porque sabía lo que me iba a decir. ―Karina… tú estás… divorciada legalmente ―Soltó como si le costara un montón. Hace unos días estaba emocionado porque yo me divorciara. Pero ahora, la idea no le atraía en nada. Ni siquiera por las acciones que le daré y que lo ayudarán a posicionarse sobre Williams, lo cual colaborará a su venganza. Justo lo que quería. Por lo cual, lo único “ne
Quinta… era la quinta vivienda que visitábamos. Los pies ya me dolían gracias a mi mala elección de calzado. ¿Por qué se me ocurrió ponerme tacones tan altos?―Este baño es muy pequeño ―Anunció Austin mientras se paseaba por la habitación. El baño era pequeño, pero para él. Para mí, estaba perfecto. Antes tenía personas que se encargaba de limpiar la casa, ahora no. O sea, que entre más pequeño, mejor. Tener que ajustarme a un presupuesto me ha abierto los ojos ante lo innecesario que era tener una mansión. La señora de bienes raíces tenía la sonrisa forzada. Seguro pensaba que éramos unos clientes muy quejosos e irritantes. Si Austin se había percatado de su descontento no hizo nada por mejorar su actitud. Abrí los ojos de par en par cuando vi a ese obstinado hombre entrar a la bañera blanca incrustada en el piso. Sus piernas eran largas y notificadas, no le quedó remedio mas que recogerlas. ―No entro como debería ―habló con inocencia. ―¡Quien debe entrar soy yo, no tú! ―exclam
Me sentí mareada por un instante, pero me recuperé con rapidez. Los empleados dejaron mi nueva mesa en el comedor. Era negra, pulcra. Me gustaba el nuevo apartamento que compré, era estético, pequeño (comparado a los lugares a los que estaba acostumbrada). Y era bonito. No importaba que tan grande o pequeño fuera, lo importante era como lo decoraría y como mantendría limpio este lugar. Me tomó dos días conseguir el apartamento que quería y cambiar a la agente de bienes raíces. El resultado me gustaba. Era un apartamento en el segundo piso, con cocina, comedor, sala, tres habitaciones y dos baños. No sé para qué necesito las otras dos habitaciones, pero sé que le encontraré un uso en el futuro.―Vaya, está quedando bien ―exclamó Austin, paseando por el comedor. Sus piernas eran largas y sus pasos también, no le costaba nada llegar de un extremo de la estancia a otro―. Acogedor, supongo. ―Supones bien. Me gusta. Y me tomé mi tiempo en elegir los muebles y la cama. Esta última Aust
Me despedí de la joven, la cual estaba muy agradecida. Sus ojos azules lo reflejaban y sus palabras también. Salí del supermercado con las bolsas en mano, miré el estacionamiento en busca de un taxi y en su lugar encontré a Austin en un coche, en la parte trasera, con la ventanilla abajo. Ladeé la cabeza y él solo abrió la puerta. No salió, esperaba que entrara. Y para mí desgracia, eso hice. Las bolsas me pesaban. Me monté a su lado.―Un caballero se hubiera ofrecido ayudarme a cargar las bolsas ―Me crucé de brazos y dejé las bolsas en el medio, como un muro entre nosotros. ―Tenía pensado hacerlo. Pero luego recordé de lo capaz que eres. Hizo el ademán de besarme la mano, pero no sé lo permití. ―¿Cuánto hace que estás aquí?―Hace media hora, le pedí a Kevin y Enrique que me trajeran. Volteé a ver a los asientos del frente y ahí estaban. Me saludaron con timidez, supongo que porque su “jefe” estaba presente. ―Entonces, ¿ustedes llevaban vigilándome desde que salí de la casa y
Abrí los ojos y me costó distinguir lo que era real y lo que no. Se sintió tan vivido, mi corazón, las emociones, el miedo de ser encontrada. El miedo a mi… a mi padre. ¿Yo le tenía miedo? Mantuve mis manos en alto, detallándolas. Eran las mismas manos que sostenían la maleta, las mismas que sostenían el celular con el que hablé con mi amiga. No entendía lo que pasaba, lo que mi mente reprodujo como una cinta de vídeo rayada. ¿Esto era parte de aquello que olvidé? Pero, ¿como hice para olvidar tantos momentos? Intenté acomodar mis ideas. Uno: estaba en uno de los hoteles de la familia de Austin.Dos: estaba huyendo de mi padre. Tres: le tenía un miedo mortal a mi padre. Cuatro: Austin decía la verdad. Si nos conocíamos. Pero, ¿por qué estaba huyendo de mi padre? ¿Qué me hizo escapar del país? Las imágenes volvieron adueñarse de mi mente. Pero, esta vez era diferente. No era un sueño, era como si estuviera invadiendo mi cerebro, abriéndose paso entre mis recuerdos e insertán
En el hospital me colocaron una intravenosa. ¿Para qué? No sé. Pero es como una rutina. Estuvimos como una hora en una habitación, esperando los análisis de sangre y una tomografía. Justo los exámenes que Austin quería que me hicieran. Le explicamos lo sucedido al doctor y ahora simplemente estábamos viéndonos mutuamente. Ah, claro. Me inyectaron algo para las náuseas y los mareos, además de darme un analgésico para el dolor de cabeza. Ahora sí me encontraba como nueva. El único problema: el sueño. Solo Dios sabía que hora de la madrugada eran. Austin también tenía sueño, bostezó un par de veces, pero cada vez que le preguntaba lo negaba. Yo estaba acostada en la camilla y él sentado en la misma, al lado de mi estómago. La puerta se abrió, pero no era el doctor de antes. Era Logan, el director del hospital, amigo de Austin y la persona que me quitó el Xuat. El Xuat… El medicamento que me recetó un doctor de confianza de mi padre… Y yo estaba huyendo de mi padre hace años… U
El cielo seguía oscuro y el clima estaba cien veces más frío, lo que reafirmaba que era de madrugada. ―Llévanos a la Casa Madre ―Le pidió Austin al chófer. ―¿Qué? ¡No! Yo quiero ir a mi casa a dormir. ―Vas a dormir en mi casa hasta que te recuperes ―demandó―. No puedes estar sola si vas a estar sufriendo ataques.―¡No fue un ataque! Solo un dolor repentino que se va tan rápido como llega. ¿Qué importa si estás conmigo o no? No es como si pudieras hacer algo si estás acompañándome. Los doctores no pueden, tú menos. Solo tengo que esperar que se me pase. El auto arrancó. ―Lléveme a mi casa ―terminé de decir. ―No, sigue la ruta ―Le exigió Austin. ―¡Que me lleve a mi casa o detenga el coche!―¡Sigue conduciendo! ―ordenó. Vi el momento exacto en que la cordura del chófer se quebró. Detuvo el coche de golpe y soltó un gruñido desesperado y frustrante. Salió del coche azotando la puerta y se alejó unos metros de nosotros, hasta que ya no pudimos oír sus gritos. Nos quedamos ob
Tres días. Pasaron tres días y Austin no se disculpó. Y si esperaba que yo lo hiciera, pues, se jodió. Yo puedo ir a dónde quiera y no le debo pedir permiso. No era mi dueño. Era incómodo, cada vez que tocaba el timbre por las noches. Yo lo dejaba pasar y él se inventaba cualquier tarea por realizar hasta que llegara la hora de dormir. Cada quien hacía sus cosas por su lado. Teníamos que seguir nuestro trato. El mismo trato que él llamó “infantil”. No nos hablábamos, no teníamos sexo y cada vez que estábamos en la misma estancia, automáticamente poníamos gestos de malhumorados. Nuestra rutina diaria. Esa noche me había metido a la cama temprano y dispuesto a dormir. Austin se echó bruscamente de su lado de la cama. ¿Y si lo mandaba a dormir al sofá? Ninguno dijo nada. Yo estaba de lado, viendo al closet. Hice el esfuerzo por dormirme, pero sentía una pesadez en el ambiente y una presión que no me dejaban conciliar el sueño. Pasaron los minutos y pese al silencioso ambiente, l