Nadie más

Katya iba recostada al vidrio del auto. Argus conducía y Egan iba haciendo varias llamadas junto a Katya en el asiento trasero. Al parecer, su contacto, Frederick, había respondido finalmente. Con un reclamo de por qué Egan lo llamaba cuarenta veces cuando para él era la media noche en América, Egan le dijo que necesitaba localizar cualquier lugar que tuviera relación con la herencia de los Carusos. Desde el más remoto hasta el más visible.

Frederick aceptó y dijo que le devolvía la llamada más tarde. Katya simplemente se quedó en silencio, mirando como Egan era un experto en manejar aquellos negocios tan bien. Cuando Egan terminó, le devolvió la mirada a Katya, sonriéndole sin mucho ánimo.

– Ven acá –le pidió Egan, acomodando su brazo para que Katya se recostara en él para poder dormir–, soy más cómodo que el vidrio. Eso, y que debemos recuperar algo de energía. No hemos parado ni a pegar un ojo en días. Ni siquiera recuerdo el momento en que salimos de Rusia.

Katya suspiró. – Dejé m
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