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La flor que nació y creció en el fango: cuarta parte.
En el estudio privado de Constantino, las sombras danzaban sobre las paredes cubiertas de libros antiquísimos. La suave luz de las lámparas de escritorio creaba un ambiente íntimo, permitiendo que los pensamientos del duque se movieran en la penumbra mientras reflexionaba sobre los cambios que habían llegado con la llegada de Valeria.

Constantino, rodeado de la fragancia a antiguo cuero de sus libros, dejó que su mente divagara entre los recuerdos y las nuevas emociones que habían surgido en su vida. A pesar de la gratitud por tener a su hija de vuelta, un halo de intriga y desconcierto giraba en torno a Eleanor, la mujer que había salvado a su hija.

Sentado frente a un escritorio de roble tallado, Constantino se dejaba llevar por un monólogo interno. "Eleanor... su nombre resuena en mi mente como un eco persistente", murmuraba, sus dedos trazando círculos nerviosos sobre la superficie pulida. La luz de las velas resaltaba la intensidad en sus ojos.

En la penumbra, el duque recordab
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