Camelia ríe feliz con Clavel, que la abraza y besa a cada rato, mientras le cuenta cosas de su vida, de la finca, donde tiene un cuarto hermoso para ella. Que su mamá y ella, cada vez que compraban cosas para ellas, lo hacían para Camelia también. Hablaban mientras avanzaban seguidas de Ariel, tomadas de las manos hasta que llegaron a la habitación donde ya está la señora Gisela.
Junto a ella se encuentra la madre de Nadia, que al verlas se queda con la boca abierta, mirando unas veces a Camelia y otras a Clavel. —Lo sabía —dice una y otra vez—, sabía que tú no podías ser hija de esos monstruos. Perdón a Gisela, pero su hijo creo que se lo cambiaron, si no se pareciera tanto a su padre en su físico lo aseguraba. Porque ni su esposo ni ella eran malas personas. Y estoy observando que lo que me dijo una vez, es verdad. Ella tiene que ser tu hermana CEl señor Rhys siempre ha sido un hombre muy justo y misericordioso. Sin embargo, ahora siente que su tiempo se le acaba y quiere arreglar las cosas con sus hijos antes de marcharse. Lo lleva pensando desde hace mucho tiempo, desde que se enteró de su enfermedad. El primero en su lista era Ariel, el que más le preocupaba, y al parecer lo estaba logrando. El segundo era Ismael, su hijo que todavía seguía atrapado en los horrores de la guerra. Sintió que había llegado el momento de enfrentar esta situación. Por eso miró a su esposa con seriedad.—No intervengas en esto, Aurora. Los había dejado solos porque de alguna manera se complementan, pero esto no puede seguir así —sigue hablando muy serio el señor Rhys—. Tú, Ismael, no puedes seguir levantándote a medianoche a correr como loco por toda la propiedad con un arma, sin conocer a nadie, con Sofía detrá
Rápidamente, lo sientan en una silla mientras Aurora le trae su medicina, realmente asustada. Ismael y Sofía se miran entre ellos, sin saber qué hacer, pero están aterrados. No quieren que le suceda nada al señor Rhys por su causa. Después de unos minutos, en los que se recuesta con los ojos cerrados, el señor Rhys los mira y toma aire antes de continuar:—En cuanto al bebé, si aún no lo quieren cuando termine la terapia, Aurora y yo nos haremos cargo de él si Mano no puede. ¿Está claro? —Ellos asienten al escucharlo—. Lo cuidarán mientras crece en su vientre, harán exactamente lo que les ordenen los médicos, y nos iremos con ustedes para vigilarlos. Esa criatura no pidió venir al mundo; lo menos que se merece es crecer sano y saludable. Es un Rhys, ¡un Rhys! Si Mano no puede hacerse cargo de él, será mi hijo. ¿Entendido?
Marlon toma a Ariel por los hombros, obligándolo a mirarlo fijamente. A pesar de que no le ha hecho la prueba de paternidad, está convencido por lo que le aseguró María Graciela: que son suyos. Por eso enfrenta a su asustado hermano, porque aunque sean de Ariel, jamás lo aceptará.—Sabes muy bien que nunca te he mentido —dice Marlon con firmeza—. No te engaño, son realmente míos. A nosotros fue a quienes nos engañaron. No soy estéril; puedo tener hijos. Vamos, respira, estás blanco como un papel. ¡Te juro que no te engaño! ¡Son realmente míos! ¿No ves que son la copia mía y Betty es igual a Marcia?—Mano, si lo haces para que yo no me sienta mal, no lo hagas. Quiero saber la verdad —insiste Ariel, que no se siente convencido por la historia de su hermano.—¡Que son míos! —insiste Marlon con firmeza&
Clavel se queda pensativa escuchando a su padre. A estas alturas, Camilo Hidalgo no sabe qué pensar ni qué esperar. Después de averiguar lo que hacía el doctor Hernández, todo es posible. Lirio le había dicho que habían obtenido varios embriones.—Está bien, lo haré. ¿Y el otro que mandaste a averiguar? —Clavel ahora está de acuerdo con su padre; quién sabe si tiene más hermanos regados.Luego acompaña a la enfermera a la habitación sin dejar de vigilar, hasta que ve salir a un custodio de detrás de la columna. Respira aliviada; quizás está siendo un poco alarmista, se dice. Aunque no le gusta la mirada que le dedica el hombre, la hace sentir intimidada. Toma el teléfono y le marca a Mariano.—Diga, señorita —le responde al primer timbre.—Necesito que vengas al hospital ahora. Ya se lo dije a pa
Todos se ponen de pie, abrazan y felicitan a Marlon. La alegría y felicidad ahora en la casa familiar son desbordantes. La cena es servida y ríen ante el alboroto de los niños bajando las escaleras, con Marcia asustada detrás. Ya han colocado sillas en la mesa para ellos; a cada rato llega un auto diferente trayendo algo que compran entre todos. Es como si de pronto la casa cobrara vida. El semblante del señor Rhys ha cambiado por completo, sobre todo porque su nieta no deja de estar cerca de él y le dice "mi abuelito".Después de terminar la cena, todos salieron a la terraza, observando a los niños jugar felices con sus múltiples juguetes que no dejaban de llegar. Camelia y Ariel se habían despedido para subir a su habitación, pues debían regresar al hospital. El señor Rhys, cansado de jugar con sus nietos, los dejó al cuidado de Aurora, Ismael y Sofía, regresan
El señor Rhys le contesta a su hijo que le cede las riendas de la casa y la familia. De ahora en adelante, deberá ser él quien tome las decisiones. Se dedicará a descansar y a ser feliz con sus nietos. Marlon acepta y le cuenta que María Graciela no tenía a nadie más en el mundo. Por ello, y por todo lo que había hecho por los niños, querían hacerla parte de la familia, lo cual es aceptado por unanimidad.Mientras tanto, Ariel y Camelia tienen que regresar al hospital, por lo que han subido a su habitación a darse un baño y cambiarse de ropa para irse a quedar con la abuela.—¡Dios, Cami, qué susto he pasado! —dice en cuanto entran en la habitación.—¿Tú solo? —responde ella de igual manera—. Ya me veía con ellos; por poco me da un infarto, no te miento, me aterré. Pero si hubieran sido tuyos, los
Camelia percibió sus dientes apresando su botón con delicadeza, haciendo que explotara escandalosamente, sin acordarse de dónde se encontraban. Ariel subió, sintiéndose victorioso, relamiéndose ante los ojos abiertos y asombrados de Camelia, que le sonrió alzando los brazos para abrazarlo.Se dejó abrazar al tiempo que se hundía en ella hasta el fondo de una sola estocada, comenzando un alocado y desenfrenado movimiento de entrar y salir, como si de una carrera se tratara. Lo necesitaba, lo anhelaba, volvió a besarla con hambre, enardecido, respirando tan desaforado que lograba casi hacer explotar a su Camelia con solo ese beso.Sus manos lo apretaron con fuerza; los jadeos se volvieron erráticos. Ariel parecía insaciable, intercambiando entre la boca de Camelia y sus senos, los cuales mordía, provocándole un enorme deleite sin dejar de bombear con ímpetu. Ni aun para s
Camelia no responde de inmediato. No puede olvidar ese día frente al edificio donde ellos no la defendieron de inmediato, aunque después sí lo hicieron. Suspira; en verdad, ellos son tan fuertes como Leandro, si no más. El jefe de seguridad insiste en que son los mejores y que pueden reconocer a Leandro en todos sus disfraces; es mejor que se queden con ella.—Sí, Ariel, estoy de acuerdo —responde al fin—. Ellos cayeron en la misma trampa que yo, dales otra oportunidad.—Muchas gracias, señora Camelia —dicen ambos, inclinándose al mismo tiempo—. Nunca más la defraudaremos.—Muy bien, chicos, espero que no lo hagan, porque si lo hacen, nunca van a poder trabajar como guardias de seguridad; me encargaré de ello —habla Ariel con firmeza, mirando alrededor—. ¿Solo estarán ellos dos cuidando de mi esposa?—No, jefe, he repartido a to