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EL AMOR QUE DEJÉ IR
EL AMOR QUE DEJÉ IR
Por: BREN
REGRESAR NUNCA FUE EL PLAN

NICOLÁS

Dicen que uno nunca debe mirar atrás. Que el pasado es mejor dejarlo donde pertenece: atrás. Y yo, hasta hace unas semanas, creía firmemente en esa idea.

Pero aquí estoy. De vuelta en el único lugar al que juré no regresar jamás.

La carretera serpentea entre colinas cubiertas de árboles, y a medida que el auto avanza, la sensación de encierro se vuelve más sofocante. Años acostumbrándome a los flashes de los paparazzi, a las luces brillantes de Los Ángeles y a los hoteles de cinco estrellas… para terminar aquí, en este maldito pueblo donde cada esquina me recuerda quién fui antes de ser lo que soy.

Antes de convertirme en el actor de moda. Antes de que mi nombre estuviera en las marquesinas de los cines. Antes de que cada paso que diera se convirtiera en carne fresca para la prensa sensacionalista.

—No tienes opción, cabrón —gruño en voz baja, golpeando el volante con los dedos.

La verdad es que esto no es un viaje de placer. No es que haya decidido venir a reencontrarme con mis raíces o hacer turismo nostálgico. No. Estoy aquí porque, después del escándalo que casi me destruye, mi agente pensó que desaparecer por un tiempo era lo mejor para mi imagen.

«Vuelve a tu casa, relájate, mantente alejado del escándalo», dijo con su tono profesional y condescendiente. Como si la simple idea de regresar a este pueblo no me revolviera el estómago.

Pero no tuve alternativa.

La última película que protagonicé, la que supuestamente me consolidaría como el mejor actor de mi generación, terminó convirtiéndose en un infierno. No por el guion, ni por el director. No. Fue por mi coprotagonista, la actriz a la que, según los tabloides, había seducido… y después destrozado.

El problema es que no era cierto. Bueno, no del todo.

Salimos un par de veces, sí. Nos besamos en lugares públicos, también. Pero nunca le prometí nada. Nunca le di razones para que creyera que yo sería su próximo gran amor. Pero en este negocio, la verdad importa poco cuando la mentira vende más.

Y la mentira que vendió la prensa fue que yo era el cabrón sin corazón que jugaba con las mujeres y las dejaba tiradas.

Así que, en un intento desesperado por limpiar mi imagen, terminé aquí. De vuelta en el pueblo del que escapé hace más de una década.

La entrada no ha cambiado. El viejo letrero con el nombre del pueblo sigue ahí, inclinado, con la pintura descascarada. Las casas bajas y las calles tranquilas, el ritmo pausado, las mismas fachadas de siempre. Todo parece exactamente igual… y, sin embargo, siento que estoy entrando en un lugar desconocido.

Porque el que regresa no es el mismo que se fue.

Porque yo ya no pertenezco aquí.

Y porque aquí sigue ella.

Me entero apenas cruzo la avenida principal, cuando me detengo en un semáforo y mis ojos, sin querer, se desvían hacia la acera. Un grupo de mujeres conversa frente a una cafetería. Ríen, gesticulan. Y entre ellas… está ella.

El tiempo se detiene.

El tráfico, la música baja de la radio, el sol filtrándose por el parabrisas. Todo desaparece. Todo se reduce a esa silueta, a esa mujer que no he visto en años pero que aún podría reconocer en medio de una multitud.

Su cabello, su forma de moverse, la manera en que se lleva una mano al cuello mientras se ríe. Todo es ella.

Todo es un maldito recordatorio de lo que dejé atrás.

Y de lo que nunca volví a tener.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro. Aprieto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Contengo la respiración sin darme cuenta. El instinto me dice que arranque el auto y me largue de ahí antes de que…

Demasiado tarde.

Ella me ve.

Nuestros ojos se cruzan, y el efecto es inmediato. Un golpe directo al pecho, como si me hubieran vaciado un cubo de agua fría en plena espalda.

No sé qué esperaba. Tal vez indiferencia. Tal vez que desviara la mirada y siguiera con su vida como si yo no estuviera ahí.

Pero no.

Sus labios se separan apenas. Sus ojos, enormes y oscuros, se clavan en los míos. Y por un segundo —uno maldito segundo— creo ver algo en su expresión. Sorpresa. Dolor. Rabia.

Después, parpadea y todo desaparece. Su rostro se endurece. Sus hombros se tensan. Y sin más, se da la vuelta y se mete en la cafetería sin dignarse a mirarme otra vez.

Un claxon me arranca del trance. El semáforo ha cambiado y los autos detrás de mí empiezan a impacientarse. Maldigo entre dientes y acelero, alejándome de ahí lo más rápido que puedo.

El corazón me golpea en el pecho. Los pensamientos se me arremolinan en la cabeza.

M****a.

Todo era más fácil cuando ella era solo un recuerdo lejano. Cuando podía convencerme de que lo que sentimos alguna vez ya no existía.

Pero ahora lo sé.

Ignorarla no va a ser tan fácil como creía.

********

Mi respiración sigue alterada cuando doblo en la siguiente calle, alejándome de la cafetería y de la única persona en este maldito pueblo que puede hacerme sentir como un jodido adolescente con el corazón en llamas.

Aprieto la mandíbula y me obligo a concentrarme en la carretera. No puedo permitirme perder el control. No por ella. No después de tanto tiempo.

Pero mi cuerpo no coopera.

Las manos aún me tiemblan sobre el volante. En mi pecho, una presión incómoda me hace sentir como si hubiera corrido una maratón sin haber dado un solo paso.

M****a, ¿qué me pasa?

Se supone que debía estar preparado para esto. Sabía que, tarde o temprano, nos cruzaríamos. Un pueblo como este no deja mucho espacio para evitar a la gente. Pero… no pensé que sería tan rápido. Ni que mi reacción sería tan visceral.

¿Y ella?

Cierro los ojos un instante, volviendo a verla en mi mente. Su expresión al encontrarme fue un puñetazo en el estómago. En un parpadeo, pasó de la sorpresa al desdén. Como si no hubiera existido nada entre nosotros. Como si no fuéramos más que dos extraños que, por pura casualidad, se cruzaron en una calle cualquiera.

Y quizás sea así.

Quizás, después de tanto tiempo, ya no somos más que eso.

Suelto una risa seca, sin humor. No debería molestarme. No debería sentir esta punzada en el pecho.

Pero la siento.

Porque aunque el pasado me ha enseñado a construir muros a mi alrededor, ella es la única persona que alguna vez los derribó. Y joder… me aterra pensar que aún tenga ese poder sobre mí.

Acelero el auto, tratando de alejarme de mis propios pensamientos.

Mi destino es la casa de mis padres, aunque a estas alturas ya no la siento como tal. La última vez que estuve aquí fue hace siete años, en Navidad, y solo me quedé un par de días. Desde entonces, mi comunicación con ellos se ha reducido a llamadas esporádicas y mensajes de texto que a veces ni siquiera respondo. No porque no los quiera, sino porque mi vida y la suya dejaron de encajar hace mucho tiempo.

Cuando finalmente estaciono frente a la entrada, veo que nada ha cambiado. La fachada sigue siendo la misma, con la pintura blanca un poco desgastada y los arbustos bien recortados. Mi madre siempre ha sido obsesiva con el jardín.

Tomo aire, preparándome para lo que viene. No sé qué será peor: enfrentarme a mis padres o lidiar con la idea de que ella sigue aquí, demasiado cerca para mi tranquilidad.

Antes de que pueda tocar el timbre, la puerta se abre de golpe.

—¡Mi niño! —exclama mi madre, y de inmediato me encuentro envuelto en un abrazo apretado que huele a lavanda y a hogar.

El nudo en mi pecho se afloja un poco.

—Hola, mamá —murmuro, correspondiendo el abrazo.

Cuando se separa, sus ojos están húmedos, pero su expresión es firme. Me estudia de arriba abajo con su mirada crítica de madre y, antes de que pueda decir algo, frunce el ceño.

—Has adelgazado. No me gusta. ¿Estás comiendo bien?

Suspiro.

—Sí, mamá.

—¿Segurísimo? Porque esos huesos no me engañan.

—Estoy bien —insisto, aunque sé que no la convenceré.

Por encima de su hombro, veo a mi padre acercarse desde la sala. Su recepción es menos efusiva, pero no menos significativa. Me da una palmada en el hombro y asiente con seriedad.

—Bienvenido a casa.

No digo nada. Solo asiento y cruzo el umbral.

El interior de la casa sigue oliendo igual. A madera, a café recién hecho, a esos aromas que crecen contigo y se quedan en tu memoria para siempre. Pero la sensación de familiaridad no me reconforta. Más bien me hace sentir como un impostor.

—Te preparé tu habitación —dice mi madre mientras se apresura a la cocina—. Y ya tengo listo el almuerzo. Dios sabe que necesitas comida casera.

Me dejo caer en el sofá, pasándome una mano por el rostro. Estoy agotado y ni siquiera ha pasado un día desde que llegué.

Mi padre se sienta en el sillón frente a mí y me observa en silencio. Sé que tiene preguntas. Sé que quiere hablar del escándalo, de por qué realmente estoy aquí. Pero también sé que no me presionará. Al menos, no todavía.

—¿Cómo te sientes? —pregunta al fin.

Ruedo los hombros, tratando de aliviar la tensión que llevo encima.

—Cansado.

Asiente.

—Imagino que estar de vuelta después de tanto tiempo no es fácil.

No, no lo es. Pero no se lo digo. En lugar de eso, miro por la ventana, hacia la calle tranquila, y me sorprendo a mí mismo buscando algo.

O a alguien.

Aprieto la mandíbula.

No empieces con esa m****a.

—Mamá va a insistir en que vayas con ella al mercado más tarde —advierte mi padre, con una pequeña sonrisa.

Suelto una risa sin ganas.

—No me sorprende.

—Y vas a encontrarte con mucha gente. Ya sabes cómo son aquí. Todos querrán saludarte, preguntarte sobre Hollywood, sobre tu carrera…

Traducción: todos querrán enterarse de mi escándalo de primera mano.

No puedo culparlos. Este pueblo es pequeño, y las noticias vuelan.

—Sobreviviré —respondo, aunque la idea me resulta agotadora.

Mi padre asiente y cambia de tema. Hablamos de cosas triviales, cosas que no requieren esfuerzo ni emociones profundas. Y por un rato, logro distraerme.

Pero en el fondo de mi mente, la imagen de ella sigue ahí.

Su mirada. Su reacción al verme.

Y la jodida certeza de que este pueblo no es lo suficientemente grande como para evitarla.

Por la tarde, mi madre gana la batalla y me arrastra al mercado.

Tal como predijo mi padre, no damos dos pasos sin que alguien me detenga para saludarme. Recibo palmadas en la espalda, abrazos, preguntas curiosas. Algunos se muestran impresionados de que “la estrella de cine” haya vuelto. Otros simplemente me miran con esa mezcla de recelo y morbo.

Pero no me importa.

No, porque mi atención está en otra parte.

Mis ojos, traicioneros, siguen buscando su silueta entre la gente.

Y cuando finalmente la encuentro, me maldigo a mí mismo por hacerlo.

Está a unos metros de distancia, caminando con una bolsa de compras en los brazos. Su cabello ondea con el viento, y aunque intenta disimularlo, noto cómo sus manos se tensan cuando nuestras miradas se cruzan.

Otra vez ese jodido choque eléctrico.

Pero esta vez, ella no huye.

Esta vez, sostiene mi mirada por unos segundos antes de apartarla con indiferencia calculada. Como si no le importara. Como si yo fuera invisible.

Y joder, me duele.

Porque si hay algo peor que el odio, es la indiferencia.

Trago en seco y aprieto los puños.

No sé qué esperaba. ¿Que me sonriera? ¿Que se acercara a saludarme como si todo estuviera bien?

No.

Ella sigue dolida.

Y aunque yo no quiera admitirlo, también lo estoy.

Tomo aire y me repito lo que ya sé: debo mantenerme alejado.

Ignorarla.

Hacer como que nunca existimos.

Pero mientras la veo alejarse, sé con absoluta certeza que no será tan fácil como quiero creer.

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