NICOLÁS
La culpa es un sentimiento curioso.
Puedes enterrarla, disfrazarla de orgullo o incluso fingir que no existe, pero siempre encuentra la forma de regresar. Y aquí estoy yo, caminando por las calles de este maldito pueblo, enfrentándome a todo lo que dejé atrás.
Los recuerdos golpean sin piedad. Cada esquina me cuenta una historia, cada rostro me recuerda quién solía ser antes de la fama, antes de Hollywood, antes de convertirme en alguien que ni siquiera yo reconozco del todo.
Y, sobre todo, antes de perder a Camila.
No vine aquí por elección. Fue una jodida obligación. Pero ahora que estoy aquí, algo en mi interior se revuelve de una manera que no me esperaba.
Porque la verdad es que este lugar aún me pertenece.
Y, de algún modo, yo también le pertenezco a él.
No puedo caminar dos metros sin que alguien me detenga.
—¡Montenegro! —grita alguien desde una mesa en la cafetería del pueblo.
Me giro y veo a don Ramiro, el viejo dueño del lugar.
—Mírenlo nada más. ¡El niño estrella regresó!
Aplausos. Algunas risas.
Y yo, sonriendo con esa máscara que aprendí a usar en la alfombra roja.
Me acerco con un gesto educado y le doy un apretón de manos al viejo.
—Tiempo sin verte, Ramiro.
—¡Tiempo sin vernos dice! —exclama con una carcajada—. ¿Qué son? ¿Diez años? ¿Quince?
—Algo así.
Alrededor, algunas personas empiezan a acercarse. La misma pregunta de siempre: ¿Qué haces aquí?
Y la misma respuesta que he dado desde que llegué:
—Solo de paso.
Me preguntan por Hollywood, por las películas, por los famosos.
Pero nadie me pregunta por ella.
Y aunque debería agradecerlo, me deja un sabor amargo.
Porque en cada conversación, en cada mirada curiosa, en cada jodido segundo, Camila está presente.
Aunque nadie la mencione.
Horas después, termino en el bar de siempre.
El viejo Bar Soler.
Antes de entrar, me detengo un segundo.
La última vez que crucé esta puerta, Camila estaba detrás de la barra, con esa sonrisa que iluminaba todo a su alrededor.
No sé si quiero ver lo que hay ahora.
Pero entro de todos modos.
El lugar sigue igual. El mismo olor a madera y licor barato, las mismas mesas gastadas, la misma barra de siempre.
Solo que ahora no está ella.
En su lugar, un tipo al que no reconozco limpia un vaso con desgana.
Me acerco.
—¿Qué te sirvo?
—Whisky. Doble.
Asiente y me sirve sin preguntar nada más.
Justo cuando tomo el vaso, una voz me interrumpe.
—No puedo creerlo.
Me giro y me encuentro con Manuel, uno de mis viejos amigos.
O lo que alguna vez fue un amigo.
—Míralo —dice, evaluándome de arriba abajo—. Nicolás Montenegro en carne y hueso.
Sonrío con cautela.
—Manuel.
—Creí que no volverías nunca.
—Yo también.
Silencio.
No es incómodo, pero tampoco es del todo amigable.
Finalmente, Manuel se sienta a mi lado y pide una cerveza.
—¿Qué te trae de vuelta?
—Asuntos familiares.
Él asiente y da un trago a su bebida.
—Y dime… —dice de pronto, con un tono casual—. ¿Ya la viste?
No necesito preguntar a quién se refiere.
—Sí.
—¿Y?
Doy un largo trago al whisky antes de responder.
—Y nada.
Manuel deja escapar una risa seca.
—Eres un cabrón, Montenegro.
Me encojo de hombros.
—No vine a joderla.
—Pues mejor que no lo hagas. Porque si algo tengo claro, es que Camila no es la misma de antes.
Su comentario me hace fruncir el ceño.
—¿A qué te refieres?
Manuel me mira con una media sonrisa.
—¿No lo sabes?
No me gusta su tono.
—¿Saber qué?
Hace una pausa dramática antes de soltar la bomba.
—Camila está comprometida.
Y entonces, el mundo se detiene.
Mis dedos se tensan alrededor del vaso.
—¿Qué?
—Que está comprometida —repite, como si no fuera suficiente con escucharlo una vez.
Algo en mi interior se contrae.
De todas las cosas que podía esperar, esto no estaba en la lista.
Cierro los ojos un segundo.
No debería importarme.
No debería sentir esta punzada de celos, de rabia, de… ¿dolor?
No debería sentir nada.
Pero lo hago.
Y joder, eso lo cambia todo.
*****
El whisky en mi mano se ha vuelto insípido.
Mi mente repite en bucle la frase que Manuel acaba de soltar con la misma facilidad con la que se habla del clima.
Camila está comprometida.
Es ridículo que esto me sorprenda. Han pasado años, muchos años. No podía esperar que ella siguiera detenida en el tiempo, esperándome como una idiota. Yo la dejé.
Yo fui el que se largó sin mirar atrás.
Y, sin embargo, aquí estoy, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de tanto apretar el vaso.
Manuel me observa con una mezcla de burla y curiosidad.
—No me jodas, Montenegro. ¿De verdad no lo sabías?
—No —digo, con una voz más áspera de lo que pretendía.
Él suelta un silbido bajo.
—Vaya, vaya… —se reclina en su silla—. Esto sí que se pone interesante.
No respondo. Mi cabeza es un puto caos.
—Supongo que eso significa que no te has topado con Sergio aún.
El nombre me golpea como un maldito puñetazo en el estómago.
Sergio.
Sí, lo recuerdo.
El tipo bueno, el tipo correcto. El que siempre estaba cerca de Camila, incluso cuando éramos jóvenes y ella y yo estábamos juntos.
El que nunca ocultó que la quería.
Apenas un segundo después, Manuel confirma lo que ya temo.
—Es él.
El whisky me quema la garganta cuando me lo termino de un solo trago.
—¿Desde cuándo? —pregunto, sin poder evitarlo.
—No lo sé exactamente. Hace tiempo que andan juntos, aunque creo que el anillo es reciente.
M****a.
Apoyo los codos en la barra y respiro hondo.
Esto no cambia nada.
Nada.
No vine aquí a recuperar a Camila. Ni siquiera sé por qué sigo pensando en ella de esta manera.
Pero, joder…
Duele.
Salgo del bar antes de que Manuel pueda seguir con su letanía de detalles innecesarios. No quiero saber más. No quiero imaginarme a Camila en brazos de otro, sonriendo, siendo feliz sin mí.
El aire de la noche es fresco, pero no lo suficiente para calmar el ardor en mi pecho.
Camino sin rumbo, sin prestar atención a dónde voy. El pueblo está casi vacío a esta hora, solo unas cuantas luces encendidas en las casas y la lejana risa de alguien que no tiene idea del torbellino de m****a que tengo en la cabeza.
Y entonces mis pies me llevan hasta donde juré que no volvería.
Su casa.
No me acerco.
Me quedo al otro lado de la calle, en la sombra, con las manos en los bolsillos y el corazón bombeando más rápido de lo que quiero admitir.
La casa de los Soler luce exactamente igual. La fachada blanca, las macetas con flores en la ventana, el pequeño columpio en el porche.
Recuerdos. Miles de ellos golpeándome a la vez.
Y, de repente, la puerta se abre.
El mundo deja de girar.
Camila.
No me ve.
Se queda en el umbral por un momento, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como si estuviera sumida en un pensamiento profundo. Su cabello está suelto, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros.
Lleva una sudadera ancha y pantalones cortos, como si estuviera lista para dormir.
Y entonces… lo veo.
Un brillo en su mano izquierda.
Pequeño. Discreto.
Pero imposible de ignorar.
El anillo.
Me golpea más fuerte de lo que debería.
Trago saliva y cierro los ojos un instante.
Esto no cambia nada.
Esto no cambia nada.
Pero entonces, Camila suspira, como si cargara el peso del mundo sobre los hombros, y se pasa una mano por el cabello, enredando los dedos en él como solía hacer cuando estaba nerviosa.
Y, por un momento, parece que sigue siendo la misma.
Mi Camila.
Abro los ojos.
No.
No lo es.
No me pertenece.
Nunca más.
Y, sin embargo, no puedo irme.
No todavía.
CAMILArDecido no pensar en él.Es así de simple. No pensar.Porque pensar en Nicolás Montenegro es abrir una herida que ya debería estar cerrada. Es recordar cosas que no quiero recordar. Es traer de vuelta el dolor, el vacío, la sensación de ser dejada atrás.No. No lo haré.Así que me obligo a concentrarme en lo que realmente importa: mi vida.Y mi vida sigue.Con él o sin él.El bullicio en la plaza principal del pueblo es ensordecedor.Cada año, la feria de primavera reúne a todos, y esta vez no es la excepción. Los puestos de comida, los juegos mecánicos, los músicos callejeros... Todo es un caos de colores y sonidos.Siempre
NICOLÁSEl alcohol no ayuda.Ojalá lo hiciera.Porque llevo dos copas de whisky y la maldita sensación de su cuerpo cerca del mío sigue quemándome la piel.Me dejo caer contra el respaldo del sofá en la casa de mi hermano, soltando un suspiro pesado. No debería estar así.No debería seguir pensando en ella.Pero, joder… Camila Soler sigue metida en cada jodido rincón de mi cabeza.Intento convencerme de que solo es el impacto de verla después de tantos años.De q
CAMILANo.No quiero sentir esto.No quiero este temblor en mis manos, este nudo en la garganta, este torbellino en el pecho.No quiero recordar cómo era cuando Nicolás me miraba de esa forma.Porque si lo hago, estoy perdida.Me sumerjo en el trabajo con la desesperación de quien intenta mantenerse a flote en un océano embravecido.Desde que abrí los ojos esta mañana, me obligué a seguir una rutina tan estricta como mecánica.Me levanté temprano.Me preparé el café más cargado que pude.Me
NICOLÁSNo.No vine por ella.Vine porque no tenía opción. Porque el escándalo en Los Ángeles me cerró puertas, porque mi equipo de relaciones públicas me convenció de que desaparecer por un tiempo era lo mejor para mi carrera.Vine porque este es mi pueblo, aunque no se sienta como tal.Pero no vine por Camila.Al menos, eso es lo que me repito cada día desde que puse un pie aquí.Me repito que mi vida está en otro lugar. Que ya no soy el chico que soñaba con un futuro junto a ella.Pero cada vez que la veo, cada vez
CAMILANicolás Montenegro fue el amor de mi vida.Y también mi mayor error.No sé cuántas veces me repetí eso a lo largo de los años. No sé cuántas veces intenté convencerme de que lo había superado, de que su partida había sido lo mejor que podía haberme pasado.Pero ahora está aquí.Caminando por las mismas calles, respirando el mismo aire, mirándome con esos ojos que un día prometieron quererme siempre.Y mi pecho es un campo de batalla.Porque una parte de mí quiere ignorarlo. Quiere hacer como que nunca existió, como si su regreso no significara nada. Pero la
NICOLÁSCamila me odia.Eso es un hecho.Lo supe en el instante en que sus ojos se encontraron con los míos en ese maldito evento del pueblo. Lo vi en su mirada, lo sentí en la forma en que su cuerpo se tensó, como si estuviera preparándose para la batalla.Pero lo que más me jodió no fue su desprecio.Fue darme cuenta de que, a pesar de todos los años que pasaron, a pesar de todo lo que creí haber superado, todavía me importa.Todavía la miro y siento ese vacío en el pecho.Todavía la veo sonre&iac
CAMILANo importa cuánto lo intente, no consigo que Nicolás Montenegro desaparezca de mi vida.Lo veo en cada rincón del pueblo. En la panadería, en la plaza, en el mercado. Está en todas partes.Y lo peor de todo es que no es solo su presencia física la que me atormenta.Es su insistencia.Es la forma en que me busca con la mirada cuando coincidimos en algún sitio.Es la manera en que la gente murmura cuando nos ve cerca, como si esperaran un nuevo drama digno de telenovela.Es el simple hecho de saber que, en algún punto de este maldito pueblo, él sigue haciendo preguntas
NICOLÁSCamila cree que puede huir de mí.Cree que con rechazarme una vez será suficiente para que me dé por vencido.Pero si algo me ha enseñado la vida es que las cosas que realmente valen la pena no se abandonan a la primera barrera.Y Camila Soler siempre ha valido la pena.No importa cuántas veces me evite.No importa cuántas miradas llenas de hielo me lance.Sé que aún siente algo.Lo vi en su rostro cuando la enfrenté.Lo vi en la forma en que su pecho subía y bajaba