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NO QUIERO MIRAR ATRÁS

La vida en el pueblo es tranquila.

O al menos lo era hasta que él regresó.

Durante años construí una rutina sin sobresaltos, sin dramas, sin fantasmas del pasado. Me convencí de que la herida había sanado, de que lo había superado, de que su nombre ya no me provocaba un vuelco en el pecho.

Pero todo eso se fue al carajo en cuanto lo vi.

Ayer fue la primera vez en años que me crucé con Nicolás Montenegro cara a cara. Y aunque quise hacerme la fuerte, aunque me obligué a actuar como si su presencia no significara nada, la verdad es que en cuanto me alejé sentí que me faltaba el aire.

Porque sí significa algo.

Porque verlo me revolvió de una manera que no esperaba.

Porque sus ojos seguían siendo los mismos.

Y eso es lo que más odio.

Que después de tanto tiempo, después de todo lo que pasó, todavía pueda afectarme.

Pero no pienso permitírselo.

Hoy es sábado, lo que significa que toca almuerzo familiar en casa de mi madre. Y aunque no tengo muchas ganas de lidiar con comentarios innecesarios, no tengo escapatoria.

Cuando llego, mi hermana Valeria ya está en la cocina ayudando a mamá a preparar la comida.

—Mira quién apareció —dice Valeria con una sonrisa burlona—. La mujer ocupada del pueblo.

—No empieces —le respondo, dejando mi bolso en una silla.

—¿Y eso? ¿Te levantaste de mal humor o te cruzaste con él otra vez?

Me tenso de inmediato.

—No sé de qué hablas —miento, buscando cualquier excusa para no mirarla a los ojos.

Valeria suelta una risita y se apoya en la encimera con los brazos cruzados.

—Por favor, Camila. Desde que Nicolás volvió, el pueblo entero no habla de otra cosa.

—Pues deberían encontrar un nuevo tema de conversación —gruño, sacando platos del mueble con más fuerza de la necesaria.

Mamá, que ha estado en silencio hasta ahora, decide intervenir.

—Hija, entiendo que sea difícil para ti…

—No es difícil —la corto, más rápido de lo que debería—. Es irrelevante.

Mamá y Valeria intercambian una mirada. Sé exactamente lo que están pensando.

Que estoy a la defensiva.

Que me sigue afectando.

Y joder, lo odio.

—Solo digo que después de todo lo que vivieron… —empieza mamá con su tono de siempre, ese que usa cuando cree que tiene derecho a opinar sobre mi vida.

—Después de todo lo que viví yo —la corrijo, cruzándome de brazos—. Porque él siguió con su vida sin mirar atrás.

La tensión en la cocina se siente espesa.

Sé que mi madre quiere decir algo más, pero por suerte, el timbre suena y me salva de la conversación.

Me ofrezco a abrir, agradeciendo cualquier excusa para alejarme de sus miradas llenas de lástima.

Al otro lado de la puerta, me encuentro con Julia, mi mejor amiga desde la infancia.

—¡Camila! —exclama con entusiasmo antes de envolverme en un abrazo.

—Hola, Juli —digo, devolviéndole el gesto—. ¿Por qué tanta emoción? Nos vimos ayer.

—Sí, pero ayer no tenía noticias jugosas —responde con una sonrisa traviesa.

—No —le advierto—. No quiero saber nada.

—Ay, Camila, vamos…

—Julia.

Suspira dramáticamente y levanta las manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien, no digo nada.

Mentira.

Sé que va a decir algo.

Y no me equivoco.

Apenas nos sentamos a la mesa para almorzar, Julia suelta la bomba.

—Adivina quién estuvo preguntando por ti.

El aire se me atasca en la garganta.

No.

No puede ser.

Miro a Julia con incredulidad, pero ella solo sonríe como si estuviera disfrutando de la situación.

—Tomás me dijo que se encontró con Nicolás y que le mencionó tu nombre —continúa, removiendo su ensalada con total tranquilidad—. ¿Te lo imaginas? Después de tanto tiempo, preguntando por ti.

Mamá y Valeria se quedan en silencio, pendientes de mi reacción.

Pero yo no voy a darles el gusto.

Me obligo a encogerme de hombros, fingiendo indiferencia.

—No me interesa lo que haga o deje de hacer.

—Camila… —empieza mi madre.

—De verdad —insisto, cortando la conversación—. Nicolás Montenegro puede hacer lo que le dé la gana. No me afecta en lo más mínimo.

Mentira.

Porque después de almorzar, cuando vuelvo a mi casa y me quedo a solas, lo único en lo que puedo pensar es en él.

En el pasado.

En todo lo que dejamos a medias.

En la forma en que me rompió el corazón.

Y aunque me repito que no voy a mirar atrás…

Sé que no va a ser tan fácil.

*****

La tarde se ha vuelto sofocante, o tal vez solo soy yo, atrapada en mis pensamientos y en la incomodidad de saber que Nicolás sigue aquí, respirando el mismo aire que yo.

Después del almuerzo, mi plan es refugiarme en la librería y perderme entre los libros, pero apenas cruzo la puerta, mi celular vibra en mi bolso.

Julia.

—No quiero más noticias sobre Nicolás —le suelto antes de que pueda decir algo.

—No es sobre Nicolás —contesta con dramatismo—. Bueno… no del todo.

Me masajeo las sienes con la mano libre.

—Julia…

—Es que, bueno, vi a tu ex en el bar.

Mi estómago se revuelve.

—¿Cuál de todos? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—El único que importa.

Exacto. Sergio.

—¿Y?

—Y que te busca, Camila.

Suelto un suspiro.

Sergio fue mi intento desesperado de seguir adelante. Una relación estable, segura, sin sobresaltos. Un hombre bueno, trabajador, que me quiso sin peros ni condiciones. Pero nunca pude darle lo que merecía.

Porque mi corazón seguía atado a un fantasma.

—Dijo que quiere hablar contigo —continúa Julia—. Y no parece del tipo que se rinde fácil.

—Pues va a tener que hacerlo —digo con firmeza.

Porque una cosa tengo clara: no voy a enredarme en el pasado.

Ni con Nicolás.

Ni con Sergio.

Ni con nadie.

 

Las horas en la librería transcurren con calma, aunque mi cabeza no deja de dar vueltas. Cada vez que alguien entra por la puerta, mi cuerpo se tensa automáticamente, como si esperara encontrarme con él.

Y odio eso.

Huyo de mis pensamientos metiéndome entre los estantes, colocando los libros en su sitio con más fuerza de la necesaria. Justo cuando estoy en la última estantería, una voz familiar me sobresalta.

—Vaya, qué concentración.

Me doy la vuelta y me encuentro con Tomás.

Genial.

—Hola —digo con cautela.

Tomás mete las manos en los bolsillos y me observa con una sonrisa ladeada.

—Te noto tensa.

—Estoy bien —respondo, volviendo la vista a los libros.

—No me mientas, Soler —dice con tono burlón—. Sé que el regreso de Nicolás te tiene revuelta.

Aprieto los labios.

—Me tiene sin cuidado.

Tomás suelta una carcajada.

—Por favor. Si te tuviera sin cuidado, no te estarías escondiendo en la última estantería como si te persiguieran.

Lo fulmino con la mirada.

—No me estoy escondiendo. Trabajo aquí, ¿recuerdas?

—Sí, sí… lo que tú digas.

Tomo un libro al azar y lo coloco en su sitio, ignorando su mirada divertida.

—Solo quiero que estés bien, Cami —dice de pronto, con un tono más serio.

Su cambio de actitud me desconcierta.

—Estoy bien —repito, aunque suene más para convencerme a mí misma.

Tomás suspira y asiente, pero en su mirada hay algo que me dice que no me cree.

—Nos vemos luego, Soler.

Y sin más, se va.

Me quedo de pie, inmóvil, con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.

Porque ni yo misma sé si estoy bien.

 

Esa noche, mientras intento dormir, los recuerdos me atacan con la fuerza de una tormenta.

Nicolás besándome bajo la lluvia en nuestro rincón secreto.

Nicolás prometiéndome que siempre estaríamos juntos.

Nicolás alejándose sin mirar atrás.

Cierro los ojos con fuerza, intentando bloquear las imágenes.

Pero es inútil.

Porque aunque me he repetido mil veces que no quiero mirar atrás…

Mi corazón no está tan seguro.

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