El pueblo no ha cambiado tanto.
Las calles siguen siendo las mismas, con ese aire tranquilo que tanto odiaba cuando era joven y soñaba con salir de aquí. Las casas, aunque algunas renovadas, conservan su esencia. Incluso el bar de la esquina donde solíamos reunirnos después de clases sigue en pie.
Y, sin embargo, todo se siente diferente.
Tal vez porque yo soy el que ha cambiado.
Me digo a mí mismo que estar aquí no tiene nada que ver con ella.
Que mi regreso es una simple pausa, una estrategia para alejarme del escándalo que me estalló en la cara. Que en cuanto todo se calme, volveré a mi vida en Los Ángeles y esto no será más que un maldito paréntesis.
Pero es mentira.
Porque desde que vi a Camila ayer, desde el segundo en que mis ojos se encontraron con los suyos, no he pensado en otra cosa.
Me levanto temprano y salgo a caminar, intentando despejarme. El aire fresco de la mañana se siente distinto en comparación con la contaminación de la ciudad. Aquí todo huele a campo, a pan recién horneado y a recuerdos que preferiría no remover.
Pero mi mente no me da tregua.
Camino por la plaza y me detengo frente a la fuente. Cuántas veces nos sentamos aquí, sin prisa, sin preocupaciones, sin imaginar que algún día seríamos extraños.
Cierro los ojos y la veo.
Camila riendo, con el cabello suelto al viento, mirándome con esa mezcla de desafío y dulzura que siempre me volvía loco.
Camila besándome en secreto detrás de la iglesia, diciéndome que nos largáramos juntos a cualquier parte.
Camila llorando la última vez que la vi.
La imagen me golpea como un puñetazo en el estómago y me alejo de la fuente, como si el agua pudiera arrastrarme de vuelta a un pasado que creí enterrado.
Sigo caminando sin rumbo, intentando sacármela de la cabeza.
Pero el pueblo entero es un maldito recordatorio de ella.
El parque donde la vi por primera vez, con el uniforme de la escuela, pateando una pelota como si no le importara que los niños del equipo se burlaran de ella.
La panadería donde comprábamos croissants cuando nos escapábamos de clases.
La librería donde solía perderse por horas, y donde yo me sentaba a esperar, fingiendo que no me aburría mientras ella hojeaba libros con los ojos brillando de emoción.
Y entonces la veo.
No en mis recuerdos, sino en el presente.
Está justo ahí, al otro lado de la calle, saliendo de la misma librería en la que solíamos pasar tardes enteras.
Por un momento, el tiempo se detiene.
El mundo se reduce a ella.
Camila.
Su cabello es un poco más corto, pero sigue teniendo ese tono castaño que se iluminaba con el sol. Su cuerpo, aunque más maduro, sigue moviéndose con esa gracia natural que siempre me hipnotizó.
No sé cuánto tiempo paso observándola, pero de pronto, como si lo sintiera, levanta la vista.
Nuestros ojos se encuentran.
M****a.
El impacto es inmediato.
Camila se congela. Puedo ver el instante exacto en que su expresión se endurece, en que sus labios se tensan y su mirada se vuelve impenetrable.
Yo debería apartar la vista. Seguir caminando como si no hubiera pasado nada.
Pero no lo hago.
Porque en esos segundos que se sienten eternos, noto algo más en sus ojos.
Una chispa de algo que no quiere mostrar.
Algo que no es indiferencia.
Y eso me jode más de lo que debería.
Camila reacciona primero. Se endereza, toma una bocanada de aire y se da la vuelta, alejándose con pasos rápidos, como si mi presencia la quemara.
Y joder, eso duele más de lo que quiero admitir.
Me quedo allí, sintiendo la tensión en mis músculos, con la respiración más pesada de lo que debería estar.
No me habló. Ni siquiera intentó fingir una cortesía básica.
Me ignoró.
Como si nunca hubiera significado nada.
Y sé que es mi culpa.
Sé que tengo todo el derecho de ser el villano en su historia.
Pero eso no significa que me guste.
Aprieto la mandíbula y me obligo a seguir caminando.
Me repito una vez más que esto no cambia nada.
Que puedo ignorarla igual que ella me ignoró.
Pero mientras me alejo, con la imagen de sus ojos clavada en mi memoria, empiezo a darme cuenta de algo.
No va a ser tan fácil como creía.
******
El camino de regreso a casa es un maldito infierno.
No porque las calles del pueblo sean difíciles de recorrer, sino porque mi cabeza no deja de dar vueltas al mismo pensamiento: Camila sigue aquí.
Y no solo sigue aquí, sino que me ha mirado como si quisiera atravesarme con la mirada y luego se ha dado la vuelta como si yo no fuera nadie. Como si los años que pasamos juntos no hubieran significado nada.
Y lo peor es que no la culpo.
Me meto las manos en los bolsillos y respiro hondo, tratando de sacudirme la sensación de vacío que me ha dejado verla de nuevo. Pensé que el golpe de ayer en la cafetería había sido suficiente, que nada podría removerme más que ese primer encuentro… pero me equivoqué.
Verla ahí, en la librería, con la misma expresión de ensimismamiento que ponía cuando se perdía en sus libros, me ha revuelto el estómago de una manera que no esperaba.
Porque, joder, no es solo nostalgia. Es otra cosa. Algo que no quiero nombrar.
Doblo la esquina y, sin pensarlo demasiado, termino en una calle que no pisaba desde hacía años. La reconozco de inmediato. Es el barrio donde crecí, el mismo donde Camila vivía a unas pocas casas de la mía.
Mi antigua casa sigue ahí, aunque ahora la han pintado de un azul más claro. La verja sigue siendo la misma, aunque más oxidada. Y el árbol enorme que daba sombra al porche sigue en su lugar, tan firme como siempre.
El eco de las risas y los gritos de mi infancia me golpea fuerte.
Cierro los ojos y, por un segundo, me veo a mí mismo de niño, corriendo descalzo con un balón bajo el brazo, sin imaginar todo lo que el futuro me traería.
Pero no solo me veo a mí.
La veo a ella.
Camila sentada en mi porche, con un libro en las manos y los pies descalzos, esperándome para salir juntos. La veo lanzándome piedras a la ventana cuando se escapaba de casa y la atrapaban en plena noche. La veo riéndose, con su risa clara y despreocupada, diciéndome que algún día nos largaríamos de aquí.
Y lo hicimos.
Bueno, yo lo hice.
Ella se quedó.
Abro los ojos y maldigo en voz baja.
No debería estar aquí.
No debería estar dándole vueltas a cosas que no puedo cambiar.
Pero antes de poder dar media vuelta y largarme, una voz me saca de mis pensamientos.
—Vaya, vaya… ¿qué hace la gran estrella de Hollywood por estos lares?
Reconozco la voz al instante.
Giro la cabeza y me encuentro con Tomás, un viejo amigo de la infancia. Bueno, ex amigo. Perdimos el contacto cuando mi carrera despegó y dejé de responderle los mensajes.
Me encuentro con su mirada escéptica, sus brazos cruzados y una sonrisa que no llega a sus ojos.
—Tomás —digo, con un intento de sonrisa—. Ha pasado tiempo.
—Ya lo creo —responde, con tono neutral—. Pensé que nunca volverías.
No sé qué contestar a eso. Porque, en parte, tiene razón.
No tenía intención de volver.
No después de cómo me fui.
—Las circunstancias… cambiaron —respondo finalmente, encogiéndome de hombros.
Tomás me estudia por un momento y luego asiente, como si entendiera algo que yo no.
—Claro —dice—. Supongo que te habrás encontrado con Camila.
El comentario me pilla desprevenido, aunque no debería.
Aprieto la mandíbula antes de contestar.
—Nos cruzamos ayer.
—¿Y?
—Y nada —digo con más firmeza de la que siento—. Solo un cruce de caminos.
Tomás suelta una risa corta y niega con la cabeza.
—Si tú lo dices.
No me gusta su tono.
Ni la forma en que me mira, como si supiera algo que yo no.
—Me tengo que ir —digo, dando un paso atrás.
—Seguro —contesta él, sin moverse—. Pero solo un consejo, Montenegro.
Lo miro en silencio.
—No vuelvas a joderla —dice finalmente, con un tono más serio—. Ya lo hiciste una vez, y no creo que te dé otra oportunidad.
Las palabras me atraviesan como un puñal.
Y lo peor es que tiene razón.
No respondo. No puedo.
Me limito a darle la espalda y alejarme de allí, sintiendo el peso de sus palabras en cada paso que doy.
La jodí.
Y aunque me lo repita mil veces, aunque intente justificarme, aunque trate de convencerme de que mi regreso no tiene nada que ver con ella…
Sé que no va a ser tan fácil ignorar lo que aún siento.
La vida en el pueblo es tranquila.O al menos lo era hasta que él regresó.Durante años construí una rutina sin sobresaltos, sin dramas, sin fantasmas del pasado. Me convencí de que la herida había sanado, de que lo había superado, de que su nombre ya no me provocaba un vuelco en el pecho.Pero todo eso se fue al carajo en cuanto lo vi.Ayer fue la primera vez en años que me crucé con Nicolás Montenegro cara a cara. Y aunque quise hacerme la fuerte, aunque me obligué a actuar como si su presencia no significara nada, la verdad es que en cuanto me alejé sentí que me faltaba el aire.Porque
NICOLÁSLa culpa es un sentimiento curioso.Puedes enterrarla, disfrazarla de orgullo o incluso fingir que no existe, pero siempre encuentra la forma de regresar. Y aquí estoy yo, caminando por las calles de este maldito pueblo, enfrentándome a todo lo que dejé atrás.Los recuerdos golpean sin piedad. Cada esquina me cuenta una historia, cada rostro me recuerda quién solía ser antes de la fama, antes de Hollywood, antes de convertirme en alguien que ni siquiera yo reconozco del todo.Y, sobre todo, antes de perder a Camila.No vine aquí por elección. Fue una jodida obligación. Pero ahora que estoy aquí, algo en mi interior se revuelve de
CAMILArDecido no pensar en él.Es así de simple. No pensar.Porque pensar en Nicolás Montenegro es abrir una herida que ya debería estar cerrada. Es recordar cosas que no quiero recordar. Es traer de vuelta el dolor, el vacío, la sensación de ser dejada atrás.No. No lo haré.Así que me obligo a concentrarme en lo que realmente importa: mi vida.Y mi vida sigue.Con él o sin él.El bullicio en la plaza principal del pueblo es ensordecedor.Cada año, la feria de primavera reúne a todos, y esta vez no es la excepción. Los puestos de comida, los juegos mecánicos, los músicos callejeros... Todo es un caos de colores y sonidos.Siempre
NICOLÁSEl alcohol no ayuda.Ojalá lo hiciera.Porque llevo dos copas de whisky y la maldita sensación de su cuerpo cerca del mío sigue quemándome la piel.Me dejo caer contra el respaldo del sofá en la casa de mi hermano, soltando un suspiro pesado. No debería estar así.No debería seguir pensando en ella.Pero, joder… Camila Soler sigue metida en cada jodido rincón de mi cabeza.Intento convencerme de que solo es el impacto de verla después de tantos años.De q
CAMILANo.No quiero sentir esto.No quiero este temblor en mis manos, este nudo en la garganta, este torbellino en el pecho.No quiero recordar cómo era cuando Nicolás me miraba de esa forma.Porque si lo hago, estoy perdida.Me sumerjo en el trabajo con la desesperación de quien intenta mantenerse a flote en un océano embravecido.Desde que abrí los ojos esta mañana, me obligué a seguir una rutina tan estricta como mecánica.Me levanté temprano.Me preparé el café más cargado que pude.Me
NICOLÁSNo.No vine por ella.Vine porque no tenía opción. Porque el escándalo en Los Ángeles me cerró puertas, porque mi equipo de relaciones públicas me convenció de que desaparecer por un tiempo era lo mejor para mi carrera.Vine porque este es mi pueblo, aunque no se sienta como tal.Pero no vine por Camila.Al menos, eso es lo que me repito cada día desde que puse un pie aquí.Me repito que mi vida está en otro lugar. Que ya no soy el chico que soñaba con un futuro junto a ella.Pero cada vez que la veo, cada vez
CAMILANicolás Montenegro fue el amor de mi vida.Y también mi mayor error.No sé cuántas veces me repetí eso a lo largo de los años. No sé cuántas veces intenté convencerme de que lo había superado, de que su partida había sido lo mejor que podía haberme pasado.Pero ahora está aquí.Caminando por las mismas calles, respirando el mismo aire, mirándome con esos ojos que un día prometieron quererme siempre.Y mi pecho es un campo de batalla.Porque una parte de mí quiere ignorarlo. Quiere hacer como que nunca existió, como si su regreso no significara nada. Pero la
NICOLÁSCamila me odia.Eso es un hecho.Lo supe en el instante en que sus ojos se encontraron con los míos en ese maldito evento del pueblo. Lo vi en su mirada, lo sentí en la forma en que su cuerpo se tensó, como si estuviera preparándose para la batalla.Pero lo que más me jodió no fue su desprecio.Fue darme cuenta de que, a pesar de todos los años que pasaron, a pesar de todo lo que creí haber superado, todavía me importa.Todavía la miro y siento ese vacío en el pecho.Todavía la veo sonre&iac