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NO ME PREPARÉ PARA ESTO

CAMILA

Si alguien me hubiera dicho que Nicolás Montenegro volvería a este pueblo, habría soltado una carcajada y respondido algo como: Primero cae nieve en el infierno.

Pero ahí estaba él.

En carne y hueso.

Tan real como los latidos acelerados de mi corazón o la sensación de que el suelo se abría bajo mis pies cuando nuestros ojos se cruzaron esta mañana.

La vida, mi vida, iba bien. Había encontrado una estabilidad tranquila, una rutina sin sobresaltos. Me convencí de que lo había superado, de que él ya no tenía ningún tipo de poder sobre mí.

Y entonces, apareció.

Y en cuestión de segundos, todo se tambaleó.

Me removí en la cama, incapaz de encontrar una posición cómoda. Habían pasado horas desde aquel inesperado reencuentro, pero la imagen de su rostro seguía atrapada en mi cabeza.

Su expresión seria.

El modo en que sus manos se aferraban al volante.

La sorpresa en sus ojos cuando me vio.

Dios… no estaba preparada para esto.

Giré sobre mi costado y cerré los ojos con fuerza, pero no sirvió de nada. Su recuerdo estaba ahí, persistente, cruel. Como si los años no hubieran pasado, como si el dolor aún tuviera la misma intensidad.

Porque sí, me dolió.

Nicolás Montenegro fue mi primer amor.

Y mi primer gran error.


A la mañana siguiente, el café no tuvo el mismo sabor de siempre.

Lo bebí en la cocina, en completo silencio, con la mirada perdida en la ventana. Afuera, el pueblo despertaba a su ritmo habitual, con los vecinos barriendo las aceras y las primeras conversaciones del día flotando en el aire.

Pero yo no era parte de esa normalidad.

No cuando sabía que él seguía aquí.

Me froté las sienes, tratando de disipar la presión en mi cabeza. No podía seguir así. No podía permitir que su regreso alterara mi vida.

No después de todo lo que me costó reconstruirme.

Respiré hondo, me obligué a dejar la taza en el fregadero y me repetí que era solo un hombre.

Un hombre del que ya no me importaba.

*******

—¡Camila! ¡Camila, espérame!

El grito de Carla, mi mejor amiga, me sacó de mi ensimismamiento. Estaba en el mercado, en plena misión de ignorar al mundo, cuando ella se acercó con una sonrisa pícara que no prometía nada bueno.

—Dime que es mentira —exigió, sin siquiera saludarme.

—¿De qué hablas?

—De lo que todo el pueblo habla —respondió, exasperada—. Que Nicolás Montenegro está de vuelta.

Su nombre en sus labios me hizo tensar los hombros, pero me negué a demostrarlo.

—Es cierto —respondí con fingida indiferencia.

Carla me observó con suspicacia.

—¿Lo viste?

Asentí.

—Esta mañana.

—¡Dios! ¿Y qué hizo? ¿Te dijo algo?

—No.

Su expresión se torció en decepción.

—¿Y tú?

—Tampoco.

Me escrutó durante un par de segundos, esperando que dijera algo más, pero no lo hice.

Porque, ¿qué podía decir?

Que me temblaron las piernas.

Que mi corazón golpeó tan fuerte contra mis costillas que por un momento creí que se me saldría del pecho.

Que parte de mí, esa parte que odio, sintió un vuelco en el estómago al ver lo bien que se veía después de todos estos años.

No.

Eso no podía decirlo.

—¿Y cómo te sientes? —preguntó, con voz más suave.

Inspiré hondo y forcé una sonrisa.

—Bien.

Era mentira.

Y Carla lo supo de inmediato.

—Mentirosa —murmuró.

No intenté negarlo.

*****

El día transcurrió en un ir y venir de pensamientos que no quería tener. Trabajé en la librería, atendí clientes, organicé estantes, pero en el fondo, cada fibra de mi ser seguía reviviendo el momento en que nuestros ojos se encontraron.

¿Por qué seguía afectándome tanto?

Los años habían pasado. Ya no éramos los mismos.

Nicolás Montenegro era ahora un actor famoso, un hombre que había conquistado Hollywood, mientras que yo… yo me había quedado aquí.

Nuestra historia había terminado hace mucho.

Así que, ¿por qué demonios sentía este nudo en la garganta?

*******

Cuando terminé mi jornada, decidí caminar hasta casa. Necesitaba despejarme.

Pero, al doblar una esquina, me encontré con la última persona a la que quería ver.

Él.

Nicolás Montenegro.

De pie, a pocos metros de distancia.

Mi respiración se cortó.

Podría haber dado media vuelta. Podría haber fingido que no lo vi.

Pero sus ojos ya estaban clavados en mí, y no había escapatoria.

Me quedé inmóvil.

El mundo a nuestro alrededor se volvió borroso.

Y, de repente, fue como si estuviéramos atrapados en un tiempo que ya no existía.

No hablamos.

No nos movimos.

Pero el peso del pasado cayó sobre nosotros con toda su fuerza.

Y entendí, con amarga claridad, que por mucho que lo negara… aún no lo había olvidado.

Ni un poco.

Me odié por eso.

Me odié por la forma en que mi cuerpo reaccionó a su presencia.

Por la punzada en el pecho.

Por los recuerdos que regresaron sin permiso.

Por la sensación de que, a pesar de todo, él aún tenía un poder sobre mí que jamás le quise devolver.

Con cada segundo que pasaba, la tensión se volvía insoportable.

Así que hice lo único que podía hacer.

Le sostuve la mirada con frialdad.

Me obligué a fingir que él ya no significaba nada.

Y con el corazón desbocado, le di la espalda y me marché.

Porque no iba a caer de nuevo.

No esta vez.

No importa lo que mi maldito corazón creyera.

*****

Me obligué a caminar sin apresurar el paso, con la espalda recta y la barbilla en alto. No iba a darle el gusto de verme temblar.

Pero por dentro…

Por dentro, todo en mí estaba hecho un desastre.

Mis manos sudaban. Mi pecho se comprimía como si alguien lo estuviera aplastando. Y lo peor era esa maldita conciencia de su mirada perforándome la espalda.

Sabía que no había dado un solo paso.

Sabía que seguía ahí, viéndome.

Y por más que lo intenté, no pude evitar preguntarme qué estaría pensando.

¿Se habría dado cuenta de que mis manos temblaron cuando lo vi? ¿Habría notado la manera en que mi respiración se trabó?

Sacudí la cabeza y apreté el paso.

No.

No iba a permitirme pensar en eso.

No iba a permitir que su presencia me afectara más de lo necesario.


Cuando llegué a casa, cerré la puerta tras de mí con un suspiro pesado y me dejé caer en el sofá.

Sentía el cuerpo tenso, como si hubiera corrido un maratón.

Había sido solo un encuentro fugaz. Solo un intercambio de miradas.

Pero había removido tanto dentro de mí…

No estaba preparada.

Me había convencido de que, si algún día regresaba, estaría lista. Que lo miraría sin sentir nada, que le ofrecería una sonrisa educada y seguiría adelante con mi vida sin parpadear.

Mentira.

Toda una jodida mentira.

Porque ahora estaba aquí, en mi sala, con la cabeza dando vueltas, con el corazón latiendo demasiado rápido y con una sola verdad quemándome la garganta.

Nicolás Montenegro aún tenía el poder de desestabilizarme.

Y lo odiaba por eso.

Lo odiaba por volver cuando yo ya había aprendido a vivir sin él.


Pasé la noche dando vueltas en la cama, atrapada entre recuerdos que no quería tener.

Cada vez que cerraba los ojos, lo veía.

El Nicolás de ahora, con sus facciones más marcadas, su cuerpo más fuerte, su mirada más seria. Pero también el Nicolás de antes…

El que me hacía reír con cualquier tontería.

El que me robaba besos cuando creía que nadie nos miraba.

El que me juró que siempre estaríamos juntos.

Apreté los ojos con fuerza.

Ese hombre ya no existía.

Y yo no era la misma chica ingenua que creyó en promesas vacías.

No iba a permitir que su regreso me hiciera retroceder.


A la mañana siguiente, Carla no tardó en aparecer en mi casa, con su acostumbrado instinto de mejor amiga que sabe cuándo su presencia es necesaria.

—Ok, dime la verdad —soltó sin rodeos, dejando dos cafés sobre la mesa.

Le lancé una mirada de advertencia.

—No hay nada que decir.

Carla bufó.

—Por favor, Cami. Nos conocemos demasiado bien. Vi tu cara ayer en el mercado.

Me llevé la taza a los labios y bebí un sorbo, dándome unos segundos para ordenar mis pensamientos.

—Está aquí —dije al final, con un encogimiento de hombros fingido—. Lo vi. Me miró. Me fui. Fin de la historia.

Carla entrecerró los ojos.

—¿De verdad crees que eso es el fin de la historia?

No respondí.

Porque en el fondo sabía que no lo era.

Nada se había cerrado. Nada se había resuelto.

Pero no estaba dispuesta a admitirlo.

—¿Cómo se veía? —preguntó Carla después de un momento.

No pude evitar chasquear la lengua.

—Sabes perfectamente cómo se ve. No ha cambiado tanto.

—Oh, vamos, Cami. Dicen que en persona está aún mejor que en las películas.

No lo dudaba.

Pero no iba a darle el gusto de decirlo en voz alta.

—No me fijé —mentí.

Carla soltó una risa incrédula.

—Claro, y yo soy la reina de Inglaterra.

Suspiré, cansada.

—¿Qué quieres que diga, Carla? Que sí, que se ve increíble, que su presencia me removió cosas que creía enterradas, que mi corazón hizo un maldito salto mortal cuando lo tuve a unos metros de distancia. ¿Eso quieres oír?

Mi amiga parpadeó, sorprendida.

Yo también me sorprendí.

Porque todo aquello que no quería admitir se me escapó en un arranque de frustración.

Carla me observó con seriedad.

—Lo que quiero oír —dijo con voz calmada— es la verdad.

Aparté la mirada, sintiéndome vulnerable.

—No sé qué siento —confesé en un murmullo.

Carla suspiró y me apretó la mano sobre la mesa.

—Es normal, Cami. Lo amaste. Y lo perdiste de una forma que nadie querría.

Dolió escuchar eso.

Porque sí, lo había amado. Con todo lo que era.

Y lo había perdido de la peor manera.

Pero no quería pensar en eso.

No ahora.

Así que hice lo único que sabía hacer cuando el dolor amenazaba con ahogarme.

Lo enterré.

Me enderecé y esbocé una sonrisa tensa.

—No importa lo que sienta. Él no significa nada para mí.

Carla no me contradijo.

Pero su mirada lo dijo todo.

No me creía ni un poco.


Decidí que la mejor forma de recuperar el control era aferrarme a mi rutina, así que pasé el resto del día en la librería, concentrándome en los clientes, en los libros, en cualquier cosa que mantuviera mi mente ocupada.

Funcionó… hasta que el sol comenzó a ocultarse.

Hasta que me encontré caminando de vuelta a casa, con la sensación de que algo estaba a punto de ocurrir.

Y ocurrió.

Porque a la vuelta de la esquina, lo vi de nuevo.

Nicolás.

De pie, con las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando a alguien.

Como si…

No.

Sacudí la cabeza y apreté la mandíbula.

No iba a leer más de lo que era.

Solo coincidencia.

Nada más.

Me preparé para cruzar la calle sin mirarlo, para seguir caminando como si fuera invisible.

Pero esta vez, él no lo permitió.

—Camila.

Mi cuerpo entero se tensó al escuchar mi nombre en su voz.

Joder.

Joder, joder, joder.

Me detuve en seco.

Podía fingir que no lo escuché. Podía seguir adelante y dejarlo ahí, como si su presencia no me afectara en lo más mínimo.

Pero no lo hice.

Muy despacio, giré sobre mis talones y lo enfrenté.

Sus ojos me estudiaron con una mezcla de cautela y algo más que no pude descifrar.

Mi pecho se comprimió.

Me obligué a mantener la compostura.

A fingir que nada de esto me importaba.

—Nicolás —respondí con voz neutra.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—No esperaba verte aquí.

Solté una risa seca.

—¿Ah, no? Porque este es mi pueblo. Mi hogar. El mismo que dejaste atrás.

Las palabras salieron más afiladas de lo que pretendía.

Nicolás endureció la mandíbula.

—Lo sé.

Hubo un silencio denso.

Un silencio que decía demasiado.

Y en ese momento supe que esto era solo el principio.

Que por mucho que quisiera evitarlo…

Nicolás Montenegro estaba de vuelta en mi vida.

Y no había nada que pudiera hacer al respecto.

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