Tengo miedo. Miedo de dar un paso más, de acercarme y descubrir algo horrible. Miedo de confirmar mis peores sospechas. Y ese miedo me paraliza, me atrapa en su red, impidiéndome avanzar.Pero lo peor de todo es que esto es mi culpa.Tom está ahí, atado y cubierto de sangre, porque yo lo metí en esto. Él no tenía nada que ver, era inocente, y ahora su vida está destrozada por mi egoísmo. Por pensar que podía ganar en un juego que no controlo. Por creer, estúpidamente, que Damon no era tan peligroso como aparentaba.Tal vez no somos tan diferentes. Tal vez, en el fondo, yo también soy un monstruo.Unos pasos tras de mí me sacan de mi ensimismamiento. Me giro y veo a Damon entrar con una calma irritante, como si todo esto no fuera nada fuera de lo común.—¿Tú hiciste esto? —pregunto, con la voz temblorosa.Él se detiene en el umbral, sin rastro de culpa en su rostro. Luego, lentamente, levanta las manos. Sus nudillos están destrozados, cubiertos de heridas y sangre seca.—Sí. Y lo disfr
Mi mente es un caos. Hay demasiadas cosas pasando al mismo tiempo, demasiados pensamientos que chocan entre sí. Pero, por más que intento enfocarme, la única imagen que se repite en mi cabeza es la de Tom, inconsciente, con el rostro destrozado por los golpes. No pude hacer nada por él. Ni siquiera llegué a tiempo para evitarlo.Damon me sacó del departamento sin darme opción, me hizo subir al auto, y aquí estoy ahora, sentada a su lado, mientras la ciudad pasa fugazmente a través de la ventanilla. Algunos de sus hombres se quedaron atrás. No necesito preguntar para saber que están "limpiando" la escena.El silencio entre nosotros es espeso, pero no voy a dejarlo así.—¿De verdad llevaron a Tom al hospital? —mi voz es pura desconfianza.—Sí —responde sin inmutarse.—¿Cómo puedo estar segura de que no lo van a rematar y tirarlo al Támesis?Damon sonríe con esa calma exasperante.—No puedes estar segura.Su indiferencia me hace hervir la sangre. Aprieto los puños sobre mis piernas, cont
Cuando llegamos a casa, ambos subimos las escaleras en silencio, cada uno dirigiéndose a su habitación. Sentía el cuerpo pesado, como si cada paso me costara el doble. No sabía si era el cansancio físico o el agotamiento mental lo que me estaba pasando factura, pero apenas alcancé el último escalón, un mareo me golpeó de lleno.Mis piernas flaquearon y me aferré a la baranda, llevando una mano a mi frente.—¿Estás bien? —preguntó Damon, su voz cargada de sospecha más que de preocupación.—Sí —respondí con sequedad, obligándome a seguir adelante.—Te ves pálida.Lo ignoré y traté de alejarme, pero el mundo a mi alrededor comenzó a inclinarse peligrosamente. Sentí que el suelo se desvanecía bajo mis pies. El impacto contra el suelo nunca llegó; en su lugar, unos brazos fuertes me sostuvieron con facilidad.—¿Qué haces? —susurré débilmente, apenas consciente de la calidez que me envolvía—. Suéltame.—No tienes fuerzas para caminar, déjame ayudarte.—No quiero tu ayuda… te odio —murmuré c
Damon sigue mirándome con esa intensidad que tambalea mi voluntad. Pero no voy a ceder. No esta vez.—¿Qué esperas para alejarte? —pregunto al fin, incómoda por su cercanía y por el revoltijo de emociones que provoca en mí.—¿De verdad quieres que me aleje? —su sonrisa se curva de forma pícara, como si conociera la respuesta antes de que yo misma la sepa.—¿Qué más podría querer? —respondo con firmeza, negándome a caer en sus juegos.—No lo sé, pero estás sonrojada.Su voz baja, casi cómplice, me hace sentir el calor extendiéndose por mi rostro, lo que solo provoca que Damon suelte una risita divertida.—Para ser tan bravucona la mayor parte del tiempo, eres realmente adorable. Tan dulce… Me dan ganas de morderte.—¡Oh, vamos! ¡Aléjate ya! —Lo empujo suavemente por los hombros, más para romper la cercanía que por intentar hacerle daño. Damon se aparta, pero sé que es porque él lo decide, no porque mi intento haya sido efectivo.Sigue sonriendo, incluso cuando frunzo el ceño.—Te estar
Al llegar a la salida de la mansión, Damon me espera junto a un hombre uniformado. Su cabello castaño claro y ojos café contrastan con su expresión seria, aunque hay algo en su mirada que no intimida del todo. No es la clase de presencia oscura e impenetrable que tiene Damon. Este hombre es diferente.Me detengo junto a ellos y el guardia hace un leve gesto de cortesía con la cabeza.—Anel, él es Killiam —anuncia Damon con su tono habitual de mando, señalándolo con la barbilla—. Será tu guardaespaldas. Es de mi entera confianza.—Hola —saludo sin mucho interés.—Hola —responde Killiam con formalidad.—Me voy —le informo a Damon, quien solo asiente antes de darse la vuelta e ingresar de nuevo a la mansión.Killiam abre la puerta de un auto negro y lujoso, claramente asignado para mis traslados. Sin necesidad de darle más indicaciones, se pone en marcha hacia el hospital.El trayecto es silencioso. No siento la necesidad de hablar con él y él tampoco parece interesado en iniciar convers
De regreso a la mansión, no digo una sola palabra. Mis ojos están fijos en la ventanilla, viendo cómo la ciudad queda atrás, pero mi mente tampoco está aquí. Está atrapada en recuerdos de otro tiempo, cuando todo era más fácil. Cuando éramos solo un grupo de amigos, irresponsables e inmaduros, pero felices. Quizás las cosas debieron ser diferentes. Tal vez nos habrían castigado con trabajo comunitario, aprendido la lección y seguido con nuestras vidas. Pero no. Ray robó, y con eso nos arrastró a un abismo del que no pudimos salir. Yo intenté protegerlos, pero no fue suficiente. Nada de lo que hice fue suficiente. —Señora. La voz de Killiam me saca de mis pensamientos. Está al volante, mirándome por el espejo retrovisor con expresión seria. —Sé que solo soy su guardaespaldas, que no debería meterme en sus asuntos, y lo siento por hacerlo, pero no pude evitar escuchar toda la conversación. —¿Y qué opinas? —pregunto, devolviéndole la mirada. A veces, un punto de vista ajeno es más ú
Mis ojos han sido demasiado imprudentes. He pasado demasiado tiempo observándolo, perdiéndome en cada detalle de su rostro y su cuerpo sin darme cuenta de que él podría notarlo. Mi mente divaga entre pensamientos peligrosos, y mi cuerpo reacciona de forma instintiva, como si rogara en silencio por un solo roce de sus manos. Sé que es una locura. Desear a un hombre como él es un desastre anunciado, pero aun así, lo miro y no puedo evitar imaginar… Imaginarme sentada sobre sus piernas, deslizando mis manos por sus hombros anchos mientras sus labios recorren mi cuello. Imaginar su cabello perfectamente peinado hecho un desastre por mi culpa, sus ojos entrecerrados, su respiración entrecortada, su boca entreabierta mientras gruñe con placer… Dios. ¿Qué demonios estoy pensando? —¿Pasa algo? —su voz me arranca de mis pensamientos y me congelo en mi asiento. —¿Qué? —balbuceo, parpadeando varias veces como si eso pudiera borrar la imagen de mi cabeza. La diversión en su rostro me dice
Después de una ducha refrescante, las estilistas comienzan su trabajo. Cuando me miro en el espejo, apenas me reconozco. Me veo… hermosa. No de una forma exagerada, sino con una elegancia sutil que nunca había imaginado en mí.El maquillaje es suave, con tonos marrones que realzan mis ojos y un delineado preciso que los hace más expresivos. Mis labios, pintados en un marrón rojizo, lucen seductores y sofisticados. Mi cabello cae en ondas suaves, recogido de un lado con un pasador blanco, dándole un aire de refinamiento sin esfuerzo.Después de probar varias opciones, las estilistas eligen un vestido blanco, largo hasta el suelo. La falda es ligera, con una abertura en la pierna izquierda que deja entrever los tacones dorados que llevo puestos. El corpiño, con tirantes delgados y un escote en forma de corazón, está decorado con hilos dorados que crean patrones intrincados, como si el oro mismo hubiera sido tejido en la tela.No puedo evitar admirar la transformación. Hay una belleza en