24: Un Baile con el Diablo

Después de una ducha refrescante, las estilistas comienzan su trabajo. Cuando me miro en el espejo, apenas me reconozco. Me veo… hermosa. No de una forma exagerada, sino con una elegancia sutil que nunca había imaginado en mí.

El maquillaje es suave, con tonos marrones que realzan mis ojos y un delineado preciso que los hace más expresivos. Mis labios, pintados en un marrón rojizo, lucen seductores y sofisticados. Mi cabello cae en ondas suaves, recogido de un lado con un pasador blanco, dándole un aire de refinamiento sin esfuerzo.

Después de probar varias opciones, las estilistas eligen un vestido blanco, largo hasta el suelo. La falda es ligera, con una abertura en la pierna izquierda que deja entrever los tacones dorados que llevo puestos. El corpiño, con tirantes delgados y un escote en forma de corazón, está decorado con hilos dorados que crean patrones intrincados, como si el oro mismo hubiera sido tejido en la tela.

No puedo evitar admirar la transformación. Hay una belleza en
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