De regreso a la mansión, no digo una sola palabra. Mis ojos están fijos en la ventanilla, viendo cómo la ciudad queda atrás, pero mi mente tampoco está aquí. Está atrapada en recuerdos de otro tiempo, cuando todo era más fácil. Cuando éramos solo un grupo de amigos, irresponsables e inmaduros, pero felices. Quizás las cosas debieron ser diferentes. Tal vez nos habrían castigado con trabajo comunitario, aprendido la lección y seguido con nuestras vidas. Pero no. Ray robó, y con eso nos arrastró a un abismo del que no pudimos salir. Yo intenté protegerlos, pero no fue suficiente. Nada de lo que hice fue suficiente. —Señora. La voz de Killiam me saca de mis pensamientos. Está al volante, mirándome por el espejo retrovisor con expresión seria. —Sé que solo soy su guardaespaldas, que no debería meterme en sus asuntos, y lo siento por hacerlo, pero no pude evitar escuchar toda la conversación. —¿Y qué opinas? —pregunto, devolviéndole la mirada. A veces, un punto de vista ajeno es más ú
Mis ojos han sido demasiado imprudentes. He pasado demasiado tiempo observándolo, perdiéndome en cada detalle de su rostro y su cuerpo sin darme cuenta de que él podría notarlo. Mi mente divaga entre pensamientos peligrosos, y mi cuerpo reacciona de forma instintiva, como si rogara en silencio por un solo roce de sus manos. Sé que es una locura. Desear a un hombre como él es un desastre anunciado, pero aun así, lo miro y no puedo evitar imaginar… Imaginarme sentada sobre sus piernas, deslizando mis manos por sus hombros anchos mientras sus labios recorren mi cuello. Imaginar su cabello perfectamente peinado hecho un desastre por mi culpa, sus ojos entrecerrados, su respiración entrecortada, su boca entreabierta mientras gruñe con placer… Dios. ¿Qué demonios estoy pensando? —¿Pasa algo? —su voz me arranca de mis pensamientos y me congelo en mi asiento. —¿Qué? —balbuceo, parpadeando varias veces como si eso pudiera borrar la imagen de mi cabeza. La diversión en su rostro me dice
Después de una ducha refrescante, las estilistas comienzan su trabajo. Cuando me miro en el espejo, apenas me reconozco. Me veo… hermosa. No de una forma exagerada, sino con una elegancia sutil que nunca había imaginado en mí.El maquillaje es suave, con tonos marrones que realzan mis ojos y un delineado preciso que los hace más expresivos. Mis labios, pintados en un marrón rojizo, lucen seductores y sofisticados. Mi cabello cae en ondas suaves, recogido de un lado con un pasador blanco, dándole un aire de refinamiento sin esfuerzo.Después de probar varias opciones, las estilistas eligen un vestido blanco, largo hasta el suelo. La falda es ligera, con una abertura en la pierna izquierda que deja entrever los tacones dorados que llevo puestos. El corpiño, con tirantes delgados y un escote en forma de corazón, está decorado con hilos dorados que crean patrones intrincados, como si el oro mismo hubiera sido tejido en la tela.No puedo evitar admirar la transformación. Hay una belleza en
No sé cuánto tiempo hemos estado bailando, pero la música ha cambiado al menos dos veces y mis pies empiezan a doler. Sería vergonzoso admitirlo, pero es la verdad: me perdí en la calidez de sus brazos, en la intensidad de su mirada, y el tiempo dejó de existir por un rato. Cuando finalmente nos separamos y volvemos a la mesa, descubro que los invitados inoportunos ya se han marchado. Respiro aliviada. Me libré —por ahora— de las preguntas incómodas, aunque sé que no podré esquivarlas para siempre. Tarde o temprano, alguien más volverá a hacerlas, así que será mejor que Damon y yo nos pongamos de acuerdo en una historia coherente para evitar errores. —¿Quieres algo de beber? —pregunta Damon, notando mi expresión agotada. —Sí, por favor. Algo frío y con poco alcohol —respondo. Asiente y se aleja, perdiéndose entre la multitud. Mientras espero, observo a las parejas que siguen bailando con elegancia y sin prisas. Parecen ajenos al mundo real, como si aquí no existieran preocupacion
Ray es otro. No sé cómo explicarlo, pero hay algo en su mirada que me eriza la piel. Su rostro está marcado por heridas recientes, algunas apenas cicatrizando, otras aún moradas. Pero lo que más me inquieta no son los golpes, sino el fuego dorado en sus ojos, un odio puro, afilado, que nunca antes había visto en él.—Hola, Anel —su voz es un gruñido tenso, y cuando se gira para mirarme de frente, siento un escalofrío recorrer mi espalda.—Ray... ¿qué haces aquí? —pregunto con cautela, sin moverme.—He venido por ti —dice, con una sonrisa torcida—. ¿O qué más crees que haría alguien como yo en un sitio como este?Su tono es venenoso, cada palabra rezuma algo oscuro. Sé que debería volver a la fiesta, que no debería estar aquí, pero aún así, me quedo.—¿Qué quieres de mí? —inquiro con dureza—. Espero que, al menos, hayas venido a disculparte.Ray suelta una carcajada áspera, sin rastro de diversión.—¿Disculparme? ¿Por qué tendría que hacerlo?—Porque robaste, Ray. Y nos pusiste a todos
Estoy a nada de ser empujada dentro de la camioneta negra. Lucho con todas mis fuerzas, pero el frío metal de un arma presionada contra mi nuca me obliga a detenerme. Mi corazón late con fuerza, desesperado.Busco a Ray con la mirada, aferrándome a la absurda esperanza de que esto sea un malentendido, de que aún quede algo de humanidad en él. Pero no. Está demasiado ocupado revisando el dinero sucio que acaba de recibir por venderme. Ni siquiera me mira.El aire se me escapa en un suspiro derrotado, como si en él se fuera mi último aliento de vida. Estoy a punto de rendirme cuando el sonido de pasos firmes y coordinados resuena en el callejón. Mis captores también lo notan y se tensan.Levanto la vista, mi respiración entrecortada. Ambos extremos del callejón están bloqueados por hombres vestidos de negro. No necesito más para saber quiénes son. Mis sospechas se confirman cuando Damon Knight aparece por la puerta por la que llegamos.Él avanza con su característico aire de arrogancia,
Ray se ha ido. Solo queda el hombre pelirrojo, el que acompañaba al que ahora yace muerto en un charco de su propia sangre. La escena es sofocante. No sé cómo sentirme rodeada de tantas armas. Me incomodan, pero al mismo tiempo me hacen sentir protegida. Es una sensación extraña, contradictoria.Mis manos se aferran con fuerza a la camisa de Damon. Él me observa un instante con algo parecido a la compasión, pero su expresión se endurece enseguida.—Ya estás a salvo, no tengas miedo —dice.Niego con la cabeza.—No es miedo. Solo... no me gusta esto. —Mi voz es apenas un susurro—. La sangre, la violencia, las armas… me resulta insoportable.—Nadie nace preparado para esto. Pero algunos aprenden a vivir con ello… porque no les queda de otra.Su respuesta me golpea como un puño en el estómago. No me reconforta, al contrario, solo hace que la opresión en mi pecho se haga más pesada.Damon aparta la mirada de mí y se dirige al hombre pelirrojo.—¿Para quién trabajas?El hombre sonríe con ar
Cuando el auto se detiene, no me apresuro a bajar. Estoy tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera noto que hemos llegado hasta que Damon rodea el vehículo y abre la puerta para mí.Me ofrece su mano, esperando que la tome. Mi mirada va de su palma extendida a su rostro, y por un instante dudo. Pero al final, niego con la cabeza y salgo por mi cuenta, apartándolo suavemente antes de entrar en la mansión.Apenas cruzo la puerta, una de las sirvientas se acerca con una expresión atenta.—¿Desea algo para tomar?Aprovecho la oportunidad.—Un analgésico, por favor.Mi cabeza late con un dolor insoportable. Ella asiente y desaparece por el pasillo mientras yo subo a mi habitación.Me siento frente al tocador, con la intención de quitarme el maquillaje y soltarme el cabello, pero mis manos no se mueven. Solo me quedo ahí, mirando mi reflejo en el espejo.¿Qué es lo que me tiene así? ¿Todo lo que viví esta noche… o la culpa que debería sentir?Damon mató a un hombre. No fue la primera