Cuando llegamos a casa, ambos subimos las escaleras en silencio, cada uno dirigiéndose a su habitación. Sentía el cuerpo pesado, como si cada paso me costara el doble. No sabía si era el cansancio físico o el agotamiento mental lo que me estaba pasando factura, pero apenas alcancé el último escalón, un mareo me golpeó de lleno.Mis piernas flaquearon y me aferré a la baranda, llevando una mano a mi frente.—¿Estás bien? —preguntó Damon, su voz cargada de sospecha más que de preocupación.—Sí —respondí con sequedad, obligándome a seguir adelante.—Te ves pálida.Lo ignoré y traté de alejarme, pero el mundo a mi alrededor comenzó a inclinarse peligrosamente. Sentí que el suelo se desvanecía bajo mis pies. El impacto contra el suelo nunca llegó; en su lugar, unos brazos fuertes me sostuvieron con facilidad.—¿Qué haces? —susurré débilmente, apenas consciente de la calidez que me envolvía—. Suéltame.—No tienes fuerzas para caminar, déjame ayudarte.—No quiero tu ayuda… te odio —murmuré c
Damon sigue mirándome con esa intensidad que tambalea mi voluntad. Pero no voy a ceder. No esta vez.—¿Qué esperas para alejarte? —pregunto al fin, incómoda por su cercanía y por el revoltijo de emociones que provoca en mí.—¿De verdad quieres que me aleje? —su sonrisa se curva de forma pícara, como si conociera la respuesta antes de que yo misma la sepa.—¿Qué más podría querer? —respondo con firmeza, negándome a caer en sus juegos.—No lo sé, pero estás sonrojada.Su voz baja, casi cómplice, me hace sentir el calor extendiéndose por mi rostro, lo que solo provoca que Damon suelte una risita divertida.—Para ser tan bravucona la mayor parte del tiempo, eres realmente adorable. Tan dulce… Me dan ganas de morderte.—¡Oh, vamos! ¡Aléjate ya! —Lo empujo suavemente por los hombros, más para romper la cercanía que por intentar hacerle daño. Damon se aparta, pero sé que es porque él lo decide, no porque mi intento haya sido efectivo.Sigue sonriendo, incluso cuando frunzo el ceño.—Te estar
Al llegar a la salida de la mansión, Damon me espera junto a un hombre uniformado. Su cabello castaño claro y ojos café contrastan con su expresión seria, aunque hay algo en su mirada que no intimida del todo. No es la clase de presencia oscura e impenetrable que tiene Damon. Este hombre es diferente.Me detengo junto a ellos y el guardia hace un leve gesto de cortesía con la cabeza.—Anel, él es Killiam —anuncia Damon con su tono habitual de mando, señalándolo con la barbilla—. Será tu guardaespaldas. Es de mi entera confianza.—Hola —saludo sin mucho interés.—Hola —responde Killiam con formalidad.—Me voy —le informo a Damon, quien solo asiente antes de darse la vuelta e ingresar de nuevo a la mansión.Killiam abre la puerta de un auto negro y lujoso, claramente asignado para mis traslados. Sin necesidad de darle más indicaciones, se pone en marcha hacia el hospital.El trayecto es silencioso. No siento la necesidad de hablar con él y él tampoco parece interesado en iniciar convers
De regreso a la mansión, no digo una sola palabra. Mis ojos están fijos en la ventanilla, viendo cómo la ciudad queda atrás, pero mi mente tampoco está aquí. Está atrapada en recuerdos de otro tiempo, cuando todo era más fácil. Cuando éramos solo un grupo de amigos, irresponsables e inmaduros, pero felices. Quizás las cosas debieron ser diferentes. Tal vez nos habrían castigado con trabajo comunitario, aprendido la lección y seguido con nuestras vidas. Pero no. Ray robó, y con eso nos arrastró a un abismo del que no pudimos salir. Yo intenté protegerlos, pero no fue suficiente. Nada de lo que hice fue suficiente. —Señora. La voz de Killiam me saca de mis pensamientos. Está al volante, mirándome por el espejo retrovisor con expresión seria. —Sé que solo soy su guardaespaldas, que no debería meterme en sus asuntos, y lo siento por hacerlo, pero no pude evitar escuchar toda la conversación. —¿Y qué opinas? —pregunto, devolviéndole la mirada. A veces, un punto de vista ajeno es más ú
Mis ojos han sido demasiado imprudentes. He pasado demasiado tiempo observándolo, perdiéndome en cada detalle de su rostro y su cuerpo sin darme cuenta de que él podría notarlo. Mi mente divaga entre pensamientos peligrosos, y mi cuerpo reacciona de forma instintiva, como si rogara en silencio por un solo roce de sus manos. Sé que es una locura. Desear a un hombre como él es un desastre anunciado, pero aun así, lo miro y no puedo evitar imaginar… Imaginarme sentada sobre sus piernas, deslizando mis manos por sus hombros anchos mientras sus labios recorren mi cuello. Imaginar su cabello perfectamente peinado hecho un desastre por mi culpa, sus ojos entrecerrados, su respiración entrecortada, su boca entreabierta mientras gruñe con placer… Dios. ¿Qué demonios estoy pensando? —¿Pasa algo? —su voz me arranca de mis pensamientos y me congelo en mi asiento. —¿Qué? —balbuceo, parpadeando varias veces como si eso pudiera borrar la imagen de mi cabeza. La diversión en su rostro me dice
Después de una ducha refrescante, las estilistas comienzan su trabajo. Cuando me miro en el espejo, apenas me reconozco. Me veo… hermosa. No de una forma exagerada, sino con una elegancia sutil que nunca había imaginado en mí.El maquillaje es suave, con tonos marrones que realzan mis ojos y un delineado preciso que los hace más expresivos. Mis labios, pintados en un marrón rojizo, lucen seductores y sofisticados. Mi cabello cae en ondas suaves, recogido de un lado con un pasador blanco, dándole un aire de refinamiento sin esfuerzo.Después de probar varias opciones, las estilistas eligen un vestido blanco, largo hasta el suelo. La falda es ligera, con una abertura en la pierna izquierda que deja entrever los tacones dorados que llevo puestos. El corpiño, con tirantes delgados y un escote en forma de corazón, está decorado con hilos dorados que crean patrones intrincados, como si el oro mismo hubiera sido tejido en la tela.No puedo evitar admirar la transformación. Hay una belleza en
No sé cuánto tiempo hemos estado bailando, pero la música ha cambiado al menos dos veces y mis pies empiezan a doler. Sería vergonzoso admitirlo, pero es la verdad: me perdí en la calidez de sus brazos, en la intensidad de su mirada, y el tiempo dejó de existir por un rato. Cuando finalmente nos separamos y volvemos a la mesa, descubro que los invitados inoportunos ya se han marchado. Respiro aliviada. Me libré —por ahora— de las preguntas incómodas, aunque sé que no podré esquivarlas para siempre. Tarde o temprano, alguien más volverá a hacerlas, así que será mejor que Damon y yo nos pongamos de acuerdo en una historia coherente para evitar errores. —¿Quieres algo de beber? —pregunta Damon, notando mi expresión agotada. —Sí, por favor. Algo frío y con poco alcohol —respondo. Asiente y se aleja, perdiéndose entre la multitud. Mientras espero, observo a las parejas que siguen bailando con elegancia y sin prisas. Parecen ajenos al mundo real, como si aquí no existieran preocupacion
Ray es otro. No sé cómo explicarlo, pero hay algo en su mirada que me eriza la piel. Su rostro está marcado por heridas recientes, algunas apenas cicatrizando, otras aún moradas. Pero lo que más me inquieta no son los golpes, sino el fuego dorado en sus ojos, un odio puro, afilado, que nunca antes había visto en él.—Hola, Anel —su voz es un gruñido tenso, y cuando se gira para mirarme de frente, siento un escalofrío recorrer mi espalda.—Ray... ¿qué haces aquí? —pregunto con cautela, sin moverme.—He venido por ti —dice, con una sonrisa torcida—. ¿O qué más crees que haría alguien como yo en un sitio como este?Su tono es venenoso, cada palabra rezuma algo oscuro. Sé que debería volver a la fiesta, que no debería estar aquí, pero aún así, me quedo.—¿Qué quieres de mí? —inquiro con dureza—. Espero que, al menos, hayas venido a disculparte.Ray suelta una carcajada áspera, sin rastro de diversión.—¿Disculparme? ¿Por qué tendría que hacerlo?—Porque robaste, Ray. Y nos pusiste a todos