Dirigió una mirada casi imperceptible al vientre de Luciana.—Necesitas mantener un buen estado de ánimo, relajarte.Ella asintió, mordiéndose suavemente el labio.—Sí, entiendo.—Bueno, entonces me voy.Alejandro se levantó para marcharse. Apenas caminó un par de pasos, se detuvo y volteó a verla.—Eres bien desconsiderada... Vengo a verte y ni un vasito de agua me ofreces.—Yo… —Luciana se sintió algo apenada—. ¿Tienes sed? Puedo traerte uno ahora…—No te preocupes —contestó él, sonriendo para tranquilizarla—. Lo dejamos para la próxima. Ya recibirás buenas noticias de mi parte.Luciana lo acompañó hasta la puerta.—Cuídate… Nos vemos.—Sí.Ella se quedó allí un rato, respirando hondo antes de cerrar. Dejando de lado la parte dolorosa de su matrimonio, había que admitir que Alejandro… se portaba bastante bien con ella.Aquella misma noche, Alejandro regresó.Luciana le abrió y lo invitó a pasar. Con la queja de la mañana presente, se adelantó:—¿Quieres que te sirva un vaso de agua?
Luciana comprendió su plan. Incluso si Luisa se retractaba de la acusación, el escándalo ya estaba hecho. Y aunque terminara, ella misma quedaría con una mancha difícil de borrar.—Pero… ¿tú qué pruebas tienes? Yo ni siquiera logro dar con nada concreto.—Prefiero guardarme ese detalle por ahora —contestó él con un aire misterioso—. Cuando todo esté listo, lo sabrás.Mientras hablaba, tomó la iniciativa de acercarle otra porción de verduras.—Come un poco más. Te noto más delgada últimamente.—¿De verdad?—Sí, claro.Terminaron de cenar y luego Alejandro la llevó de regreso a su departamento. Después, él puso rumbo a la Macroplaza, donde ya lo esperaban Salvador, Jael y Jacobo, además de Nathan, su abogado.Nathan no estaba allí para pasar el rato; había ido exclusivamente a ver a Alejandro.—Señor Guzmán —lo saludó.—Toma asiento —respondió Alejandro mientras se desabrochaba el saco y lo lanzaba sobre el sofá—. Cuéntame, ¿cómo va todo?—Estamos avanzando bien —informó Nathan—. Los doc
Alejandro se limitó a asentir. Bajó la vista hacia Luciana y habló con voz serena.—Tranquila, aquí estaré. No tengas miedo.—De acuerdo… —respondió ella, tomando aliento antes de entrar.El profesor las condujo a una pequeña sala de reuniones. Allí se encontraban el decano y el director académico, además de otros representantes de la facultad. También estaba Delio, quien, al ver a Luciana, la saludó con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa alentadora. Solo ese gesto la hizo sentir algo de calma. Aunque seguía sin saber qué había hecho exactamente Alejandro.—Tomen asiento —indicó el decano.Luciana y Luisa obedecieron. Enseguida, el decano sacó dos copias de un documento y las colocó frente a ellas.—Este es el informe pericial. El original lo conservamos nosotros.Luciana lo tomó y comenzó a revisarlo con cuidado. El texto explicaba con todo detalle los resultados de un análisis forense sobre los documentos que ambas habían presentado (tanto en papel como en formato digital).
—Gracias —musitó Luciana al acercarse, con la voz cargada de una sincera gratitud. Para ella, todo lo que él había hecho era impensable.Con su propia capacidad, jamás habría logrado el peritaje forense de manera tan rápida. Aunque se le hubiera ocurrido esa idea, el proceso habría sido larguísimo y, para cuando obtuviera resultados, quizá ya no habría vuelta atrás. Pero para Alejandro, era tan sencillo como mover un dedo.Lo miró con admiración, levantando el rostro para alcanzar su mirada dada la diferencia de estatura. Luciana no se daba cuenta de la expresión que tenía, pero Alejandro sí notó ese brillo de asombro en sus ojos. Sonrió con un deje de orgullo y se inclinó un poco hacia ella, acortando la distancia.—¿Te parece que soy muy capaz? —preguntó con un matiz pícaro en la voz.—¿Eh? —Luciana parpadeó, algo confundida. ¿Estaría malinterpretando las cosas o la situación realmente sonaba un poco rara? Además, sentía el aliento de Alejandro tan cerca que sus mejillas comenzaron a
Levantó la voz al final, con un gesto adusto:—¡Lárgate!Los ojos de Luisa se abrieron con pánico, reflejando el temor que le producían la furia y la determinación de Alejandro. Murmurando su frustración, dio media vuelta y huyó llorando.Al irse ella, un silencio incómodo se instaló entre Luciana y Alejandro. Ella apretó los labios y no supo qué decir.—Luciana, yo… —empezó él, aún ansioso por aclararlo todo—. No es lo que estás pensando. Aquella noche salí con Salvador y los demás a tomar algo…—No tienes que explicarme nada —lo interrumpió Luciana, agitando las manos con nerviosismo—. Nuestra situación actual no lo amerita.Después de todo, aunque seguían legalmente casados, sus sentimientos estaban rotos. La vida de Alejandro apuntaba a Mónica, ¿no?Él la miró fijamente, sin comprender del todo. Tenía el ceño fruncido.El ambiente se volvió todavía más tenso.—Ja, ja… —Luciana agitó la mano y soltó una risita forzada—. No soy Mónica, y qué bueno, ¿no crees? De lo contrario, habrías
Alejandro guardó silencio, sin saber qué responder. Era la primera vez que alguien lo enfrentaba con esa pregunta. Él había creído siempre que la devoción que sentía por Mariposita se transformó sin problemas en amor por Mónica…—Piénsalo —le insistió Salvador—. O decides quedarte aferrado a esa memoria del pasado, o piensas en la vida que tienes ahora, en tu matrimonio presente, y en la posibilidad de construir un futuro hasta el final de tus días.—Tss… —Alejandro soltó un sonido de desdén y dirigió a Salvador una mirada de fastidio—. ¿De qué hablas? Ni siquiera sé qué pasará con Mónica, y mucho menos si Luciana y yo podremos seguir unidos. ¿Te burlas de mí?—¿Te parece que me burlo? —Salvador le devolvió una mirada igual de incrédula—. Dime, ¿has tratado alguna vez de conquistar a Luciana?Ante eso, Alejandro se quedó cortado, sin saber qué contestar.—Pues no, ¿verdad? —Salvador suspiró—. Entonces, ¿cómo pretendes que ella te corresponda? ¿Solo porque tienes dinero?Alejandro se qu
Eran las diez de la noche en el Hotel Real.Luciana Herrera miró el número en la puerta: la suite presidencial 7203, confirmando que esa era, en el mismo momento en el que su teléfono comenzó a sonar. Era un mensaje de WhatsApp de su padre, Ricardo Herrera. «Si puedes complacer al señor Méndez, tu madrastra pagará el tratamiento de tu hermano».Después de leerlo, Luciana no mostró ninguna expresión en su pálido rostro.Ya estaba tan adormecida, y era incapaz de sentir dolor en su corazón.Desde que su padre se había vuelto a casar con Clara Soler, a su padre no le importaban ella ni su hermano en absoluto. Por eso su madrastra los había maltratando sin escrúpulos durante estos años.La falta de ropa y de comida era lo mínimo; ya que las palizas e insultos eran el pan de cada día.Y, esta vez, debido a las deudas de negocio, su padre la había obligado a… acostarse con un desconocido. En principio, Luciana se negó rotundamente, pero, al hacerlo, también logró que su padre y su madrastra
Luciana se apresuró a regresar a casa, en donde, en el sofá de la sala se encontraba sentado un hombre de mediana edad, gordo y medio calvo, que miraba fijamente a Mónica, con una expresión de furia.—¡Una simple estrellita, y yo te prometí que me casaría contigo! ¿Cómo te atreves a hacerme esperar toda la noche?Mónica soportaba la humillación, a pesar de que ese calvo, Arturo Méndez, siempre usaba esa excusa para aprovecharse de las mujeres. Aunque realmente quisiera casarse, ¡sería como saltar a un pozo de fuego! ¿Quién se atrevería?Ella había tenido la mala suerte de que él se fijara en ella. Pero, como sus padres la querían, habían enviado a Luciana en su lugar. Sin embargo, ¿quién se iba a imaginar que Luciana escaparía en el último minuto?Clara, con una actitud sumisa, dijo:—Señor Méndez, lo sentimos mucho. Es solo una niña que no sabe lo que hace. Usted es un hombre muy comprensivo, no le dé importancia, por favor —repuso Clara, con una actitud sumisa.—Por favor, cálmese