El amanecer en Las Vegas tiñó el cielo de tonos dorados y rosados, y Leonardo se despertó con cuidado para no perturbar el sueño de Alessa. La habitación estaba en silencio, solo se escuchaba el suave respirar de ella, como una melodía que lo llenaba de paz. Se levantó de la cama, sintiendo la suavidad de las sábanas deslizarse sobre su piel, y se dirigió al baño. El agua tibia de la ducha cayó sobre su cuerpo, despertando sus sentidos mientras planeaba mentalmente cada detalle del día que cambiaría sus vidas para siempre.Vestido con elegancia, bajó a la recepción, donde lo esperaban Alonso, Michelangelo y los demás chicos. El aire estaba cargado de energía, y el bullicio del hotel contrastaba con la serenidad que Leonardo sentía en su interior.—Sin duda alguna, el jefe pasó una excelente noche —dijo Michelangelo con una sonrisa pícara, rompiendo el silencio.Alonso lo miró con complicidad y respondió: — ¿Quién no pasaría una noche maravillosa en este hotel? ¿Acaso tu habitación est
La diferencia horaria se hacía presente, mientras en Las Vegas eran la 1:00 a.m., en Calabria el reloj de la mansión Rossi-Moretti marcaba las 10:00 a.m. El sol brillaba a través de las ventanas de la sala principal, llenando el espacio con una luz dorada que acariciaba los muebles antiguos y las fotografías familiares. El aroma a café recién hecho y pan recién horneado flotaba en el aire, mezclándose con el suave perfume de las flores que adornaban la mesa del desayuno. La familia Rossi-Moretti se había reunido, como de costumbre, pero esta mañana la conversación giraba en torno a la repentina desaparición de Leonardo y Alessa.Francesco, reclinado en su silla con una taza de café en la mano, dejó escapar un suspiro de exasperación. —Le dije a Leo que arreglara las cosas con Alessa —dijo, mirando a los presentes con una mezcla de preocupación y frustración—, pero no que dejara la constructora botada. ¿Alguien sabe dónde están?El abuelo Marcos, sentado a la cabecera de la mesa con su
Después de la ceremonia, Leonardo y Alessa se reunieron con los chicos y sus esposas en un restaurante exclusivo de Las Vegas. La atmósfera estaba llena de alegría y complicidad, con risas que resonaban en cada rincón del lugar. Las mesas estaban decoradas con flores blancas y velas doradas, cuyas llamas danzaban suavemente, proyectando sombras cálidas sobre los rostros sonrientes de los presentes. El aire olía a comida gourmet, una mezcla de hierbas frescas y mariscos recién preparados, y el aroma dulce de la champaña fresca que se servía en copas de cristal.— ¡Brindemos por los recién casados! —dijo Alonso, levantando su copa con una sonrisa amplia—. Que su amor sea tan fuerte como el vino y tan dulce como el postre.Todos rieron y levantaron sus copas, chocándolas en el centro de la mesa. Alessa sonrió, sintiéndose abrumada por la felicidad y el cariño de todos. Leonardo la tomó de la mano bajo la mesa, apretándola suavemente, como recordándole que ese momento era solo el comienzo
El sol de la mañana iluminaba la suite del hotel donde Leonardo y Alessa se preparaban para partir. Las maletas estaban listas, y Alonso esperaba afuera con el auto que los llevaría al aeropuerto. Alessa miró por última vez la habitación, recordando cada detalle de la noche anterior. Leonardo se acercó por detrás y la rodeó con sus brazos, besando su cuello suavemente.— ¿Lista para enfrentar a la familia? —preguntó con una sonrisa cómplice.Alessa se giró para mirarlo, sonriendo. —Siempre y cuando estés a mi lado, estoy lista para lo que sea.Bajaron al lobby, donde Alonso los esperaba con una sonrisa amplia. — ¿Todo listo, jefe? —preguntó, tomando las maletas.—Sí, Alonso. Gracias por todo —respondió Leonardo, dándole un apretón de manos—. Nos vemos pronto.—Claro, jefe. Y felicidades de nuevo —dijo Alonso, con un guiño hacia Alessa.El viaje al aeropuerto fue tranquilo, con Alessa apoyada en el hombro de Leonardo, disfrutando de los últimos momentos en Las Vegas. Al llegar, abordar
El día de la boda llegó, y los jardines de la mansión Moretti estaban impecables. Las flores blancas y rojas decoraban cada rincón, y las luces colgantes creaban una atmósfera mágica. Los invitados, incluyendo a los Lombardi, llegaron con elegancia, y la ceremonia comenzó al atardecer.Alessa caminó hacia el altar, acompañada por Charly, mientras Leonardo la esperaba con una mirada llena de amor. Los votos que intercambiaron fueron profundos y emotivos, sellando su unión ante Dios y sus familias.Al final de la ceremonia, Leonardo tomó a Alessa en sus brazos y la besó apasionadamente, mientras casi todos los invitados aplaudían y celebraban, pues Salvatore daba un sorbo a al contenido de su copa con la mirada fija en Alessa. Sin disimulo, su osadía estaba llena de un descaro que comenzaba. El abuelo Marcos levantó su copa y dijo:— ¡Por los recién casados! Que su amor sea tan fuerte como la amistad que han acompañado a los Rossi Moretti por generaciones.Todos brindaron, y la pareja e
La noche seguía su curso, envuelta en un aura mágica. La música suave llenaba el aire, y las risas de los invitados resonaban en cada rincón. Sin embargo, Salvatore Lombardi revisó su celular, tenía un mensaje corto que decía: Hay un coche negro con chofer esperándote afuera. Dio un pesado suspiro, alzando la mirada para ver una vez más a Alessa, tomó el contenido de la copa de whisky en su mano con una expresión impenetrable. Se puso de pie, pues había decidido que ya había visto suficiente; caminó hacia la salida sin despedirse de nadie.Antes de que pudiera llegar al auto, Rebeca lo interceptó, con una mirada fría y una sonrisa burlona que contrastaba con la elegancia de su vestido rojo.— ¿A dónde vas tan rápido, querido? —preguntó, cruzando los brazos sobre su pecho—. ¿Tan afectado estás por el matrimonio de la estúpida de Alessa?Salvatore se detuvo en seco, girándose hacia ella con una mirada que podría helar el sol. —No es asunto tuyo —respondió, con un tono cortante que dejó
El fin de semana posterior a la boda transcurrió con tranquilidad en la mansión Moretti-Rossi. La celebración había sido un éxito, y aunque la partida de Alessa y Leonardo hacia Sicilia era inminente, el aire aún estaba impregnado de la calidez del amor y la unión familiar.El lunes por la mañana, Francesco e Isabella se despertaron temprano. Como cada día, su rutina giraba en torno a su pequeño hijo, Marco Antonio. El niño, con sus rizos oscuros y mirada vivaz, se había convertido en el centro de sus vidas.—Hoy tenemos control pediátrico —recordó Isabella, mientras observaba a Francesco vestir al pequeño con sumo cuidado.Francesco asintió con una sonrisa.—Sí, y no pienso perderme ni un solo detalle. Ese doctor tiene suerte de que no pueda darle un puñetazo por cada vacuna que le ponga.Isabella rió y negó con la cabeza. Sabía lo protector que era Francesco con su hijo, pero también sabía que no podía evitar lo inevitable.Al salir de la mansión, el despliegue de seguridad se activ
El avión de Alessa y Leonardo se perdió entre las nubes, llevándose consigo el bullicio de los últimos días. Isabella permaneció inmóvil en la terminal, los dedos entrelazados con los de Francesco, hasta que el sonido del pequeño Marco Antonio gorjeando dentro del auto los devolvió a la realidad.—Vamos a casa —murmuró Francesco, pasando un brazo sobre los hombros de Isabella. Ella asintió, pero su mirada seguía clavada en el horizonte.El viaje de regreso a la mansión fue en silencio. Francesco conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo la de Isabella, como si temiera que ella también se desvaneciera. Marco Antonio dormía en su silla infantil, ajeno a lo que sucedía.Al llegar a la mansión, Isabella bajó del auto y esperó a que Francesco sacase a Marco Antonio de la silla. Con movimientos expertos, el hombre cargó al bebé con ternura y lo llevó a su habitación. Lo acomodó con cuidado en su cuna y permaneció unos minutos, observándolo, embelesado, con su pequeño hijo. A