El sonido del teclado llenaba la biblioteca, constante, meticuloso, casi obsesivo. Alexander no se detenía ni un segundo, como si al hacerlo la historia pudiera escaparse de su mente antes de quedar plasmada en el papel.Luciana lo observaba desde el umbral de la puerta. Había algo hipnótico en la manera en que escribía, en la forma en que sus dedos se movían con precisión sobre las teclas, en la intensidad con la que sus ojos recorrían cada línea que acababa de escribir.Pero ella no podía ignorar lo más importante.Él estaba escribiendo sobre ellos.No con sus nombres reales. No con cada detalle exactamente como ocurrió. Pero la esencia estaba ahí, en cada palabra.Luciana se aclaró la garganta, y Alexander se detuvo de inmediato. No porque quisiera, sino porque había aprendido a reconocer su presencia incluso antes de verla.—Llevas todo el día escribiendo— dijo ella, cruzándose de brazos—. ¿Ni siquiera un descanso?Alexander entrecerró los ojos, estudiándola con la misma intensida
El viento nocturno silbaba suavemente contra las ventanas de la biblioteca, pero dentro de la habitación el aire era pesado, cargado de todo lo que aún no se decía. Luciana estaba sentada frente a Alexander, con el cuaderno en su regazo, sus dedos presionando las páginas con más fuerza de la necesaria.Había leído lo que él había escrito.Y lo que encontró en esas palabras la dejó con más preguntas que respuestas.—¿Por qué lo haces? —preguntó, rompiendo el silencio.Alexander se frotó la nuca, sin apartar la mirada de la pluma que aún sostenía en su mano.—¿Hacer qué?Luciana cerró el cuaderno bruscamente y lo dejó sobre la mesa entre ellos.—Escribirme en tu historia y luego fingir que nada de esto importa.Alexander exhaló lentamente, sin responder de inmediato. Sabía que este momento llegaría. Sabía que Luciana no se quedaría callada.Y, sobre todo, sabía que ella tenía razón.—Porque escribir sobre algo es la única manera en la que puedo entenderlo.Luciana sintió cómo su corazón
Los días posteriores al beso fueron una danza delicada de evasiones y silencios entre Luciana y Alexander. Ambos, conscientes de la línea que habían cruzado, optaron por sumergirse en su trabajo, evitando cualquier mención al momento compartido. Sin embargo, la tensión era palpable, como una corriente subterránea que amenazaba con desbordarse en cualquier instante. Una tarde, mientras Luciana revisaba unos manuscritos en la biblioteca, su teléfono vibró con un mensaje de su hermana menor, Valeria. —Valeria: ”¡Luci! Estoy en la ciudad por unos días. ¿Nos vemos? Te extraño.” Luciana sonrió al leer el mensaje. Valeria siempre había sido un rayo de sol en su vida, y quizás su presencia le brindaría la distracción que tanto necesitaba. —Luciana: ”¡Por supuesto! ¿Te parece bien cenar en mi lugar esta noche?” —Valeria: “Perfecto. Llevaré vino. Nos vemos a las 8.” Esa noche, Luciana se esmeró en preparar una cena acogedora. Mientras cortaba verduras, sus pensamientos volvían una y otra v
El sonido del teclado resonaba en la silenciosa biblioteca, interrumpido solo por el suave crujido del papel cuando Alexander pasaba de página en sus notas. Luciana estaba sentada al otro lado de la mesa, escribiendo con intensidad, tratando de ignorar la presencia de Alexander a su lado.Desde aquella noche, habían decidido actuar como si nada hubiera pasado.Como si el beso no hubiera cambiado nada.Pero lo había hecho.Y ahora, cada conversación, cada mirada, cada roce accidental, estaba cargado de electricidad contenida.—Estás apretando demasiado la pluma —comentó Alexander sin mirarla.Luciana parpadeó y miró su mano. Tenía la pluma firmemente sujeta, casi al borde de romperla.—Estoy concentrada —respondió, tratando de sonar indiferente.Alexander soltó una leve risa y volvió a sus papeles.—No te preocupes. No me afecta que estés nerviosa a mi lado.Luciana levantó la vista bruscamente.—¿Disculpa?Alexander finalmente la miró, con esa sonrisa arrogante que la hacía querer lan
Luciana estaba sentada frente a su laptop en la biblioteca de Alexander, tecleando con furia. Cada palabra, cada frase que plasmaba, llevaba consigo toda la frustración que había acumulado los últimos días. No era solo la tensión que flotaba entre ella y Alexander tras el beso. Era la maldita negación mutua que ambos habían decidido abrazar como un escudo.Habían pasado dos semanas desde aquel momento de vulnerabilidad. Dos semanas en las que ninguno de los dos lo mencionó. Dos semanas en las que ambos fingieron que nada había cambiado.Pero todo había cambiado.Y ahora estaban atrapados en una rutina insoportable donde cada conversación se reducía a trabajo y profesionalismo.—Esa escena que escribiste es un desastre —dijo Alexander, apoyado contra la estantería con los brazos cruzados.Luciana levantó la vista, lanzándole una mirada de advertencia.—Es un borrador, Varnell. No esperaba que fuera perfecto.Alexander arqueó una ceja y se acercó a su escritorio. Le quitó la laptop con
Luciana se despertó antes de que el sol asomara por el horizonte. El peso de la noche anterior aún flotaba en su pecho. Algo dentro de ella había cambiado. Ya no era solo la asistente de Alexander, la aprendiz en su mundo de tinta y letras. Ahora, estaba construyendo su propio camino, aunque eso significara alejarse de él.Mientras el café burbujeaba en la cafetera, su teléfono vibró sobre la mesa.—Richard: “Hoy te quiero en mi oficina a las 10. Espero que hayas leído el libro.”Luciana sonrió para sí misma. Sí, lo había leído. Y ahora tenía muchas preguntas.⸻El Choque Entre Dos MundosA las 10 en punto, Luciana llegó a la pequeña editorial de Richard. Era un lugar modesto, con estanterías repletas de manuscritos olvidados y el aroma de café impregnando el aire.Richard estaba en su escritorio, hojeando un viejo manuscrito. Alzó la vista cuando ella entró.—Llegas puntual. Me gusta.Luciana se cruzó de brazos.—Tampoco quería darle la satisfacción de llamarme impuntual.Richard rió
El aire dentro de la mansión de Alexander estaba cargado de algo denso e inexplorado. Luciana podía sentirlo en cada paso que daba, en cada mirada que él le lanzaba, en cada palabra que no decían.Habían llegado a un punto en el que negar lo que sentían no era suficiente.Y sin embargo, ambos seguían fingiendo que podían seguir como si nada hubiera cambiado.Luciana no sabía cuánto más podría soportarlo.Las Consecuencias del MiedoEsa noche, después de una sesión de trabajo tensa y llena de silencios incómodos, Luciana decidió que necesitaba escapar por un rato.Richard la había invitado a una reunión con algunos escritores y editores independientes. Un lugar donde podría respirar, donde podría hablar de literatura sin sentir que caminaba sobre fuego cada vez que Alexander estaba cerca.Cuando bajó las escaleras, con su chaqueta en la mano, lo encontró en la sala de estar.—¿Vas a algún lado? —preguntó Alexander sin levantar la vista del libro que tenía en las manos.Luciana se detuv
La mañana transcurría con una calma engañosa en la mansión de Alexander. Luciana intentaba concentrarse en escribir, pero la presencia de Alexander al otro lado de la habitación hacía que su mente estuviera en cualquier lugar menos en la página frente an ella.La noche anterior había cambiado algo entre ellos.Él había admitido que la necesitaba.Y ahora, cada mirada que se cruzaban estaba cargada de una tensión diferente.Sin embargo, en lugar de enfrentar esa conversación pendiente, ambos habían decidido sumergirse en el trabajo.Pero esa paz no duraría mucho.Un golpe en la puerta los interrumpió.—¿Esperas a alguien? —preguntó Luciana, levantando la vista de la pantalla.Alexander frunció el ceño y se levantó.—No.Abrió la puerta y, para sorpresa de ambos, Javier Rosales estaba allí.Luciana sintió cómo su estómago se contraía. Hacía meses que no lo veía en persona.—¿Javier? —preguntó, sorprendida.Javier sonrió con su encanto habitual.—¿No puedo visitar a una vieja amiga?Alex