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Capitulo 2: la quiero a ella (parte dos)

—Gracias —dijo la niña, con una sonrisa tímida pero sincera, mirando a Oshin, quien observaba en silencio. Esa sonrisa le provocó un vuelco en el corazón, una calidez inexplicable que lo envolvió por completo. Se agachó hasta quedar a su altura, observándola con detenimiento, como si el rostro de la niña fuera la obra de arte mejor esculpida por los mismos dioses del Olimpo. Algo en su mirada, algo en la tristeza que reflejaba, lo conmovió profundamente.

—Me llamo Oshin —se presentó él con una mezcla de emoción y dulzura—. ¿Y tú, pequeña? —preguntó suavemente, tratando de descifrar la mirada de la niña, buscando en ella algo más que una simple respuesta.

—Fumiko —respondió ella sin dudarlo, mirándolo fijamente—. ¿Vienes a traer a alguien? —preguntó con curiosidad, como si la presencia de él en ese lugar fuera una anomalía, algo fuera de lugar. Su voz, aunque suave, llevaba una cierta intensidad, como si ella misma estuviera intentando encajar las piezas de un rompecabezas incompleto. —Eres muy grande para quedarte aquí —añadió, con una chispa de picardía en sus ojos.

Oshin soltó una ligera risa, conmovido por la sabiduría que a veces solo los niños podían ofrecer, una sabiduría nacida de la observación pura, de una verdad sin adornos.

—Pequeña lista —comentó él con ternura, dándole un pequeño golpecito en la punta de la nariz. Ella rió, una risa suave y natural, como si su alma se despojara de las tensiones al estar cerca de él.

—Mi padre me ha traído a la fuerza —dijo él, casi como si le avergonzara admitirlo. Pero había algo en la forma en que lo dijo, una mezcla de frustración y resignación, como si estuviera atrapado en un lugar donde no pertenecía.

Fumiko soltó una risa suave, pero en sus ojos había un destello de comprensión.

—Así que papá te ha obligado a venir... Qué mal —comentó ella, ahora con un tono burlón pero amigable. Algo en sus palabras, en su tono juguetón, hizo que Oshin sintiera un alivio momentáneo. En ese lugar, donde todo parecía sombrío y apático, la niña era un rayo de luz, tan pequeña y tan decidida a no dejarse vencer.

—Supongo que deberías ir con él antes de que se enoje contigo —añadió Fumiko, con una sonrisa traviesa en sus labios, mientras su mirada recorría el jardín, como si quisiera escapar de la pesadez que reinaba en ese lugar.

Oshin la miró y sonrió, mientras un pensamiento fugaz cruzaba su mente: en ese instante, todo parecía menos sombrío, menos angustiante. La niña, con su inocencia, había conseguido arrancarle una sonrisa genuina.

—Eres una niña traviesa, lo dices solo para molestarme, ¿cierto? —dijo él, sonriendo, mientras se ponía en pie. Ella, divertida, encogió los hombros, con una expresión que mostraba que no le importaba en lo más mínimo lo que pensaran de ella.

—¿Y si mejor jugamos? —le propuso ella, con un brillo en los ojos que parecía indicar que las reglas del mundo, al menos por un rato, podían ser ignoradas. Para Fumiko, jugar era una forma de escapar de la realidad, de olvidar, aunque fuera por un momento, todo lo que ese lugar le imponía.

—¡Sí! —respondió él, con entusiasmo, y sin más preámbulos, ambos comenzaron a correr por el jardín, jugando a las atrapadas, olvidando por completo las responsabilidades, los ojos que los observaban, y las reglas que regían sus vidas. En ese momento, el orfanato no existía. Solo existían ellos, riendo y corriendo como si no hubiera mañana.

Pero la risa, aunque inocente y pura, no duró mucho. A lo lejos, se escuchó una voz profunda que cortó el aire como un cuchillo.

—¡Oshin! —llamó su padre, desde la entrada del jardín. Oshin se detuvo en seco, reconociendo la voz, mientras Fumiko, sorprendida, dio un paso atrás.

El padre de Oshin se acercó con paso firme, seguido por la encargada del orfanato. Al ver a su hijo jugando en el jardín con la niña, frunció el ceño con incredulidad. No era común que los niños se relajaran en ese lugar, y mucho menos que Oshin, quien siempre había sido tan reservado, se permitiera una muestra de afecto tan abierta.

—¿Por qué estás jugando con ella? —preguntó su padre, casi como una reprimenda, pero también con un toque de preocupación. El orfanato no era un lugar para hacer amigos, era un lugar para sobrevivir.

Oshin, sin embargo, no se mostró intimidado. En lugar de contestar con palabras, extendió la mano hacia Fumiko, tomándola con firmeza.

—La quiero a ella —dijo Oshin con determinación, con una certeza en su voz que sorprendió tanto a su padre como a la encargada. Era un gesto inesperado, pero él no vaciló, como si hubiera decidido en ese momento que nada ni nadie podría separarlo de Fumiko.

La niña, que hasta ese momento había permanecido en silencio, sorprendida por la declaración de Oshin, no pudo evitar mirarlo fijamente, como si no comprendiera del todo lo que acababa de ocurrir. La encargada, con una expresión de desaprobación, dio un paso adelante, mirándolos con desconfianza.

—Fumiko... —dijo la encargada, pronunciando su nombre de manera fría y calculadora, como si fuera un objeto. Ella se apartó un paso de Oshin, mirando al suelo, sin saber cómo reaccionar.

Oshin, sin embargo, no dejó que nadie interfiriera. Con un gesto firme, colocó a Fumiko detrás de él, protegiéndola de la mirada acusadora de la encargada. La niña, sorprendida, se aferró a su camisa con una expresión de confianza que no podía ocultar.

—Mía —dijo Oshin, con una firmeza que hizo que la encargada se quedara en silencio. Nadie había reclamado a Fumiko de esa manera antes. En el orfanato, los niños eran asignados, marcados, vendidos o abandonados. No se pedía permiso para tomar a alguien. Pero Oshin no aceptaba las reglas de ese lugar, no cuando se trataba de algo tan importante.

La mirada de su padre se suavizó ligeramente, como si algo en la actitud de Oshin le dijera que había algo más en esa relación, algo que no podía ser explicado con palabras. Él asintió, dando a entender que, aunque no entendiera completamente la decisión de su hijo, estaba dispuesto a seguirle el juego.

—Ella será... —dijo el padre, con una sonrisa que ocultaba una ligera preocupación. Luego, se dirigió a la encargada—. Haz los trámites para que Fumiko sea registrada y asignada a Oshin.

La encargada asintió con una sonrisa amarga, pero no dijo nada más. Ella sabía que, en ese lugar, el poder de la decisión recaía siempre en aquellos que podían influir en el destino de los demás.

Fumiko, mientras tanto, se quedó en silencio, mirando a Oshin con una mezcla de sorpresa y gratitud. No sabía cómo había llegado a este punto, pero sentía una extraña sensación de alivio al estar a su lado. Era como si, por fin, hubiera encontrado algo que le perteneciera.

Cuando la encargada se la llevó para marcarla, Oshin la siguió con la mirada, prometiéndose a sí mismo que estaría allí para ella, siempre. Fumiko, aunque nerviosa, no pudo evitar sonreír, sintiendo que algo dentro de ella, algo que había estado roto durante tanto tiempo, comenzaba a sanar.

Al final de la tarde, a las cinco, Fumiko ya había sido marcada, y el proceso estaba casi completo. Esa noche, mientras todos dormían, Fumiko pensaba en lo que había sucedido. Había sido apartada de todo lo que conocía, pero había encontrado algo mucho más valioso: un amigo, un protector, alguien que la veía no como una carga, sino como alguien digno de ser amado.

Esa noche, Fumiko se acostó en la cama, mirando el techo, y dejó que el sueño la llevara. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo. Sabía que al día siguiente vería a Oshin, y eso era todo lo que necesitaba para seguir adelante.

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