"Las almas que se encuentran y se reconocen nunca se sueltan. Ni con la distancia, ni con el silencio, ni con el tiempo, ni con las vueltas que da la vida"
Ya era hora de que Fumiko se retirara con su nueva "familia" hasta que cumpliera los 17 años. El joven futuro alfa era mayor que ella y, en pocos años, se transformaría. Al saber que ella era su Luna y tenerla cerca, él se volvería insoportable, con una necesidad de estar siempre junto a ella que podría ser peligrosa. Él no controlaría completamente sus instintos, y la cercanía podría incluso hacerle daño a la pequeña, quien todavía era una niña en todos los sentidos. El día anterior, pasaron todo el día juntos. Jugaron, hablaron, se rieron y, en muchos momentos, se quedaron en silencio, simplemente disfrutando de la compañía mutua. Era un tipo de paz que pocos podían comprender, esa tranquilidad que se encontraba solo en la presencia de alguien especial. El chico, con su energía habitual, mostraba un lado suave y tranquilo cuando estaba con Fumiko. Se había acostumbrado tanto a su compañía que cualquier momento a su lado parecía ser perfecto. Mientras tanto, el padre de Oshin Itreque se aseguraba de que quienes estuvieran a cargo de la Luna de su hijo la cuidaran bien, evitando que sufriera cualquier tipo de abuso o daño. Él estaba dispuesto a tomar cualquier medida si su hijo se veía obligado a enfrentarse a quien osara lastimar a su Luna. No quería ni imaginarse la reacción de Oshin si eso llegaba a suceder, y cómo su hijo podría llegar a ser peligroso si alguien lastimaba a la niña que estaba destinado a cuidar. El chico estaba en el jardín con ella, disfrutando de la calma que solo la compañía de su Luna le brindaba. Él estaba recostado en las pequeñas piernas de Fumiko, con los ojos cerrados, completamente relajado. Ella le acariciaba el cabello con una sonrisa en el rostro, como si nada más en el mundo importara. Él disfrutaba del toque de ella, ese gesto tan simple pero lleno de significado. Era una de esas escenas que cualquiera podría ver y entender, sin necesidad de palabras. Era la pureza e inocencia de un amor que, sin duda, estaba destinado a ser eterno. Los encargados del orfanato ya estaban afuera, con la nueva familia de Fumiko y sus maletas, esperando pacientemente para llevarse a la pequeña. Mientras tanto, el padre iba a buscar a su hijo y a la niña para que pudieran despedirse. Cuando llegaron donde estaban, al señor Mael Itreque le pareció una escena hermosa, llena de ternura. Observó a la niña con atención y vio en sus ojos un amor tan puro que casi le pareció como el agua que viene del rocío, inmaculada y fresca. Fumiko, tan concentrada en el chico que tenía sobre sus piernas, no se percató de la presencia de su padre hasta que él se acercó. —Oshi...—lo llamó ella, mirando aún al padre del joven. Él gruñó, queriendo continuar en su mundo de sueños, guiado por el aroma familiar de Fumiko. Ella rió al escuchar su respuesta. —Tu papá—dijo, observando cómo se quejaba. Él abrió los ojos entre bufidos y gruñidos, pero aún no quería levantarse. —¿Qué pasa, papá?—dijo en tono molesto, como si la comodidad de estar allí fuera más importante que cualquier otra cosa. —Ya es hora—respondió su padre, mirando con tranquilidad a su hijo. Aunque le sorprendía ver a Oshin tan relajado y tranquilo, sobre todo con ella, él sabía que su hijo estaba cambiando de alguna manera, aunque aún era joven. Oshin sonrió ampliamente al escuchar esas palabras y se levantó del suelo. —Fumiko, es hora de irnos—dijo él con emoción, y el padre frunció el ceño, sin comprender por qué el chico estaba tan entusiasmado. —¿Irnos?—preguntó el señor Mael, mientras ayudaba a la pequeña a levantarse del suelo, tomando su mano con suavidad. —Sí, se viene con nosotros a la manada—dijo Oshin, tomando la mano de Fumiko con una devoción tan grande que incluso su padre se sintió incómodo con esa demostración. Miró a su hijo desafiante, como si no tuviera ninguna duda de lo que quería. El padre suspiró, visiblemente preocupado. —Ella no irá a la manada, Oshin—dijo el padre, deteniendo los pasos de su hijo hacia la salida del lugar. —Pero tú dijiste que ella era mi Luna, y que tenía que estar conmigo siempre—respondió Oshin, molesto, defendiendo lo que él consideraba un derecho natural. —Y así es—aseguró su padre, pero el tono de su voz se tornó más serio y cauteloso—. Pero ella es una niña y tú eres un joven...—dijo, con cautela. Oshin frunció el ceño, confundido, sin entender por qué su padre no estaba de acuerdo—. Ella se reencontrará contigo cuando cumpla 17 años, hasta entonces...—explicó con paciencia, aunque sentía que su hijo no estaba dispuesto a aceptar esa separación. La niña, que observaba en silencio, sin saber qué decir o cómo reaccionar, solo podía mirar a Oshin, consciente de que algo no iba bien. Su corazón se apretó al ver la tristeza en los ojos del joven, mientras sus propios sentimientos comenzaban a desbordarse. No podía entender completamente la situación, pero sentía en su pecho una presión que la asfixiaba. A medida que las palabras de Oshin resonaban en sus oídos, una punzada de miedo y ansiedad se instaló en ella. No quería separarse de él. —Me niego—gruñó Oshin, aferrándose a la mano de Fumiko, como si fuera la última cosa que podía controlar. Ella dio un paso atrás, como si la promesa que había hecho de protegerla fuera ahora más importante que nunca. Fumiko, sintiendo la devoción de Oshin, se vio arrastrada por la emoción que brotaba de él. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas sin comprender por qué. —Ella irá conmigo a la manada—dijo Oshin en tono decidido, casi desafiante, sin dudar de lo que quería. La niña, que no entendía completamente la situación, comenzó a llorar. Las lágrimas, pesadas y gruesas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras sentía el dolor de la separación. Sus ojos se nublaron con el miedo de perder a Oshin. No podía evitarlo. Sentía que todo lo que conocía estaba desmoronándose ante ella. Entonces, Fumiko habló con voz baja, llamando la atención de ambos, aunque su timbre de voz estaba lleno de temor. —Entonces...—dijo, mirando al suelo, incapaz de levantar la cabeza. Su corazón latía con fuerza—. ¿Ya no te veré más?—preguntó, con la voz quebrada por el miedo, con los ojos llenos de dolor y desconfianza. Oshin gruñó nuevamente, mirando a su padre, quien observaba sorprendido los ojos apagados de la niña. Nada de lo que había planeado había servido para evitar lo inevitable: la conexión entre ellos, tan fuerte e instantánea, había sellado su destino desde el principio. —No hasta que sea el momento—dijo el padre de manera firme y seria, con una voz que no dejaba lugar a dudas. La encargada de los trámites de la "compra" y la "apartada" tomó a Fumiko por la cintura y la separó de Oshin, comenzando a caminar hacia la salida, donde la nueva familia de Fumiko la esperaba con ansias. —¡No, no, Oshin!—gritó Fumiko, aferrándose con fuerza a la mano de él mientras las lágrimas continuaban cayendo de sus ojos. La mujer que la sostenía trataba de separarla, pero Fumiko se retorcía en sus brazos, llorando más fuerte. —¡NO QUIERO!—gritaba con desesperación, luchando contra la mujer que intentaba llevársela—. ¡QUIERO ESTAR CON ÉL!—seguía, mientras trataba de soltarse, sin poder evitar su angustia. —¡SUÉLTAME, DÉJAME, DÉJAME, SUELTAME!—gritaba, pataleando con todas sus fuerzas, mientras ambos, el chico y la niña, se aferraban el uno al otro, sin querer soltarse, como si su vida dependiera de ello. El dolor de la separación prometía ser tan grande que parecía que el mundo entero se desmoronaba a su alrededor. No querían que eso ocurriera.—¡Padre! —gruñó el chico, aferrándose con todas sus fuerzas a la pequeña, como si su vida dependiera de ello. El hombre, al ver la resistencia de ambos, adoptó una postura más firme. Tomó del brazo a su hijo con una fuerza inesperada, haciéndole un gesto silencioso para que soltara a Fumiko, y así, poder llevársela al destino que le habían asignado. —Déjenla —gruñó el padre con una voz dura, pero cargada de impotencia, al observar cómo las manos de su hijo, ahora vacías, se soltaron por el brusco movimiento que su propio padre ejecutó para deshacer el lazo entre ellos. Los ojos de Oshin seguían fijos en Fumiko mientras ella era arrastrada hacia el interior del lugar, pero los gritos y lágrimas de la pequeña no dejaban de atormentarle. La desesperación de Oshin aumentaba con cada paso que ella daba en dirección a lo desconocido. Fumiko estaba gritando con toda su fuerza, la angustia creciente en sus ojos cada vez que comprendía más y más lo que estaba sucediendo. Si la subían al coche
"Aunque todo este en contra, yo luchare por ti y al final estaremos juntos disfrutando todo lo que nos negaron en su momento..." Todo parecía ir de mal en peor por todos lados. La vida de Fumiko se había transformado en un mar de sombras, donde cada rincón de su nueva habitación le recordaba que estaba lejos de Oshin. No podía encontrar consuelo en nada. Las paredes de su cuarto, pintadas de un rosa pálido que intentaba emular la ternura de la niñez, solo servían para acentuar la soledad que la envolvía. Cada día, al despertar, sentía como si el peso del mundo la aplastara aún más, ahogando su alma en un profundo vacío. No comía, no salía de su habitación. Las horas pasaban lentamente, pero su dolor no disminuía. Se refugiaba en sus lágrimas, como si cada gota fuera una forma de liberar la angustia que la consume, pero aún así, nada parecía aliviar su sufrimiento. El eco de su llanto llenaba la habitación vacía, sin que nadie pudiera comprender la magnitud del tormento que sentía por
Cada noche, Fumiko pensaba que si pudiera ver a Oshin nuevamente, su agonía finalmente terminaría. La ilusión de encontrarse con él, aunque levemente, la mantenía a flote, pues en lo más profundo de su corazón, aún creía que él era la pieza que faltaba para sanar su alma rota. Pero sus padres no sabían nada de esta lucha interna que la pequeña enfrentaba, y ellos seguían convencidos de que, con el tiempo, su hija volvería a ser la niña feliz y despreocupada de antes. Mientras tanto, Oshin estaba sumido en un abismo emocional cada vez más profundo. A tan solo 15 años, el joven parecía estar completamente perdido. Su comportamiento era errático y autodestructivo. La situación con su madre comenzaba a preocuparla, pero lo que realmente la tenía alarmada era el impacto que sus acciones estaban teniendo en su futuro. Recientemente, Oshin había obligado a una chica de su escuela a abortar, después de haberla dejado embarazada tras un encuentro sexual sin protección. En su mundo, donde las e
A los 18 años, Oshin ya estaba sumido en una espiral más oscura de autodestrucción, si es que algo como eso era posible. Su transformación había llegado y pasado, pero no le había traído la paz que esperaba. En lugar de encontrar consuelo en la fuerza de su lobo, Dai, el enorme lobo negro de ojos azules que le servía como compañero y reflejaba su misma oscuridad interior, parecía ser solo un recordatorio de la tortura que vivía a diario. Dai, con su imponente figura y su feroz reputación, solo se convirtió en un reflejo del caos mental que Oshin padecía. El lobo, temido por todos debido a la relación conflictiva entre él y su Luna, parecía no tener poder para calmar la tormenta emocional de su dueño. Oshin sabía que Fumiko, su Luna, le pertenecía por contrato y que, según la tradición, ya había sido reclamada como suya. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que no podía estar con ella, y esa negación le desgarraba. La frustración de Oshin se canalizaba en comportamientos destructiv
"El amor es más que un 'te quiero' es un 'te cuido' y eso lo aprendí contigo" Todo parecía suceder demasiado rápido en la casa de los Hunter. La señora, con los ojos llenos de lágrimas, miraba a la niña que se había ganado su cariño en tan poco tiempo. No podía evitar el dolor de tener que separarse de ella. Trece años habían pasado desde que la pequeña llegó a su vida, y ahora debía dejarla ir, aunque sabía que era lo mejor para ella. El vínculo que habían creado en ese tiempo la hacía sentir que perderla era como perder una parte de sí misma. La chica, por otro lado, no compartía la misma tristeza. Aunque también sentía algo de dolor por dejar atrás a las personas que la habían cuidado, estaba más que emocionada con la idea de lo que le esperaba. El destino la había llamado, y su corazón latía con rapidez ante la proximidad del reencuentro con él. Él... su dueño, el hombre al que había estado esperando todo este tiempo, el mismo con el que había compartido sus sueños. La promesa de
Su lobo estaba absolutamente emocionado, saltando de un lado a otro en la oscuridad de su mente. El sentimiento de felicidad era palpable, como si todo su ser estuviera vibrando con la cercanía de lo que tanto había esperado. Fumiko, por su parte, se encontraba en el auto, de camino a la manada, el destino que la esperaba con una mezcla de emociones. Su rostro, iluminado por la tenue luz del día, reflejaba la emoción que sentía, pero también la incertidumbre que se escondía en su corazón. La ciudad pasaba rápidamente por la ventana, pero ella no veía las casas ni las calles. Su mente estaba llena de él, de su rostro, de su voz... pero también estaba plagada de dudas. "¿Y si ya no me recuerda?", pensaba angustiada. "¿Y si el tiempo ha borrado todo de su memoria, todo lo que habíamos vivido juntos?" Esas preguntas recorrían su mente una y otra vez, como una espiral que no dejaba de atormentarla. "¿Y si me olvido?", seguía preguntándose. "¿Y si no me recuerda?" Su respiración se agit
"Y ahora te tengo conmigo, y esta ves no dejare que nadie te aparte jamás de mi lado" Oshin Itreque La tenía en mis brazos. Su pequeño cuerpo, por fin, estaba cerca del mío, y me sentía completo. Mi alma, que había estado vacía tanto tiempo, ahora estaba en paz con su cercanía. El aroma de su cabello, a flores—supongo que por el champú que usa—me envolvía en una sensación profunda de bienestar, adormeciéndome y haciéndome ronronear de felicidad. Ese aroma único, ese que me recordaba a libros nuevos, a bosque por la mañana, era una extensión de ella, una esencia que solo pertenecía a Fumiko. El aire parecía volverse más espeso a su alrededor, como si el tiempo se detuviera solo para mí. La mezcla de su fragancia, entre libros nuevos, campo de flores y el toque de chocolate y frescura del bosque, me llenaba de un bienestar absoluto. Era como si cada rincón de mi ser estuviera saturado con su presencia. Mi lobo, mi alma, estaba más que feliz de tenerla cerca, de sentirla de nuevo en mi
— ¡Qué lindo! Esto es mejor que mi novela... —chilló Oyuki con emoción, la loba de mi hermana y hermana de mi lobo—. Si este idiota te hace algo, me dices y le corto los huevos. —dijo de forma seria, señalándome a mí mientras le daba una mirada fulminante a ella. Mi pequeña sonrió con una risa tímida, pero yo le gruñí en tono de reproche. Ella, sin pensarlo, me sacó la lengua como una niña pequeña. — Qué madura, Oyuki —me quejé, rodando los ojos. Miré a mis padres y le señalé con una sonrisa—. Ellos son mis padres. — Hola, señor —dijo fría y con una mirada despectiva, mi pequeña saludó a mi padre. Luego se giró hacia mi madre—. Hola, señora. —le sonrió con cierta pena y entusiasmo. No pude evitar reír un poco ante la situación. Mi mamá y mi hermana también soltaron una risa al ver cómo Ai, quien había recuperado el control total de su cuerpo, se comportaba de manera tan reservada. — Un gusto, soy Estrella, y él es mi esposo... —se presentó mi mamá con una sonrisa cálida, pero cuando