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Capitulo 4: nos encontraremos de nuevo (parte dos)

—¡Padre! —gruñó el chico, aferrándose con todas sus fuerzas a la pequeña, como si su vida dependiera de ello. El hombre, al ver la resistencia de ambos, adoptó una postura más firme. Tomó del brazo a su hijo con una fuerza inesperada, haciéndole un gesto silencioso para que soltara a Fumiko, y así, poder llevársela al destino que le habían asignado.

—Déjenla —gruñó el padre con una voz dura, pero cargada de impotencia, al observar cómo las manos de su hijo, ahora vacías, se soltaron por el brusco movimiento que su propio padre ejecutó para deshacer el lazo entre ellos. Los ojos de Oshin seguían fijos en Fumiko mientras ella era arrastrada hacia el interior del lugar, pero los gritos y lágrimas de la pequeña no dejaban de atormentarle.

La desesperación de Oshin aumentaba con cada paso que ella daba en dirección a lo desconocido. Fumiko estaba gritando con toda su fuerza, la angustia creciente en sus ojos cada vez que comprendía más y más lo que estaba sucediendo. Si la subían al coche, era casi seguro que jamás volvería a verla, jamás volvería a sentirse segura y tranquila en los brazos del chico de ojos miel.

Oshin sintió como si su propio corazón se hubiera detenido por un segundo, atrapado entre la rabia y la desesperación. La angustia se convirtió en una sensación visceral, un vacío que lo consumía por dentro, pero, rápidamente, esa sensación fue reemplazada por una furia incansable que lo invadió.

—¡DEJENLA! ¡DEVUÉLVANMELA! —gritó Oshin, corriendo hacia el auto con la esperanza de alcanzar a Fumiko antes de que fuera demasiado tarde. Su cuerpo estaba tenso, sus piernas parecían no pesarle mientras avanzaba con rapidez. A lo lejos, vio cómo las personas ya estaban terminando de meter a Fumiko dentro del vehículo. En ese preciso instante, el auto arrancó a toda velocidad, alejándose rápidamente, con Fumiko golpeando frenéticamente los cristales, su rostro bañándose en lágrimas mientras gritaba con desesperación, pidiendo que la dejaran ir, que la devolviesen a su lado.

Oshin, atrapado por un torbellino de emociones, siguió corriendo y gritando. Su ira lo cegaba y su mente no podía pensar en otra cosa más que en recuperar a Fumiko. Golpeó todo lo que encontraba en su camino, sin importar si se movía o no. Era como si el mundo entero se hubiera reducido a ese momento de angustia y frustración. Fue entonces cuando su padre, que había estado observando todo desde un rincón, llegó hasta él y lo tomó nuevamente del brazo, intentando frenarlo. Sin embargo, Oshin no pudo controlarse y, cegado por la rabia, lanzó un golpe directo a las partes más sensibles de su padre, quien cayó al suelo con un gruñido de dolor.

—¡Te odio! —gritó Oshin, mirando con furia a su padre, quien estaba de rodillas, sosteniéndose entre sus piernas, su rostro reflejando una mezcla de sorpresa y dolor. Pero Oshin no se detuvo allí. Su enojo no encontraba límites, y su ira solo aumentaba con cada segundo.

—¡LOS ODIO A TODOS! ¡OJALÁ SE MUERAN! —gritó con un volumen que resonó en todo el lugar, mientras ingresaba nuevamente al edificio, destruyendo todo lo que encontraba a su paso. Cada objeto, cada mueble, cada cosa que estaba en su camino era una víctima de su rabia incontenible. Golpeó un jarrón contra la pared, rompiéndolo en pedazos, sin importar el valor que pudieran tener esas cosas para alguien más. A medida que destrozaba, el eco de su furia llenaba el lugar, convirtiéndose en una especie de grito silencioso de dolor que resonaba en su alma.

El padre, quien había permanecido quieto por un momento, observó con resignación cómo su hijo descargaba todo su enojo en un arranque de desesperación. Lo único que podía hacer era prometer a las mujeres del lugar que pagaría por los daños causados, incluso con un extra por las molestias, y mantenerse alejado mientras Oshin continuaba con su descontrol.

Pasó una hora, tal vez más, hasta que Oshin, agotado por su propio furor, entró al auto. Azotó la puerta con fuerza, como si con ese simple gesto pudiera liberar toda la rabia que lo consumía. Su padre, con un suspiro pesado, subió al vehículo después de haber pagado una gran cantidad de dinero a las mujeres, y arrancaron en dirección a la manada. La idea era que, al estar allí, su hijo pudiera continuar con su berrinche lejos de la vista de los demás, evitando que todo aquello le saliera aún más caro.

Al llegar a la manada, Oshin salió del auto con el mismo impulso frenético, azotando la puerta con tal rabia que casi la rompe. Subió las escaleras a toda velocidad, su cuerpo tenso y su mente fuera de sí. Las lágrimas que había estado conteniendo durante todo el trayecto comenzaron a caer con fuerza, resbalando por sus mejillas mientras avanzaba por el pasillo. Su habitación estaba justo en el último rincón del piso, pero ni siquiera se detuvo a respirar. Entró, destruyó todo lo que encontraba a su paso, como si cada objeto roto fuera una parte de la angustia que sentía. Rompió un espejo, destrozó su cama, lanzó cosas contra las paredes. Fue como un repetido ciclo de destrucción, como si necesitara destruirlo todo para que el dolor se disipara, pero la verdad era que no había forma de escapar de lo que sentía.

Mientras tanto, Fumiko había llegado a la casa donde viviría ahora. La llevaron al interior, mostrándole la habitación que ocuparía. Era una habitación rosa, con todo lo que una niña de tres años podría necesitar. Había muñecas, juguetes, ropa, todo ordenado con precisión, como si quisieran crear un pequeño mundo perfecto para ella. Pero Fumiko no podía ver nada de eso, no podía disfrutar de los objetos con los que la rodeaban. Su mente solo podía pensar en Oshin, en lo que había sucedido, en la promesa rota.

Se lanzó a la cama, hundiéndose en las sábanas con la esperanza de que, algún día, se reencontrarían. Lloraba desconsolada, pero en su interior, la rabia crecía, especialmente hacia el señor Mael Itreque. Era él quien había permitido que los separaran, él quien había soltado la mano de Oshin, esa mano que horas antes se había aferrado con tanta fuerza.

Fumiko no gritó, ni trató de resistirse. Solo lloraba, sola en la habitación que le habían preparado, rodeada de cosas que, en su mente, carecían de todo sentido. Cada lágrima que caía de sus ojos era una promesa de que, algún día, se reencontrarían, pero la ira hacia todo lo que había sucedido no desaparecía.

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