"Y ahora te tengo conmigo, y esta ves no dejare que nadie te aparte jamás de mi lado" Oshin Itreque La tenía en mis brazos. Su pequeño cuerpo, por fin, estaba cerca del mío, y me sentía completo. Mi alma, que había estado vacía tanto tiempo, ahora estaba en paz con su cercanía. El aroma de su cabello, a flores—supongo que por el champú que usa—me envolvía en una sensación profunda de bienestar, adormeciéndome y haciéndome ronronear de felicidad. Ese aroma único, ese que me recordaba a libros nuevos, a bosque por la mañana, era una extensión de ella, una esencia que solo pertenecía a Fumiko. El aire parecía volverse más espeso a su alrededor, como si el tiempo se detuviera solo para mí. La mezcla de su fragancia, entre libros nuevos, campo de flores y el toque de chocolate y frescura del bosque, me llenaba de un bienestar absoluto. Era como si cada rincón de mi ser estuviera saturado con su presencia. Mi lobo, mi alma, estaba más que feliz de tenerla cerca, de sentirla de nuevo en mi
— ¡Qué lindo! Esto es mejor que mi novela... —chilló Oyuki con emoción, la loba de mi hermana y hermana de mi lobo—. Si este idiota te hace algo, me dices y le corto los huevos. —dijo de forma seria, señalándome a mí mientras le daba una mirada fulminante a ella. Mi pequeña sonrió con una risa tímida, pero yo le gruñí en tono de reproche. Ella, sin pensarlo, me sacó la lengua como una niña pequeña. — Qué madura, Oyuki —me quejé, rodando los ojos. Miré a mis padres y le señalé con una sonrisa—. Ellos son mis padres. — Hola, señor —dijo fría y con una mirada despectiva, mi pequeña saludó a mi padre. Luego se giró hacia mi madre—. Hola, señora. —le sonrió con cierta pena y entusiasmo. No pude evitar reír un poco ante la situación. Mi mamá y mi hermana también soltaron una risa al ver cómo Ai, quien había recuperado el control total de su cuerpo, se comportaba de manera tan reservada. — Un gusto, soy Estrella, y él es mi esposo... —se presentó mi mamá con una sonrisa cálida, pero cuando
"Yo rechace a muchos por ti... ¡¿Qué te costaba hacer lo mismo por mí?!" Fumiko Ibars Estaba feliz. No, más que eso. Era una felicidad abrumadora, casi irreal. Después de tanto tiempo, después de años de anhelarlo en silencio, de contar los días sin él y de sostenerme solo con su recuerdo, finalmente estaba aquí. Sus brazos me rodeaban, fuertes y cálidos, envolviéndome en esa seguridad que había extrañado tanto. Mi corazón latía con fuerza, pero no de ansiedad, ni de tristeza. Latía de puro alivio. "Ahora no dolerá nada", pensé con un suspiro. Había esperado este momento durante catorce años. Catorce años de ausencia, de noches en vela preguntándome si algún día volvería a verlo. No fue un sufrimiento físico, pero el peso de su ausencia me asfixió más de lo que jamás habría imaginado. Su nombre era un eco constante en mi mente, su rostro una imagen grabada en mis sueños. Pero ahora lo entendía. Siempre había creído que mi desesperación por estar con él era irracional, que mi depe
Oshin Itreque "Lo siento, pequeña", pensé mientras la sentía quedarse dormida sobre mi pecho. Su respiración se volvió lenta y pausada, como un eco silencioso en la habitación. Su cuerpo, tan frágil y pequeño en comparación con el mío, se acurrucaba más contra mí, buscando instintivamente mi calor. Sus dedos se aferraban levemente a mi camisa, como si temiera que me alejara en cualquier momento. Pasé mis dedos suavemente por su espalda, trazando círculos lentos sobre la tela de su ropa, sintiendo la calidez de su piel bajo mis manos. Era tan ligera, tan delicada... y aun así había soportado tanto. Mi pecho se apretó con una mezcla de culpa y dolor. —Lo siento —murmuré contra su mejilla, dejando un beso ahí. Ella sufrió. Sufrió el peso de cada una de mis decisiones egoístas. Sufrió el dolor de todas las traiciones de Soulmates que le he hecho yo. "¿Por qué no se me ocurrió antes?" pensé con frustración. "¿Por qué no entendí que ella sentía todo lo que yo hacía?" Lo había senti
"El amor a veces puede ser mágico. Pero al fin entendí que la magia es solo una ilusión" Fumiko Ibars Los rayos del sol me golpearon en el rostro, sacándome lentamente del sueño. La calidez en mi piel era reconfortante, pero al mismo tiempo, me obligaba a dejar la tranquilidad que había sentido durante la noche. Abrí los ojos con lentitud, pestañeando varias veces hasta acostumbrarme a la luz dorada que entraba a través de las cortinas entreabiertas. Había dormido profundamente, sin interrupciones, sin sentir los dolores que me atormentaban a diario. Por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo no se sentía pesado, no había rastros de aquella presión sofocante en mi pecho. Satisfecha, extendí la mano con la intención de tocar a Oshi en la cama, buscando su calor entre las sábanas... pero solo encontré el vacío. La suave tela aún estaba tibia, lo que significaba que no hacía mucho que se había levantado. Fruncí el ceño y me incorporé, frotándome los ojos con las manos antes de ha
—Pequeña… —su voz sonó entrecortada, cargada de una mezcla de sorpresa y alarma. Sus ojos se clavaron en los míos con intensidad mientras subía los tres escalones que nos separaban. Lo observé con una sonrisa temblorosa en los labios, aunque por dentro sentía un dolor desgarrador. —Ahora entiendo los dolores… siempre estuvieron ahí… —murmuré con voz ahogada, intentando mantenerme firme a pesar de la tormenta de emociones que me azotaba. Él dio un paso más, acercándose con cautela, pero antes de que pudiera decir algo, una voz femenina rompió la tensión. —Bebé, ¿quién es esta tipa? —la castaña de ojos oscuros me miró con evidente fastidio y un deje de desprecio en su expresión. Volteé a verla y forcé una sonrisa cortés, aunque las lágrimas seguían cayendo sin tregua por mis mejillas. —Un gusto, señorita… Mikaela, si mal no escuché —dije con una calma ensayada, tragándome el nudo en la garganta—. Mi nombre es Fumiko… soy apartada de Oshin. La mujer frunció el ceño, y una mueca de
"Es triste ver como la gente se convierte en lo que prometió jamás ser" Oshin Itreque Jamás me había permitido el lujo de mostrar mis emociones. Nunca me había quebrado frente a nadie, ni siquiera ante mi propia manada. Para ellos, yo era la imagen de la fortaleza y el control. Solo mi hermana había visto mis momentos de vulnerabilidad, porque ella siempre ha sido mi refugio, mi soporte inquebrantable. Pero ayer, todo cambió. Verla llorar frente a mí, con la voz rota por la angustia, escuchando cómo su dolor se derramaba en cada palabra... me destrozó. Era mi culpa. Sus lágrimas, su sufrimiento, la herida que llevaba dentro y que yo había alimentado durante tantos años. Algo dentro de mí se rompió en ese instante, y por primera vez en mi vida, no pude contenerme. Las lágrimas surgieron sin permiso, y ni siquiera intenté reprimirlas. No quise hacerlo. Porque, en el fondo, deseaba que ella me viera así. Quería que supiera que mi orgullo, mi dureza, no eran más que máscaras inútiles.
El día había sido largo, tenso, casi insoportable. Desde que mi hermana me había dicho que no me acercara a Fumiko hasta después de la fiesta, no había tenido oportunidad de verla, de sentirla cerca. Y lo peor era que Dai, el único con el que podría haber compartido mis pensamientos, me ignoraba completamente. La situación era insostenible. Me miré al espejo mientras terminaba de acomodarme la corbata, un gesto automático que apenas registraba. La imagen que veía no me representaba; era solo un Alfa que vestía el traje adecuado, el que se esperaba de mí. Pero mi mente no estaba allí, ni siquiera con la corbata perfectamente anudada o la caja de joyas que guardé en el bolsillo interior de mi saco negro. La verdad es que no me importaba cómo luciera. No importaba que la fiesta estuviera a punto de comenzar, que mis padres ya estuvieran en el living esperando. Lo único que quería era encontrarme con Fumiko. La había estado buscando en cada rincón de la mansión desde que desperté, como s