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Capitulo 5: ¿el tiempo pasa rápido? (parte uno)

"Aunque todo este en contra, yo luchare por ti y al final estaremos juntos disfrutando todo lo que nos negaron en su momento..."

Todo parecía ir de mal en peor por todos lados. La vida de Fumiko se había transformado en un mar de sombras, donde cada rincón de su nueva habitación le recordaba que estaba lejos de Oshin. No podía encontrar consuelo en nada. Las paredes de su cuarto, pintadas de un rosa pálido que intentaba emular la ternura de la niñez, solo servían para acentuar la soledad que la envolvía. Cada día, al despertar, sentía como si el peso del mundo la aplastara aún más, ahogando su alma en un profundo vacío. No comía, no salía de su habitación. Las horas pasaban lentamente, pero su dolor no disminuía. Se refugiaba en sus lágrimas, como si cada gota fuera una forma de liberar la angustia que la consume, pero aún así, nada parecía aliviar su sufrimiento. El eco de su llanto llenaba la habitación vacía, sin que nadie pudiera comprender la magnitud del tormento que sentía por la separación. Las muñecas y juguetes en su habitación ya no tenían importancia; eran solo objetos vacíos que carecían de sentido sin la presencia de Oshin.

Mientras tanto, Oshin vivía un infierno propio. La casa de su padre, la misma que alguna vez había sido su hogar, ahora le resultaba ajena, fría e imponente. Su padre y él discutían a diario, el mismo tema siempre presente entre ellos: Fumiko. Los gritos y las palabras hirientes se sucedían una y otra vez, como un ciclo interminable de frustración y rabia. Oshin sentía como si estuviera atrapado en un laberinto sin salida, donde cada intento de acercarse a la verdad, de entender lo que había sucedido, se veía frenado por la autoridad de su padre. Su relación con él se volvía cada vez más tensa, las conversaciones se convertían en discusiones acaloradas que dejaban una sensación de vacío en el aire.

En la escuela, las cosas no mejoraban. Oshin se encontraba constantemente en peleas con sus compañeros. Cada oportunidad que tenía para desahogar su ira, lo hacía. Y esas oportunidades se volvían más frecuentes con cada día que pasaba. Ser el hijo del alpha de la manada le otorgaba privilegios, algo que otros envidiaban y resentían. Las miradas de desaprobación, las palabras cargadas de celos y malicia, eran constantes. Nadie entendía por qué él estaba tan molesto, por qué su actitud se volvía más agresiva con el paso de los días. Pero nadie podía ver el dolor profundo que llevaba consigo, ni la pérdida que se reflejaba en sus ojos. Para los demás, era solo el hijo del alfa, un niño consentido que no sabía lo que era sufrir. Pero para él, cada día que pasaba sin Fumiko era una agonía interminable, y su rabia era el único refugio al que podía aferrarse.

Una semana había pasado desde la separación, pero para ambos niños, esa semana parecía una eternidad, una tortura sin fin que les desgarraba por dentro. Las horas no pasaban, los días se arrastraban lentamente, y cada momento que vivían era un recordatorio cruel de lo que habían perdido. Ambos sentían que el tiempo se había detenido, pero en realidad solo se alargaba su dolor. La separación de la que habían sido víctimas no era solo física, sino también emocional. Se sentían vacíos, incompletos, como si les hubieran arrancado una parte fundamental de sus seres. Para ellos, una semana era suficiente para que la ausencia se convirtiera en una agonía constante, una tortura que los perseguía día y noche.

Fumiko lloraba en silencio, en su habitación llena de cosas ajenas, mientras Oshin descargaba su furia en cada rincón del mundo que lo rodeaba, sin poder encontrar una salida a su dolor. Ambos, atrapados en su propio sufrimiento, se aferraban a la esperanza de un reencuentro que parecía cada vez más lejano. Pero el tiempo, cruel e indiferente, seguía avanzando, marcando la distancia que los separaba aún más.

(...)

Había pasado un mes desde la separación, y la vida de Fumiko era una sombra de lo que había sido. Apenas comía, casi no salía de su cuarto. La luz de su vida se había apagado, y la oscuridad se había apoderado de ella. Los señores que la "adoptaron", aunque parecían ser amables, no podían entender lo que le ocurría. Su preocupación crecía cada día más, pues veían cómo la niña se desmoronaba lentamente frente a ellos. Habían intentado de todo: desde ofrecerle juguetes y actividades, hasta tratar de hacerla sonreír con promesas vacías. Pero nada funcionaba. La niña se sumía en un silencio profundo, solo interrumpido por el llanto solitario que escuchaban venir de su habitación en las noches. Estaban tan desesperados que, finalmente, discutieron la posibilidad de llamar al alpha, el padre de Oshin, para pedir ayuda. Sin embargo, la encargada, la jefa de la manada que estaba al tanto de todo lo relacionado con la niña, se lo prohibió rotundamente. Por "cuestiones de negocios", decía ella, como si la vida de Fumiko fuera solo una pieza más en un complicado tablero de ajedrez.

Mientras tanto, Oshin parecía haberse convertido en un caso perdido a los ojos de su padre. En lugar de desahogar su dolor de manera saludable, se había sumido en una espiral de rebeldía destructiva. Cada día era una nueva pelea, una nueva forma de hacer enojar a su padre, y nada de eso lo hacía sentir mejor. En un intento por llenar el vacío que sentía dentro de sí, empezó a tener "novias". Una nueva cada día, pero ni ellas podían calmar la tormenta que rugía en su interior. Cada relación temporal solo servía para aumentar el desprecio de sus compañeros y para alimentarse más de su rabia hacia el mundo. Las peleas en la escuela se hicieron más frecuentes, y su conducta destructiva crecía cada vez más. Lo único que parecía inalterable era la pelea constante con su padre: la petición diaria de que le devolviesen a Fumiko, la niña que había sido arrancada de su vida.

La madre de Oshin, harta de las discusiones interminables entre padre e hijo, ya no intervenía en las discusiones. Había aprendido a mantenerse al margen, sabiendo que cualquier intento de mediación solo empeoraría las cosas. Pero su hija melliza, la única persona con la que Oshin parecía encontrar algo de consuelo, no pensaba lo mismo. Ella apoyaba a su hermano en cada una de sus luchas. Para ella, era totalmente injusto que Oshin estuviera atrapado en un lugar donde su alma no encontraba paz. Sabía lo importante que era Fumiko para él, su luna, su mate. La niña no solo era su amor, sino una parte esencial de su vida, la mitad que lo completaba. Ver a su hermano sufrir de esa manera la hacía rabiar, y ella no podía quedarse de brazos cruzados. En sus ojos, todo era una gran injusticia, una herida que se negaba a sanar.

Noche tras noche, Oshin encontraba consuelo en su hermana. Después de otro día cargado de frustración, se refugiaba en ella. Sin importar cuán agotado estuviera, siempre encontraba tiempo para derramar sus lágrimas en su regazo. Su hermana lo acogía con brazos abiertos, escuchándolo en silencio mientras él expresaba su dolor. Entre sollozos, Oshin contaba lo que sentía en lo más profundo de su ser: la ausencia de Fumiko, el vacío que lo devoraba, la sensación de estar incompleto sin ella. Y aunque las palabras no eran suficientes para aliviar su sufrimiento, el simple acto de estar juntos le daba algo de paz. Era en esos momentos, con su hermana a su lado, donde sentía que no todo estaba perdido. Cuando caía exhausto por el llanto, se quedaba dormido en su regazo, con su hermana cuidando de él, como la única persona que podía entender el tormento que llevaba dentro.

La vida de ambos se había transformado en un torbellino de emociones conflictivas, entre la desesperación, el rencor, la rabia y el amor que aún no podía ser destruido. Ambos sabían que no todo estaba perdido, pero el futuro parecía lejano y tortuoso. Fumiko, en su habitación aislada, y Oshin, en su mundo de peleas y rebeldía, continuaban aferrándose a la esperanza de un reencuentro que parecía cada vez más lejano, pero que aún ardía en lo más profundo de sus corazones.

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