"Aunque todo este en contra, yo luchare por ti y al final estaremos juntos disfrutando todo lo que nos negaron en su momento..."
Todo parecía ir de mal en peor por todos lados. La vida de Fumiko se había transformado en un mar de sombras, donde cada rincón de su nueva habitación le recordaba que estaba lejos de Oshin. No podía encontrar consuelo en nada. Las paredes de su cuarto, pintadas de un rosa pálido que intentaba emular la ternura de la niñez, solo servían para acentuar la soledad que la envolvía. Cada día, al despertar, sentía como si el peso del mundo la aplastara aún más, ahogando su alma en un profundo vacío. No comía, no salía de su habitación. Las horas pasaban lentamente, pero su dolor no disminuía. Se refugiaba en sus lágrimas, como si cada gota fuera una forma de liberar la angustia que la consume, pero aún así, nada parecía aliviar su sufrimiento. El eco de su llanto llenaba la habitación vacía, sin que nadie pudiera comprender la magnitud del tormento que sentía por la separación. Las muñecas y juguetes en su habitación ya no tenían importancia; eran solo objetos vacíos que carecían de sentido sin la presencia de Oshin. Mientras tanto, Oshin vivía un infierno propio. La casa de su padre, la misma que alguna vez había sido su hogar, ahora le resultaba ajena, fría e imponente. Su padre y él discutían a diario, el mismo tema siempre presente entre ellos: Fumiko. Los gritos y las palabras hirientes se sucedían una y otra vez, como un ciclo interminable de frustración y rabia. Oshin sentía como si estuviera atrapado en un laberinto sin salida, donde cada intento de acercarse a la verdad, de entender lo que había sucedido, se veía frenado por la autoridad de su padre. Su relación con él se volvía cada vez más tensa, las conversaciones se convertían en discusiones acaloradas que dejaban una sensación de vacío en el aire. En la escuela, las cosas no mejoraban. Oshin se encontraba constantemente en peleas con sus compañeros. Cada oportunidad que tenía para desahogar su ira, lo hacía. Y esas oportunidades se volvían más frecuentes con cada día que pasaba. Ser el hijo del alpha de la manada le otorgaba privilegios, algo que otros envidiaban y resentían. Las miradas de desaprobación, las palabras cargadas de celos y malicia, eran constantes. Nadie entendía por qué él estaba tan molesto, por qué su actitud se volvía más agresiva con el paso de los días. Pero nadie podía ver el dolor profundo que llevaba consigo, ni la pérdida que se reflejaba en sus ojos. Para los demás, era solo el hijo del alfa, un niño consentido que no sabía lo que era sufrir. Pero para él, cada día que pasaba sin Fumiko era una agonía interminable, y su rabia era el único refugio al que podía aferrarse. Una semana había pasado desde la separación, pero para ambos niños, esa semana parecía una eternidad, una tortura sin fin que les desgarraba por dentro. Las horas no pasaban, los días se arrastraban lentamente, y cada momento que vivían era un recordatorio cruel de lo que habían perdido. Ambos sentían que el tiempo se había detenido, pero en realidad solo se alargaba su dolor. La separación de la que habían sido víctimas no era solo física, sino también emocional. Se sentían vacíos, incompletos, como si les hubieran arrancado una parte fundamental de sus seres. Para ellos, una semana era suficiente para que la ausencia se convirtiera en una agonía constante, una tortura que los perseguía día y noche. Fumiko lloraba en silencio, en su habitación llena de cosas ajenas, mientras Oshin descargaba su furia en cada rincón del mundo que lo rodeaba, sin poder encontrar una salida a su dolor. Ambos, atrapados en su propio sufrimiento, se aferraban a la esperanza de un reencuentro que parecía cada vez más lejano. Pero el tiempo, cruel e indiferente, seguía avanzando, marcando la distancia que los separaba aún más. (...) Había pasado un mes desde la separación, y la vida de Fumiko era una sombra de lo que había sido. Apenas comía, casi no salía de su cuarto. La luz de su vida se había apagado, y la oscuridad se había apoderado de ella. Los señores que la "adoptaron", aunque parecían ser amables, no podían entender lo que le ocurría. Su preocupación crecía cada día más, pues veían cómo la niña se desmoronaba lentamente frente a ellos. Habían intentado de todo: desde ofrecerle juguetes y actividades, hasta tratar de hacerla sonreír con promesas vacías. Pero nada funcionaba. La niña se sumía en un silencio profundo, solo interrumpido por el llanto solitario que escuchaban venir de su habitación en las noches. Estaban tan desesperados que, finalmente, discutieron la posibilidad de llamar al alpha, el padre de Oshin, para pedir ayuda. Sin embargo, la encargada, la jefa de la manada que estaba al tanto de todo lo relacionado con la niña, se lo prohibió rotundamente. Por "cuestiones de negocios", decía ella, como si la vida de Fumiko fuera solo una pieza más en un complicado tablero de ajedrez. Mientras tanto, Oshin parecía haberse convertido en un caso perdido a los ojos de su padre. En lugar de desahogar su dolor de manera saludable, se había sumido en una espiral de rebeldía destructiva. Cada día era una nueva pelea, una nueva forma de hacer enojar a su padre, y nada de eso lo hacía sentir mejor. En un intento por llenar el vacío que sentía dentro de sí, empezó a tener "novias". Una nueva cada día, pero ni ellas podían calmar la tormenta que rugía en su interior. Cada relación temporal solo servía para aumentar el desprecio de sus compañeros y para alimentarse más de su rabia hacia el mundo. Las peleas en la escuela se hicieron más frecuentes, y su conducta destructiva crecía cada vez más. Lo único que parecía inalterable era la pelea constante con su padre: la petición diaria de que le devolviesen a Fumiko, la niña que había sido arrancada de su vida. La madre de Oshin, harta de las discusiones interminables entre padre e hijo, ya no intervenía en las discusiones. Había aprendido a mantenerse al margen, sabiendo que cualquier intento de mediación solo empeoraría las cosas. Pero su hija melliza, la única persona con la que Oshin parecía encontrar algo de consuelo, no pensaba lo mismo. Ella apoyaba a su hermano en cada una de sus luchas. Para ella, era totalmente injusto que Oshin estuviera atrapado en un lugar donde su alma no encontraba paz. Sabía lo importante que era Fumiko para él, su luna, su mate. La niña no solo era su amor, sino una parte esencial de su vida, la mitad que lo completaba. Ver a su hermano sufrir de esa manera la hacía rabiar, y ella no podía quedarse de brazos cruzados. En sus ojos, todo era una gran injusticia, una herida que se negaba a sanar. Noche tras noche, Oshin encontraba consuelo en su hermana. Después de otro día cargado de frustración, se refugiaba en ella. Sin importar cuán agotado estuviera, siempre encontraba tiempo para derramar sus lágrimas en su regazo. Su hermana lo acogía con brazos abiertos, escuchándolo en silencio mientras él expresaba su dolor. Entre sollozos, Oshin contaba lo que sentía en lo más profundo de su ser: la ausencia de Fumiko, el vacío que lo devoraba, la sensación de estar incompleto sin ella. Y aunque las palabras no eran suficientes para aliviar su sufrimiento, el simple acto de estar juntos le daba algo de paz. Era en esos momentos, con su hermana a su lado, donde sentía que no todo estaba perdido. Cuando caía exhausto por el llanto, se quedaba dormido en su regazo, con su hermana cuidando de él, como la única persona que podía entender el tormento que llevaba dentro. La vida de ambos se había transformado en un torbellino de emociones conflictivas, entre la desesperación, el rencor, la rabia y el amor que aún no podía ser destruido. Ambos sabían que no todo estaba perdido, pero el futuro parecía lejano y tortuoso. Fumiko, en su habitación aislada, y Oshin, en su mundo de peleas y rebeldía, continuaban aferrándose a la esperanza de un reencuentro que parecía cada vez más lejano, pero que aún ardía en lo más profundo de sus corazones.Cada noche, Fumiko pensaba que si pudiera ver a Oshin nuevamente, su agonía finalmente terminaría. La ilusión de encontrarse con él, aunque levemente, la mantenía a flote, pues en lo más profundo de su corazón, aún creía que él era la pieza que faltaba para sanar su alma rota. Pero sus padres no sabían nada de esta lucha interna que la pequeña enfrentaba, y ellos seguían convencidos de que, con el tiempo, su hija volvería a ser la niña feliz y despreocupada de antes. Mientras tanto, Oshin estaba sumido en un abismo emocional cada vez más profundo. A tan solo 15 años, el joven parecía estar completamente perdido. Su comportamiento era errático y autodestructivo. La situación con su madre comenzaba a preocuparla, pero lo que realmente la tenía alarmada era el impacto que sus acciones estaban teniendo en su futuro. Recientemente, Oshin había obligado a una chica de su escuela a abortar, después de haberla dejado embarazada tras un encuentro sexual sin protección. En su mundo, donde las e
A los 18 años, Oshin ya estaba sumido en una espiral más oscura de autodestrucción, si es que algo como eso era posible. Su transformación había llegado y pasado, pero no le había traído la paz que esperaba. En lugar de encontrar consuelo en la fuerza de su lobo, Dai, el enorme lobo negro de ojos azules que le servía como compañero y reflejaba su misma oscuridad interior, parecía ser solo un recordatorio de la tortura que vivía a diario. Dai, con su imponente figura y su feroz reputación, solo se convirtió en un reflejo del caos mental que Oshin padecía. El lobo, temido por todos debido a la relación conflictiva entre él y su Luna, parecía no tener poder para calmar la tormenta emocional de su dueño. Oshin sabía que Fumiko, su Luna, le pertenecía por contrato y que, según la tradición, ya había sido reclamada como suya. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que no podía estar con ella, y esa negación le desgarraba. La frustración de Oshin se canalizaba en comportamientos destructiv
"El amor es más que un 'te quiero' es un 'te cuido' y eso lo aprendí contigo" Todo parecía suceder demasiado rápido en la casa de los Hunter. La señora, con los ojos llenos de lágrimas, miraba a la niña que se había ganado su cariño en tan poco tiempo. No podía evitar el dolor de tener que separarse de ella. Trece años habían pasado desde que la pequeña llegó a su vida, y ahora debía dejarla ir, aunque sabía que era lo mejor para ella. El vínculo que habían creado en ese tiempo la hacía sentir que perderla era como perder una parte de sí misma. La chica, por otro lado, no compartía la misma tristeza. Aunque también sentía algo de dolor por dejar atrás a las personas que la habían cuidado, estaba más que emocionada con la idea de lo que le esperaba. El destino la había llamado, y su corazón latía con rapidez ante la proximidad del reencuentro con él. Él... su dueño, el hombre al que había estado esperando todo este tiempo, el mismo con el que había compartido sus sueños. La promesa de
Su lobo estaba absolutamente emocionado, saltando de un lado a otro en la oscuridad de su mente. El sentimiento de felicidad era palpable, como si todo su ser estuviera vibrando con la cercanía de lo que tanto había esperado. Fumiko, por su parte, se encontraba en el auto, de camino a la manada, el destino que la esperaba con una mezcla de emociones. Su rostro, iluminado por la tenue luz del día, reflejaba la emoción que sentía, pero también la incertidumbre que se escondía en su corazón. La ciudad pasaba rápidamente por la ventana, pero ella no veía las casas ni las calles. Su mente estaba llena de él, de su rostro, de su voz... pero también estaba plagada de dudas. "¿Y si ya no me recuerda?", pensaba angustiada. "¿Y si el tiempo ha borrado todo de su memoria, todo lo que habíamos vivido juntos?" Esas preguntas recorrían su mente una y otra vez, como una espiral que no dejaba de atormentarla. "¿Y si me olvido?", seguía preguntándose. "¿Y si no me recuerda?" Su respiración se agit
"Y ahora te tengo conmigo, y esta ves no dejare que nadie te aparte jamás de mi lado" Oshin Itreque La tenía en mis brazos. Su pequeño cuerpo, por fin, estaba cerca del mío, y me sentía completo. Mi alma, que había estado vacía tanto tiempo, ahora estaba en paz con su cercanía. El aroma de su cabello, a flores—supongo que por el champú que usa—me envolvía en una sensación profunda de bienestar, adormeciéndome y haciéndome ronronear de felicidad. Ese aroma único, ese que me recordaba a libros nuevos, a bosque por la mañana, era una extensión de ella, una esencia que solo pertenecía a Fumiko. El aire parecía volverse más espeso a su alrededor, como si el tiempo se detuviera solo para mí. La mezcla de su fragancia, entre libros nuevos, campo de flores y el toque de chocolate y frescura del bosque, me llenaba de un bienestar absoluto. Era como si cada rincón de mi ser estuviera saturado con su presencia. Mi lobo, mi alma, estaba más que feliz de tenerla cerca, de sentirla de nuevo en mi
— ¡Qué lindo! Esto es mejor que mi novela... —chilló Oyuki con emoción, la loba de mi hermana y hermana de mi lobo—. Si este idiota te hace algo, me dices y le corto los huevos. —dijo de forma seria, señalándome a mí mientras le daba una mirada fulminante a ella. Mi pequeña sonrió con una risa tímida, pero yo le gruñí en tono de reproche. Ella, sin pensarlo, me sacó la lengua como una niña pequeña. — Qué madura, Oyuki —me quejé, rodando los ojos. Miré a mis padres y le señalé con una sonrisa—. Ellos son mis padres. — Hola, señor —dijo fría y con una mirada despectiva, mi pequeña saludó a mi padre. Luego se giró hacia mi madre—. Hola, señora. —le sonrió con cierta pena y entusiasmo. No pude evitar reír un poco ante la situación. Mi mamá y mi hermana también soltaron una risa al ver cómo Ai, quien había recuperado el control total de su cuerpo, se comportaba de manera tan reservada. — Un gusto, soy Estrella, y él es mi esposo... —se presentó mi mamá con una sonrisa cálida, pero cuando
"Yo rechace a muchos por ti... ¡¿Qué te costaba hacer lo mismo por mí?!" Fumiko Ibars Estaba feliz. No, más que eso. Era una felicidad abrumadora, casi irreal. Después de tanto tiempo, después de años de anhelarlo en silencio, de contar los días sin él y de sostenerme solo con su recuerdo, finalmente estaba aquí. Sus brazos me rodeaban, fuertes y cálidos, envolviéndome en esa seguridad que había extrañado tanto. Mi corazón latía con fuerza, pero no de ansiedad, ni de tristeza. Latía de puro alivio. "Ahora no dolerá nada", pensé con un suspiro. Había esperado este momento durante catorce años. Catorce años de ausencia, de noches en vela preguntándome si algún día volvería a verlo. No fue un sufrimiento físico, pero el peso de su ausencia me asfixió más de lo que jamás habría imaginado. Su nombre era un eco constante en mi mente, su rostro una imagen grabada en mis sueños. Pero ahora lo entendía. Siempre había creído que mi desesperación por estar con él era irracional, que mi depe
Oshin Itreque "Lo siento, pequeña", pensé mientras la sentía quedarse dormida sobre mi pecho. Su respiración se volvió lenta y pausada, como un eco silencioso en la habitación. Su cuerpo, tan frágil y pequeño en comparación con el mío, se acurrucaba más contra mí, buscando instintivamente mi calor. Sus dedos se aferraban levemente a mi camisa, como si temiera que me alejara en cualquier momento. Pasé mis dedos suavemente por su espalda, trazando círculos lentos sobre la tela de su ropa, sintiendo la calidez de su piel bajo mis manos. Era tan ligera, tan delicada... y aun así había soportado tanto. Mi pecho se apretó con una mezcla de culpa y dolor. —Lo siento —murmuré contra su mejilla, dejando un beso ahí. Ella sufrió. Sufrió el peso de cada una de mis decisiones egoístas. Sufrió el dolor de todas las traiciones de Soulmates que le he hecho yo. "¿Por qué no se me ocurrió antes?" pensé con frustración. "¿Por qué no entendí que ella sentía todo lo que yo hacía?" Lo había senti