"No quiera a nadie atado a mi vida... Pero apareciste tu en ella y no te pienso soltar"
Otro día más amanecía en el orfanato "Apartados por la Luna", un lugar tan antiguo como desconocido para la mayoría de los humanos, pero bien sabido por las criaturas sobrenaturales que habitaban en las sombras del mundo. No tenía registros oficiales ni en archivos del gobierno ni en iglesias ni en asociaciones de caridad, pues no era un orfanato común. Ubicado en un valle aislado, rodeado de densos bosques y montañas, el edificio principal se alzaba como una mansión de piedra oscura, con enormes ventanales cubiertos por cortinas gruesas y una arquitectura gótica que le daba un aire lúgubre y solemne. Se decía que había sido construido hace siglos por un linaje de brujas que, en su tiempo, se encargaban de criar a los niños abandonados por humanos y sobrenaturales por igual. Pero con los años, el orfanato dejó de ser un refugio y se convirtió en un mercado regulado por un sistema que solo unos pocos entendían. Dentro del orfanato vivían niños de entre dos y doce años. Algunos eran humanos que, por razones desconocidas, habían terminado allí; otros eran híbridos o seres puramente sobrenaturales, pero todos compartían un destino: ser apartados o permanecer allí hasta que se desvanecieran de la existencia. La regla era clara: ningún niño podía quedarse más allá de los doce años. Sin embargo, lo extraño era que nunca se había registrado un caso en el que un niño creciera hasta esa edad y siguiera en el orfanato. Nadie sabía qué pasaba con ellos si llegaban al límite sin ser apartados, pero las cuidadoras y los encargados nunca hablaban de ello. Simplemente desaparecían. ¿Cómo funcionaba el “apartado”? Los seres sobrenaturales que acudían al orfanato podían elegir un niño, y una vez seleccionados, los encargados realizaban un ritual en el que marcaban al pequeño con un sello mágico. Este sello, invisible para los humanos pero inconfundible para los sobrenaturales, se imprimía en la muñeca del niño. Si la marca aparecía en la muñeca izquierda, significaba que el niño había sido apartado por su pareja destinada, su alma gemela o su vínculo predeterminado. Si la marca estaba en la muñeca derecha, el niño había sido comprado por conveniencia, lo que significaba que quien lo apartó lo consideraba un compañero, sirviente, aprendiz o cualquier otro rol que deseara. Estas marcas no podían falsificarse ni replicarse. Solo los encargados podían realizarlas, y una vez marcados, los niños no podían ser tocados por otros sobrenaturales sin enfrentar graves consecuencias. Era una costumbre cruel, pero establecida desde hace siglos. Aunque los niños del orfanato no sufrían malos tratos evidentes, la realidad era que vivían con la incertidumbre de no saber quién los tomaría ni qué les esperaba en el futuro. Entre estos niños se encontraba Fumiko, una pequeña de apenas tres años. Había llegado al orfanato tras un accidente automovilístico en el que perdió a su familia. Si no hubiera sido por la señora Monserrat, una de las cuidadoras, habría muerto calcinada junto a su madre y su hermano mayor. El orfanato, con sus altos muros y pasillos interminables, no era un mal lugar para vivir, pero tampoco era un hogar. Los niños eran educados, alimentados y cuidados, pero sabían que no eran libres. Cada decisión sobre sus vidas se tomaba en despachos oscuros, donde los adultos discutían sus destinos como si fueran piezas de ajedrez. Fumiko llevaba apenas dos semanas en el orfanato, tiempo suficiente para notar que los otros niños la evitaban sin razón aparente. No entendía por qué, pero eso la hacía sentir más sola de lo que ya estaba. Su único amigo había sido apartado hacía unos días por un vampiro, quien lo había reclamado como su compañero destinado. En su última tarde juntos, jugaron en el jardín, como siempre lo hacían, hasta que los llamaron para la despedida. —No estés triste, Fumi. Estoy seguro de que alguien especial vendrá por ti también. Ella intentó sonreír, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo vio alejarse con la Señora Éboli, la encargada de los traslados, y supo que jamás lo volvería a ver. Dos horas después, Fumiko se encontraba sentada en el jardín, tarareando una canción de cuna que su madre solía cantar para ella y su hermano. Mientras tanto, en la entrada del orfanato, un Alpha y su hijo de doce años cruzaban las grandes puertas de hierro forjado. El padre había decidido que su hijo necesitaba una compañera de juegos, y el orfanato era el lugar perfecto para conseguirla. El chico, sin embargo, no estaba nada contento. Su mal humor era evidente, y cada paso que daba dentro del edificio parecía una tortura. No quería estar allí, no le interesaba en absoluto "apartar" a nadie. Pero entonces, algo cambió. Apenas puso un pie en los jardines, un aroma embriagador lo envolvió. Era una mezcla entre papel recién impreso y un campo de flores en primavera. Su ceño fruncido se relajó, y por primera vez en todo el día, su mente quedó en blanco. Mientras su padre hablaba con la encargada sobre las condiciones del “apartado”, el chico siguió aquel aroma hipnótico hasta que la vio: una niña pequeña, de cabello oscuro y piel pálida, con los ojos llenos de nostalgia mientras cantaba suavemente entre las flores. —La señora Luna le pidió al naranjo un vestido verde y un velillo blanco... —entonaba con voz temblorosa. El niño se acercó, sin darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración. —Cantas hermoso. Fumiko levantó la mirada y le sonrió, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido. Él inhaló profundamente. No había duda. Ese aroma provenía de ella. Y en ese instante, supo la verdad. Esa niña no sería solo su compañera de juegos. Era su Luna.—Gracias —dijo la niña, con una sonrisa tímida pero sincera, mirando a Oshin, quien observaba en silencio. Esa sonrisa le provocó un vuelco en el corazón, una calidez inexplicable que lo envolvió por completo. Se agachó hasta quedar a su altura, observándola con detenimiento, como si el rostro de la niña fuera la obra de arte mejor esculpida por los mismos dioses del Olimpo. Algo en su mirada, algo en la tristeza que reflejaba, lo conmovió profundamente. —Me llamo Oshin —se presentó él con una mezcla de emoción y dulzura—. ¿Y tú, pequeña? —preguntó suavemente, tratando de descifrar la mirada de la niña, buscando en ella algo más que una simple respuesta. —Fumiko —respondió ella sin dudarlo, mirándolo fijamente—. ¿Vienes a traer a alguien? —preguntó con curiosidad, como si la presencia de él en ese lugar fuera una anomalía, algo fuera de lugar. Su voz, aunque suave, llevaba una cierta intensidad, como si ella misma estuviera intentando encajar las piezas de un rompecabezas incompleto.
"Las almas que se encuentran y se reconocen nunca se sueltan. Ni con la distancia, ni con el silencio, ni con el tiempo, ni con las vueltas que da la vida" Ya era hora de que Fumiko se retirara con su nueva "familia" hasta que cumpliera los 17 años. El joven futuro alfa era mayor que ella y, en pocos años, se transformaría. Al saber que ella era su Luna y tenerla cerca, él se volvería insoportable, con una necesidad de estar siempre junto a ella que podría ser peligrosa. Él no controlaría completamente sus instintos, y la cercanía podría incluso hacerle daño a la pequeña, quien todavía era una niña en todos los sentidos. El día anterior, pasaron todo el día juntos. Jugaron, hablaron, se rieron y, en muchos momentos, se quedaron en silencio, simplemente disfrutando de la compañía mutua. Era un tipo de paz que pocos podían comprender, esa tranquilidad que se encontraba solo en la presencia de alguien especial. El chico, con su energía habitual, mostraba un lado suave y tranquilo cuando
—¡Padre! —gruñó el chico, aferrándose con todas sus fuerzas a la pequeña, como si su vida dependiera de ello. El hombre, al ver la resistencia de ambos, adoptó una postura más firme. Tomó del brazo a su hijo con una fuerza inesperada, haciéndole un gesto silencioso para que soltara a Fumiko, y así, poder llevársela al destino que le habían asignado. —Déjenla —gruñó el padre con una voz dura, pero cargada de impotencia, al observar cómo las manos de su hijo, ahora vacías, se soltaron por el brusco movimiento que su propio padre ejecutó para deshacer el lazo entre ellos. Los ojos de Oshin seguían fijos en Fumiko mientras ella era arrastrada hacia el interior del lugar, pero los gritos y lágrimas de la pequeña no dejaban de atormentarle. La desesperación de Oshin aumentaba con cada paso que ella daba en dirección a lo desconocido. Fumiko estaba gritando con toda su fuerza, la angustia creciente en sus ojos cada vez que comprendía más y más lo que estaba sucediendo. Si la subían al coche
"Aunque todo este en contra, yo luchare por ti y al final estaremos juntos disfrutando todo lo que nos negaron en su momento..." Todo parecía ir de mal en peor por todos lados. La vida de Fumiko se había transformado en un mar de sombras, donde cada rincón de su nueva habitación le recordaba que estaba lejos de Oshin. No podía encontrar consuelo en nada. Las paredes de su cuarto, pintadas de un rosa pálido que intentaba emular la ternura de la niñez, solo servían para acentuar la soledad que la envolvía. Cada día, al despertar, sentía como si el peso del mundo la aplastara aún más, ahogando su alma en un profundo vacío. No comía, no salía de su habitación. Las horas pasaban lentamente, pero su dolor no disminuía. Se refugiaba en sus lágrimas, como si cada gota fuera una forma de liberar la angustia que la consume, pero aún así, nada parecía aliviar su sufrimiento. El eco de su llanto llenaba la habitación vacía, sin que nadie pudiera comprender la magnitud del tormento que sentía por
Cada noche, Fumiko pensaba que si pudiera ver a Oshin nuevamente, su agonía finalmente terminaría. La ilusión de encontrarse con él, aunque levemente, la mantenía a flote, pues en lo más profundo de su corazón, aún creía que él era la pieza que faltaba para sanar su alma rota. Pero sus padres no sabían nada de esta lucha interna que la pequeña enfrentaba, y ellos seguían convencidos de que, con el tiempo, su hija volvería a ser la niña feliz y despreocupada de antes. Mientras tanto, Oshin estaba sumido en un abismo emocional cada vez más profundo. A tan solo 15 años, el joven parecía estar completamente perdido. Su comportamiento era errático y autodestructivo. La situación con su madre comenzaba a preocuparla, pero lo que realmente la tenía alarmada era el impacto que sus acciones estaban teniendo en su futuro. Recientemente, Oshin había obligado a una chica de su escuela a abortar, después de haberla dejado embarazada tras un encuentro sexual sin protección. En su mundo, donde las e
A los 18 años, Oshin ya estaba sumido en una espiral más oscura de autodestrucción, si es que algo como eso era posible. Su transformación había llegado y pasado, pero no le había traído la paz que esperaba. En lugar de encontrar consuelo en la fuerza de su lobo, Dai, el enorme lobo negro de ojos azules que le servía como compañero y reflejaba su misma oscuridad interior, parecía ser solo un recordatorio de la tortura que vivía a diario. Dai, con su imponente figura y su feroz reputación, solo se convirtió en un reflejo del caos mental que Oshin padecía. El lobo, temido por todos debido a la relación conflictiva entre él y su Luna, parecía no tener poder para calmar la tormenta emocional de su dueño. Oshin sabía que Fumiko, su Luna, le pertenecía por contrato y que, según la tradición, ya había sido reclamada como suya. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que no podía estar con ella, y esa negación le desgarraba. La frustración de Oshin se canalizaba en comportamientos destructiv
"El amor es más que un 'te quiero' es un 'te cuido' y eso lo aprendí contigo" Todo parecía suceder demasiado rápido en la casa de los Hunter. La señora, con los ojos llenos de lágrimas, miraba a la niña que se había ganado su cariño en tan poco tiempo. No podía evitar el dolor de tener que separarse de ella. Trece años habían pasado desde que la pequeña llegó a su vida, y ahora debía dejarla ir, aunque sabía que era lo mejor para ella. El vínculo que habían creado en ese tiempo la hacía sentir que perderla era como perder una parte de sí misma. La chica, por otro lado, no compartía la misma tristeza. Aunque también sentía algo de dolor por dejar atrás a las personas que la habían cuidado, estaba más que emocionada con la idea de lo que le esperaba. El destino la había llamado, y su corazón latía con rapidez ante la proximidad del reencuentro con él. Él... su dueño, el hombre al que había estado esperando todo este tiempo, el mismo con el que había compartido sus sueños. La promesa de
Su lobo estaba absolutamente emocionado, saltando de un lado a otro en la oscuridad de su mente. El sentimiento de felicidad era palpable, como si todo su ser estuviera vibrando con la cercanía de lo que tanto había esperado. Fumiko, por su parte, se encontraba en el auto, de camino a la manada, el destino que la esperaba con una mezcla de emociones. Su rostro, iluminado por la tenue luz del día, reflejaba la emoción que sentía, pero también la incertidumbre que se escondía en su corazón. La ciudad pasaba rápidamente por la ventana, pero ella no veía las casas ni las calles. Su mente estaba llena de él, de su rostro, de su voz... pero también estaba plagada de dudas. "¿Y si ya no me recuerda?", pensaba angustiada. "¿Y si el tiempo ha borrado todo de su memoria, todo lo que habíamos vivido juntos?" Esas preguntas recorrían su mente una y otra vez, como una espiral que no dejaba de atormentarla. "¿Y si me olvido?", seguía preguntándose. "¿Y si no me recuerda?" Su respiración se agit