4. Un lobo llamado Cerverus

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Magnus

Lo vi irse, y por un momento, tuve el impulso de levantarme y salir tras ella. Pero no lo hice. Serena se acercó de nuevo, y aunque mi cuerpo me pedía apartarla, no pude. La sentí en mi regazo, cálida y familiar, como una constante en mi vida. Pero algo en mí no estaba bien. Algo me hacía retenerme.

"Eres un idiota", refunfuñó Cerverus, mi lobo, su voz áspera y cargada de desaprobación.

"Cállate", le respondí, apretando los dientes, sintiendo cómo su queja se esparcía por mi mente. "Serena es nuestro amor, siempre lo ha sido", le recordé, aunque sabía que mis palabras no eran suficientes para calmarlo.

"Solo el tuyo", contestó de mala gana, retirándose a un rincón en el fondo de mi mente, como si no quisiera saber nada más. Pero su presencia seguía allí, incómoda, incompleta.

—Estás distraído —ronroneó Serena, sus palabras suaves mientras se acomodaba sobre mí. Sentí cómo su cuerpo se pegaba al mío, buscando la cercanía que solíamos tener. Pero al intentar besarme, algo se bloqueó en mí. Instintivamente, me alejé, aunque no lo deseaba, pero no podía evitarlo.

—¿Por qué me rechazas? —me preguntó, su voz cargada de rabia, levantándose de golpe. No pude evitar ver cómo su furia crecía en sus ojos, cómo se preguntaba una y otra vez lo que ya sabía.

—Estoy cansado y retrasado con mi trabajo, ve de compras —la insté a irse.

—¿Es por ella? ¿La quieres? —Sus preguntas fueron como golpes, una tras otra, y aunque intentaba ignorarlas, me dolían.

—No seas tonta, por supuesto que no —sabía que mentía. Mis palabras fueron más frías de lo que me hubiera gustado. —Es ilógico lo que dices, es solo una esclava sin importancia—. El sabor amargo en mi lengua no me engañaba. Sabía que mentía, que la mentira me corroía por dentro.

—Entonces recházala, Magnus —dijo Serena con voz lastimosa que no había visto antes. —Ya tienes un heredero, echa a las mocosas y esa m*****a esclava —levantó la voz. Las palabras caían como piedras, hiriéndome con cada sílaba.

—¡No me grites! —exigí, más fuerte de lo que pretendía, mi lobo alfa reclamando el control en la situación. Mi mandato salió más autoritario de lo que esperaba, y lo sabía. Serena no era cualquier cosa, pero, aun así, ella debía saber su lugar— no se te olvide quién es el alfa aquí —le recordé.

Pero entonces, cuando vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, un pequeño destello de duda me atravesó. “¿Qué estoy haciendo?” pensé con cierto arrepentimiento.

—¿Por qué no quieres dejarla ir, Magnus? —cuestiona con voz lastimera.

—Kasius y las pequeñas... aún necesitaban a su madre —le dije sin mirarla

Tenía mis razones, tenía que protegerlos a mí manera. Y a ella, a Evelyn, no quería que se acercara más de lo que ya lo había hecho con ella. Eso era culpa de Cerverus y esas malditas lunas llenas cuando él tomaba el control siempre la buscaba como un cachorro perdido. Pero la verdad era que mi corazón ya había comenzado a hacerle espacio, y eso me aterraba.

—Yo puedo ayudarte con eso, acercarme más a Kasius. Así algún día llamarme mamá —me da una opción que no me gusta nada.

Pero mi expresión impasible fue todo lo que obtuvo hasta que mi hermana entró en mi despacho sin tocar.

—¿Hoy es el día de entrar en mi despacho sin tocar? —cuestioné con sorna.

—Cállate —me dijo mi hermana menor en queja— ¿se puede saber qué haces aquí?

—¿Cuñada, por qué le hablas así a tu hermano mayor? —pregunta Serena hundiendo el ceño regañando a mi hermano.

Grave error.

—¿Quién eres tú para cuestionarme? No me digas cuñada —contesta Sofía, con las manos en las caderas— solo eres la puta del alfa, no eres nadie así que cuida esa boca antes de que te la arranque.

Sofía siempre fue muy consentida no solo por mis padres, sino también por todos en la manada y yo no soy la excepción, así que tiene un temperamento muy parecido al mío.

—Sofía… —las lágrimas acudieron a los ojos de Serena— ¿Qué hice para molestarte?

—No me dirijas la palabra —le dijo Sofía con disgusto— y tú —me señala— no piensas ir al hospital a ver a tu hijo.

—Evelyn ya fue… no soy médico —contesté con renuencia.

—Algún día te vas a arrepentir de eso —contesta Sofía con decepción en sus ojos.

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