MAXIMILIANOEstoy abrazando a Mila, tratando de calmarla mientras ella solloza contra mi pecho. Con delicadeza, le limpio las lágrimas de sus mejillas con mis dedos.—Bueno, ya ves —dice Mila, su voz temblando—. Tu mamá piensa que soy una cualquiera, una mala mujer.—No, Mila —le digo, mi voz suave y tranquilizadora—. No eres eso, sácate esas ideas de la cabeza.Mila se aparta un poco de mí, sus ojos rojos y hinchados de llorar.—Sí, lo soy —dice, su voz llena de dolor—. Al menos, eso es lo que tu mamá piensa.La atraigo de nuevo hacia mí, abrazándola con fuerza.—No importa lo que piense mi mamá —le digo—. Lo que importa es lo que sientes tú. Y yo sé que tú no eres esa persona.Mila asiente lentamente, sus lágrimas comenzando a secarse.—Tienes razón —dice—Lo siento. Solo necesito un poco de tiempo para que tu mamá se calme.—Tienes todo el tiempo que necesites —le digo, besando su frente—. Estoy aquí para ti, siempre.Mila se aparta de mí y se dirige hacia los tres niños, revisándol
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