«—¡Elisa! —gritó Axel y se asombró de su propia voz, ahora chillona e infantil. Dio un par de pasos y cayó de rodillas al suelo. Su entorno estaba cubierto de neblina; en un parpadeo, el sol brillaba a su alrededor. Axel miró, asombrado, sus manos, pequeñas y pálidas. —¿Qué quieres, Axelito? —preguntó una niña con un moño mal hecho. Se acomodó la blusa, sucia de tierra. —Tuve un mal sueño. —¿Qué soñaste? —Ella abrió los ojos, temerosa y, de forma involuntaria, hizo un puchero. —Soñé que una sombra venía por mí —confesó Axel. La herida en su rodilla dolía. —No es cierto… quieres asustarme —lo acusó, acongojada, la pequeña Elisa. —¡Es verdad! Yo nunca miento —contestó con fingida indignación Axel. De repente, señaló algo detrás de Elisa—. ¡ALLÍ ESTÁ LA SOMBRA! La niña gritó y se abalanzó sobre Axel en un abrazo, en un intento de protegerse del fantasma. El niño, al ver su reacción, soltó una carcajada. —¡Eres una tonta! —exclamó sin poder contener la risa. Y sin más
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