El mundo se sentía borroso, como si estuviera sumergida en una neblina espesa. Sus párpados pesaban toneladas, pero con un esfuerzo inmenso, logró abrir los ojos. Lo primero que hizo fue llevar ambas manos temblorosas hacia su vientre. Un sollozo silencioso se escapó de su garganta cuando sintió el pequeño abultamiento bajo la sábana blanca del hospital. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, cálidas y desbordadas por el miedo.— No... — susurró con la voz rota, temiendo lo peor —. No puedo perderte a t también, mi amor. No a ti.La puerta se abrió de golpe y una figura familiar apareció en el umbral.— ¡Oh, ya despertaste! — exclamó Valeria, corriendo hacia ella y tomándola de las manos con desesperación.Eva la miró con los ojos empañados, el corazón latiendo con fuerza. Intentó hablar, pero solo pudo sollozar.— Ella está bien — le aseguró Valeria con una voz firme pero dulce —. Esa pequeñita es fuerte y está bien allí, creciendo.Eva sintió que un enorme peso se de
Eva despertó con un suspiro tembloroso cuando el médico entró en la habitación con su expediente en la mano. Lo primero que pasó por su mente es que algo estaba mal, pero, cuando finalmente el hombre sonrió, todo pareció encajar.— Señorita Moretti — comenzó con tono profesional —, sus análisis han salido bien, y puede recibir el alta hoy mismo. Pero debe seguir en reposo. Su cuerpo aún está débil debido a la droga que le administraron. Es un milagro que tanto usted como su bebé estén a salvo.Eva sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta y se llevó una mano al vientre. Todavía no podía creerlo. Después de todo lo que había pasado, después del miedo y la desesperación, su bebé seguía ahí. A salvo.— Haré todo lo que usted indique, doctor — respondió.Valeria, quien se encontraba sentada junto a la cama, suspiró con alivio.— Lo ves, todo está bien. — Le apretó la mano con fuerza —. Pero ahora debes cuidarte, Eva. No puedes seguir en este estado.— No es culpa mía que ellos teng
Eva permanecía de pie frente a su casa, con la mirada fija en el coche de Valeria. El viento helado de la mañana agitaba su cabello, pero ella apenas lo sentía. La incertidumbre pesaba en su pecho como una losa.— ¿Estás segura? — preguntó, mirándola con el ceño fruncido —. No quiero que te quedes sin auto por mi culpa.Valeria rodó los ojos, apoyó un brazo sobre el volante y esbozó una sonrisa confiada.— Voy a tomar uno del garaje de mi primo o de mis tíos. No te preocupes por mí. — Su voz era suave —. Los voy a convencer.Eva se inclinó y la abrazó con fuerza.— Gracias, Val — murmuró con la voz cargada de emoción —. Tengo mucha suerte de tenerte como amiga.— Vete ya, antes de que me arrepienta — bromeó Valeria con un guiño —. Yo también te quiero mucho.Eva asintió, subió al coche y arrancó. Valeria la observó hasta que el auto desapareció al doblar la esquina. Sintió un vacío en el estómago. Sabía que Eva necesitaba alejarse, pero algo en su interior le decía que aquello no term
Eva se quedó inmóvil frente a la casa de su abuela, observando la fachada que no había cambiado en todos esos años. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de nostalgia, miedo y alivio. Cuando tocó el timbre, el tiempo pareció ralentizarse hasta que la puerta finalmente se abrió.Su abuela, una mujer de cabello gris y ojos sabios, se quedó boquiabierta antes de llevarse las manos al rostro, temblorosa.— Mi niña... mi niña. Mi niña ha vuelto — repetía entre sollozos, extendiendo los brazos para abrazarla.Eva se dejó envolver por el abrazo cálido de su abuela, sintiendo una paz que había olvidado que existía. Con una caricia en su mejilla, la anciana la invitó a pasar. Apenas cruzó la puerta, la fragancia de canela y té la envolvió como un bálsamo reconfortante.— Siéntate, mi amor, dime, ¿cómo estás? ¿Qué pasó para que finalmente ese imbécil de Jason te diera permiso de venir? — preguntó su abuela con tono severo. Luego la miró con sospecha —. ¿Sigues siendo su novia?Los ojos de Eva
Eva y su abuela llegaron a la casa con el corazón latiendo a toda velocidad. Apenas cruzó el umbral, la anciana la enfrentó con una mirada severa y preocupada.— ¿Qué pasó realmente, Eva? — preguntó la mujer, sin rodeos —. ¿Por qué ese imbécil de Jason cree que estás embarazada?Eva suspiró pesadamente y bajó la mirada. Sabía que no podía seguir ocultando la verdad, al menos no a su abuela. Se sentó en el viejo sillón del salón y, con un hilo de voz, empezó a contarle la parte más oscura de su historia. Habló de la traición, del dolor, del miedo que sintió cuando todo se derrumbó a su alrededor. Su abuela la escuchó en silencio, con las manos temblorosas apretadas sobre su regazo.— Y ahora cargo con un bebé, abuela — susurró Eva con los ojos empañados —. Tenía gemelos y perdí a uno. No puedo arriesgarme a perder a este también.La anciana ahogó un sollozo y la abrazó con todas sus fuerzas.— Mi niña… — murmuró con el alma rota —. No debiste pasar por todo eso sola.Eva sintió el calo
El silencio reinaba en la casa mientras Eva y Gabriel permanecían en la sala sin atreverse a decir nada. La abuela de Eva se había retirado hacía un buen rato, dejándolos solos en una escena que rozaba lo cómico. Ambos parecían dos extraños atrapados en una situación incómoda, evitando cruzar miradas y fingiendo que cada pequeño sonido no los hacía sobresaltarse.Finalmente, Gabriel decidió que era hora de irse. Se puso de pie y Eva lo acompañó hasta la puerta. Cuando llegaron, él le agradeció por la cena con su tono habitual de cortesía distante.— Tómate tu tiempo en tu reposo — agregó con suavidad.Eva sonrió levemente y sacudió la cabeza.— Mañana ya volveré a la ciudad. Estoy usando el auto de Valeria y ella suele ser un poco insistente.Gabriel le dio la razón con un asentimiento y, en un arrebato de valentía, Eva preguntó: — ¿La quieres?Gabriel la miró con sorpresa, pero no tardó mucho en responder.— Podría decirse que sí. Es familia.Eva asintió con una expresión indescifrabl
Cuando Eva finalmente quedó sola en su nuevo hogar, pudo tomarse el tiempo de inspeccionar cada rincón con más calma. Sus dedos recorrieron la elegante superficie de la cocina, el mármol frío y liso bajo su toque, contrastando con el cálido sentimiento que inundaba su pecho. Nunca había vivido en un lugar tan lujoso, pero el hecho de que Valeria hubiera pensado en cada detalle para hacerla sentir cómoda, le provocaba un nudo en la garganta.Deambuló por la sala, admirando la vista nocturna de la ciudad a través de los enormes ventanales. La luz de las farolas titilaba en la distancia, y por un momento se permitió imaginar que todo esto era un sueño, que pronto despertaría en su antigua y modesta habitación. Pero no era un sueño. Esto era real.Al avanzar por el pasillo, sus pasos la llevaron hasta una puerta contigua a su habitación. Con curiosidad, giró la manija y la abrió con cautela. El aire en la habitación era diferente, como si cada rincón estuviera impregnado de una ternura in
Eva regresó al trabajo con la cabeza en alto, a pesar de que el nudo en su estómago no desaparecía. El eco de sus propios pasos en el piso reluciente le recordaba lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo. Aun así, estaba decidida a seguir adelante. Apenas se sentó en su escritorio, su compañera Carmen apareció en la puerta con una sonrisa entre culpable y aliviada.— Así que ya volviste — dijo Carmen, apoyándose en el marco de la puerta.Eva le devolvió la sonrisa y asintió.— Sí. Y tú, ¿cómo estás?Carmen avanzó unos pasos y, para sorpresa de Eva, se puso en cuclillas a su lado, con una expresión de genuina preocupación.— Esa es la pregunta que debería hacerte yo — susurró. Luego, bajó la mirada y apretó los labios antes de continuar —. Perdóname, Eva. No supe cuidarte. Yo… yo no debí dejarte sola. Soy una pésima amiga.Eva soltó una risa corta y negó con la cabeza.— No deberías preocuparte por eso, Carmen. No eres mi niñera, eres mi amiga. Además, estabas celebrando tu cumpl