Me levanté para ir a la empresa como todos los días, esta vez fue un poco más temprano de lo habitual, a Elizabeth le resultaba extraño qué su abuela aún no se hubiese levantado, por lo que decidió ir a su habitación para averiguar qué pasaba. – Espérame en el comedor amor, enseguida bajo, sólo voy por la abuela y estaré contigo en un momento dijo ella –. – Bien princesa, aprovecharé para ir a darles un beso a los gemelos le dije –. – No los despiertes si aún duermen, los vas a mal acostumbrar y después sólo van a querer estar en brazos replicó ella –. – no es justo, a mí me encanta tener cargar a mis peques y tú no me dejas reclamé –. – Ya, deje de discutir señor Turner, voy a ver a mi abuela antes que se haga más tarde amor comentó –. Se aproximó Al cuarto de la señora Rossi, tocó la puerta, pero nadie atendió, comenzó a preocuparse, así que decidió entrar para asegurarse qué todo estuviera bien. Tenía un extraño presentimiento, no era común que la señora Rossi permaneciera dormida,
Elizabeth Dos meses habían pasado desde la muerte de mi abuelita, su partida sería un dolor imposible de superar, no obstante, necesitaba salir adelante, pues llevaba tanto tiempo sumida en la tristeza y eso estaba empezando a provocar un distanciamiento en mi familia. Alex y mis hijos también me necesitaban, y no era justo lo que les estaba haciendo, mi esposo se portó muy comprensivo en todo momento, pero comenzaba a ver en sus ojos un ápice de impaciencia al percatarse Del tiempo que pasaba alejada de ellos. A mi abuelita jamás le hubiese gustado verme en ese estado, al contrario, antes de irse me había dicho qué me aferrara con todas mis fuerzas a la felicidad que estaba logrando construir, Que no tuviera miedo, Y eso es lo que haría. Como primer paso decidí ir a la habitación de mis pequeños gemelos, los tomé en mis brazos y con profundo pesar me di cuenta de que no me recibían con la calidad que yo me esperaba, era lógico, los niños olvidan fácilmente, y al ausentarme, ellos se
Alex. Habíamos llegado a mi refugio, un lugar maravilloso con todas las características necesarias para pasar un tiempo espectacular en compañía de mi hermosa familia, nunca me había atrevido a llevar a nadie aquel lugar, pues lo consideraba mi santuario, un lugar exclusivamente diseñado para mí. Desde muy joven, empecé a recrearlo, y a ponerle todos los matices necesarios para transformarlo a mi manera. Pero ya era momento de dejar atrás el hermetismo y permitir que las personas más importantes de mi vida pudieran formar parte de ese pequeño mundo mágico. Elizabeth estaba maravillada ante semejante vista, se respiraba un aire de tranquilidad que definitivamente le daría nuevos bríos tanto a nuestra relación como a la vida misma. La casa estaba ubicada en una isla cuyo Mar dejaba entrever su inmensidad, el agua tenía un azul inspirador, el nivel de las olas Era Perfecto, la suavidad de la arena hacía que te relajaras incluso con caminar. En ese pequeño santuario podía verse un atardec
Elizabeth. Las horas pasaban, y me encontraba cada vez más angustiada, no sabíamos nada de Alex, aún no había regresado con el médico, la fiebre de mi bebé no quería ceder y eso ya me estaba causando mucho miedo. Había perdido mucho en los últimos tiempos, y no quería que mi bebé formará parte de esa estadística trágica. Me llene de pánico y las lágrimas brotaban de mis ojos sin parar, era como si una vez más el destino jugará en mi contra para enseñarme que la felicidad no se había hecho para mí. Necesitaba calmarme y pensar con la cabeza fría, entender que las cosas simplemente ocurren y ya, pero cuando se trata de los hijos es muy difícil mantener la cordura, pensar con la cabeza fría se vuelve imposible, así que tendría que respirar profundo y pedirle con toda mi alma adiós para que me ayudara en la recuperación de mi pequeño. Lo metí a bañar varias veces a temperatura ambiente, y de pronto recordé un remedio natural que la abuela utilizaba conmigo cuando era pequeña, por fortuna
La crisis de nuestro bebé había pasado, por fortuna ahora se sentía mucho mejor, y eso definitivamente suponía un gran alivio tanto para Elizabeth como para mí, el doctor Andrews había regresado al pueblo, y nosotros nos comprometimos a visitarlo a la brevedad posible. Andrew será un tipo bastante solitario, con un gran corazón, que merecía ser ayudado en todo lo necesario para que esa hermosa causa que lideraba pudiese rendir los frutos por los que tanto se había esforzado. Yo estaba dispuesto a ayudarlo en todo cuanto me fuera posible, pues de esa manera la calidad de vida de los lugareños mejoraría en gran medida. – Vamos amor, se nos va a ir el día, recuerda que el pueblo está a horas de distancia de la isla – le recordé. – Ya voy, no seas desesperado, aún es temprano – contestó. – Pero ya te conozco, tardas horas arreglándote, yo no sé qué hacen ustedes las mujeres que se tardan tanto, nosotros vamos a lo que vamos y listo, pero ustedes, se tienen que ver en el espejo, darse la v
Nuestra visita al pueblo no pudo resultar mejor, todo lo vivido fue extraordinario, el doctor Andrews se veía muy contento por todo lo que Alex estaba haciendo por él y por los habitantes del pueblo. Entre más pasaba el tiempo, más me enamoraba del ser humano con el que me había casado, su forma de ser tan auténtica, tan genuina, definitivamente hacía que mi admiración por él creciera impresionantemente . el regreso también fue muy lindo, llegamos prácticamente al anochecer, por fortuna los gemelos estuvieron de maravilla esta vez, no hubo ningún inconveniente, Magui se había ofrecido a cuidarlos, a ella le encantaban los niños y disfrutaba mucho de poder estar con ellos. Entré al cuarto donde estaban, Alex y Sofí cada vez estaban más grandes, sus mejillas rosadas daban cuenta de lo fuertes y sanos que se encontraban. – espero que los niños no le hayan dado mucha guerra Maggie – Le dije. – para nada Sra., son un par de angelitos, pero eso sí come mucho, si por ellos fuera se la pasarí
No sabía lo que me esperaba en casa de mi abuelo, vagamente recordaba que aquella vez que enfermé de gravedad él se dirigió a mí y me prometió que me revelaría el paradero de mi madre, desde hacía años la había internado en una clínica psiquiátrica, pues desde que papá enfermó, y después murió, mi madre comenzó a perder la razón, desde entonces por más que le supliqué que me dijera dónde estaba, él nunca quiso hacerlo, me prometió que sólo hasta que formar a mi propia familia me diría dónde encontrarla, y eso ya había pasado, era tiempo de revelar su paradero. No sabía si estaba preparado para enfrentarme cara a cara con ella, lo único que decía es que llevaba avances en su recuperación, pero nada significativo. – Hola Charlie, ¿le puedes decir al abuelo que estoy aquí? – Le dije. – Bienvenido joven Alex, por supuesto, enseguida le aviso que está usted aquí – contestó. Las manos me temblaban, lo que pasaría en ese momento sin duda marcaría un parteaguas en mi vida, sería algo que lo c
Cuándo las puertas se abrieron, no podía creer lo que veía frente a mí, mis ojos contemplaban la figura de la mujer que añoré por tantos años, su rostro reflejaba más edad de la que recordaba, habían pasado tantos años desde la última vez que la vi, aquella vez en la que me abrazaba a ella para impedir que se fuera, recuerdo sus ojos con la mirada perdida, en esos últimos tiempos mi madre ya no era ella, su mente estaba nublada por el dolor y sólo pensaba en mi padre, jamás pensó en mí, nunca buscó sobreponerse para estar conmigo y eso aún me lastimaba profundamente. No pude evitar que Las lágrimas se deslizaran por mis mejillas cuando la enfermera nos dejó a solas, seguía estando tan hermosa, las huellas del tiempo ya habían hecho sus estragos, pero aun así su belleza se hacía presente. Sentí unas infinitas ganas de correr a sus brazos y comportarme como aquel niño pequeño que alguna vez tanto la necesitó, pero no podía hacerlo, necesitaba explorar el terreno para ver cómo se comport