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Capítulo 5: Un Acuerdo y una Enferma Rebelde

Capítulo 5: Un Acuerdo y una Enferma Rebelde

El éxito de su presentación fue rotundo, pero Vanessa no tuvo mucho tiempo para celebrarlo. Apenas terminó la reunión, sintió que el cuerpo le pesaba como si hubiera corrido un maratón. La fiebre la estaba golpeando con fuerza.

—¡Lo hiciste increíble! —exclamó Sofía emocionada cuando salieron de la sala de conferencias—. Pero, amiga… pareces a punto de colapsar.

—No exageres. —Vanessa se apoyó contra la pared, intentando disimular el temblor en sus piernas.

—No está exagerando —intervino una voz grave y autoritaria detrás de ellas.

Vanessa cerró los ojos por un segundo. Claro. Porque si su día no podía ponerse peor, Alexandro tenía que aparecer con su mirada evaluadora y su ceño fruncido.

—Estoy bien —repitió ella, aunque su nariz congestionada la traicionó, haciéndola sonar como un gato resfriado.

Alexandro cruzó los brazos, analizándola de arriba abajo.

—Durand, pareces a punto de desmayarte. No seas terca.

Vanessa bufó y, con su último aliento de dignidad, caminó hacia la salida con la cabeza en alto.

—Nos vemos mañana —dijo, despidiéndose con una sonrisa arrogante antes de tambalearse al dar el primer paso.

Antes de que pudiera reaccionar, unas manos firmes la sujetaron del brazo.

—Ya basta —murmuró Alexandro, exasperado—. Te llevo a casa.

—¡No hace falta! Puedo sola.

Él no discutió. Simplemente la tomó por la muñeca y comenzó a caminar con ella en dirección contraria a la salida.

—¿A dónde me llevas?

—A mi casa.

Vanessa parpadeó.

—¡Espera, qué!

—Vamos a compartir la casa por un año, ¿recuerdas? Vas a enfermarte más si te vas sola a tu apartamento.

Vanessa abrió la boca para protestar, pero la fiebre le ganó la batalla.

—Maldita sea… —susurró, sintiéndose mareada.

Y por primera vez, dejó que Alexandro Montenegro se encargara de ella.

---

Cuando llegaron a la casa, Vanessa apenas pudo notar los detalles de la enorme propiedad. Su cabeza palpitaba, y lo único que quería era una cama.

—Siéntate —ordenó Alexandro, señalando el sofá.

—¿Siempre das órdenes?

—Solo cuando alguien es demasiado terca para cuidarse sola.

Vanessa rodó los ojos, pero obedeció.

En ese momento, Damián apareció desde la cocina con un vaso de whisky en la mano.

—¿Y esto? —preguntó divertido, viendo a Vanessa en el sofá con la nariz roja y envuelta en una manta que Alexandro le había lanzado sin ceremonias.

—Nuestra nueva compañera de casa decidió enfermarse en su primer día —respondió Alexandro, sirviéndose un trago.

Damián se acercó y le extendió la mano a Vanessa.

—Damián, el mejor amigo y abogado personal de este hombre insoportable.

Vanessa le estrechó la mano, demasiado cansada para hacer una broma al respecto.

—Vanessa, la pasante que tuvo la mala suerte de heredar parte de la empresa y una casa con él.

Damián soltó una carcajada.

—Me gusta. Tiene agallas.

Alexandro chasqueó la lengua y se apoyó contra la mesa.

—Por cierto, ¿quieres explicarme por qué demonios nuestros abuelos decidieron dejarnos todo compartido?

Vanessa suspiró y se acomodó mejor en el sofá.

—No tengo idea. Ni siquiera sabía que nuestras familias estaban relacionadas.

—Lo están —intervino Damián—. Sus abuelos eran socios desde hace años, pero también amigos muy cercanos. Quizás esto era su forma de asegurarse de que la empresa siguiera unida.

Vanessa frunció el ceño.

—¿Y si solo querían fastidiarnos?

Damián se encogió de hombros.

—Esa también es una posibilidad.

El silencio se instaló en la habitación.

Alexandro miró a Vanessa, analizándola con intensidad.

—No tenemos opción. Tendremos que compartir la casa durante un año.

Vanessa lo miró con los ojos entrecerrados.

—No me mires como si esto fuera un castigo solo para ti. También estoy sufriendo.

Damián se echó a reír.

—Dios, esto va a ser divertido.

Alexandro suspiró, pasándose una mano por el cabello.

—Por lo menos, trata de no enfermarte cada dos días.

Vanessa le sacó la lengua.

Y por primera vez en mucho tiempo, Alexandro Montenegro sonrió sin darse cuenta.

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