El tedio se había vuelto su única compañía. Habían pasado días desde que Wyn quedó atrapada en aquella habitación, su mundo reducido a cuatro paredes y una cama. Bajo la supervisión de Davian. Y eso, no lo hacía muy feliz. El silencio en la habitación era espeso, solo interrumpido por el ocasional crujido de la madera bajo el peso de sus movimientos. Wyn se giró con desgano sobre el colchón, apoyando la mejilla contra su rodilla doblada, y dejó escapar un suspiro silencioso mientras dirigía la mirada hacia su “vigilante”. Davian estaba atrincherado en una de las esquinas, con la espalda apoyada contra la pared y una rodilla elevada donde descansaba un brazo. Su expresión era una colección de hastío mal reprimido, y murmuraba para sí con un tono que oscilaba entre la impaciencia y la exasperación. Wyn se quedó mirándolo, aburrida, viendo cómo su boca se movía en palabras masculladas, apenas audibles. Como si discutir consigo mismo pudiera mejorar su humor. Días atrás, lo habí
El refugio tenía un olor particular, una mezcla de madera vieja, metal frío y el persistente aroma a pólvora. Wyn apenas lo había notado los primeros días, atrapada en la monotonía de su habitación. No era una prisionera en el sentido estricto, pero tampoco la habían dejado moverse con libertad. Al principio, la mantuvieron bajo estricta vigilancia, como si esperaran que intentara escapar en cualquier momento. Pero cuando vieron que no representaba una amenaza real—que no intentaba rebelarse, que no era un problema—, las restricciones se aflojaron. Ahora, podía moverse por ciertas áreas del refugio, aunque siempre bajo la mirada vigilante de Davian. No importaba a dónde fuera, él estaba ahí. Unos pasos detrás, otras caminando en silencio a su lado, con el ceño fruncido y esa expresión de desagrado que parecía reservada solo para ella. Wyn no necesitaba voltear para saber que él estaba ahí; su presencia pesaba en su nuca como una sombra constante. A nadie le importaba realmente qu
El techo de la habitación tenía una grieta en la esquina derecha. Era lo único que Wyn había encontrado digno de observar en las últimas horas. Estaba acostada boca arriba, pero no en la posición normal. Su cuerpo estaba atravesado en la cama, su cabeza colgando ligeramente sobre el borde, viendo el mundo al revés. Más específicamente, viendo a Davian de cabeza. Él estaba sentado en una silla que no había estado ahí antes, aparentemente algo que había decidido traer recientemente. Aun así, su expresión seguía siendo la misma de siempre: indiferente, como lo había sido durante todos estos días de vigilancia. Ella suspiró con dramatismo. El tiempo en el refugio se había vuelto algo amorfo. No sabía si habían pasado días o semanas. No tenía forma de medirlo. Solo sabía que cada mañana despertaba en la misma habitación, caminaba por los mismos pasillos con la misma sombra tras ella, y volvía a acostarse en la misma cama, repitiendo el ciclo. No había nada que hacer. Ni siquiera pod
Si Davian tenía un talento especial, además de su habilidad para asesinar sin remordimientos, era el de ignorarla con una dedicación casi admirable. Wyn había perdido la cuenta de cuántas veces había bufado en los últimos tres días. Desde que él le leyó las notificaciones de su teléfono, su actitud había dado un giro de ciento ochenta grados. No es que antes fuera particularmente cálido, pero al menos la miraba cuando hablaba. Ahora ni eso. No respondía, no mostraba ni el más mínimo interés en su presencia y, aunque su tarea era vigilarla, lo hacía con la apatía de alguien que simplemente cumplía con un castigo. No entendía qué demonios le pasaba ni por qué se comportaba como si ella hubiera cometido un crimen imperdonable. ¿Era por ese mensaje de Evan? Ridículo. Pero claro, esperar madurez emocional de Davian era tan absurdo como esperar que le diera un trato decente. Si la iba a vigilar como un perro guardián, al menos podría disimularlo un poco. Pero no. Él había optado por la
El tren redujo la velocidad con un ruido metálico mientras la voz del altavoz anunciaba la última parada. A través de la ventanilla sucia, las luces mortecinas de la estación parpadeaban con desgana. Afuera, la noche era espesa y silenciosa, rota solo por el sonido de la lluvia golpeando el techo del andén.Wyn Lancaster tomó aire, profundo y medido, antes de cerrar su libreta con un golpe seco. No había escrito ni una sola palabra en todo el viaje. Ni una línea. Ni una idea lo suficientemente digna para plasmar en tinta.Desde hacía semanas, su cabeza era un desierto, seco y sin rastros de creatividad. No importaba cuánto intentara engañarse diciendo que solo necesitaba un descanso o que la inspiración llegaría en cualquier momento. No llegaba.Y era frustrante.Ajustó la bufanda alrededor de su cuello y se puso de pie cuando el tren terminó de detenerse. El vagón estaba casi vacío, salvo por un hombre dormido en una esquina y una mujer revisando su teléfono con expresión de agotamien
El aire fresco de la mañana entraba por las ventanas abiertas, arrastrando el olor a tierra mojada después de la lluvia de anoche. La luz del sol se filtraba entre las cortinas viejas, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire mientras Wyn limpiaba.Sacudió una silla y frunció el ceño al ver el polvo levantarse. La casa necesitaba más trabajo del que pensó, pero ya estaba ahí, así que no tenía opción. Al menos era un espacio propio.Se estiró con un suspiro, sintiendo la molestia en la espalda por haber dormido en el sofá.—Maldita sea… qué pésima idea —murmuró, masajeándose la nuca.Acomodó algunas cajas, barrió un poco y dejó caer el trapo sobre la mesa con un golpe suave. Se apoyó en el respaldo de una silla, observando su libreta sobre la mesa. Debería sentarse a escribir, al menos intentarlo. Pero apenas pensó en ello, sintió la misma frustración de los últimos días. Nada. Su cabeza estaba llena de ruido, pero cuando tomaba el bolígrafo, las palabras simplemente no est
El interior de la biblioteca era un reino de silencio. No había el murmullo habitual de lectores perdidos en sus páginas, ni el sonido de dedos pasando hojas con delicadeza. Solo el eco de sus propios pasos y, a lo lejos, el raspar perezoso de una escoba contra el suelo.El primer piso, al menos, estaba pasable. No era precisamente un modelo de orden, pero los estantes se mantenían relativamente limpios y los libros, aunque algo desordenados, no estaban en completo caos.Wyn avanzó entre las estanterías, sus ojos escaneando los títulos dispersos sin ninguna lógica aparente. Exhaló con fastidio. Qué desastre de sistema. Se acercó a la única persona visible, un anciano que barría en una esquina sin prisa.—Disculpe, ¿hay alguna sección específica para thrillers? —preguntó, sin muchas esperanzas.El hombre ni siquiera levantó la vista.—No sé. Yo solo limpio.—Claro —murmuró para sí misma. Hizo una pausa, luego insistió—. ¿Hay alguien más aquí que pueda ayudarme?—No. Si quieres un libro,
El tiempo en la nueva ciudad tenía un ritmo extraño.Algunos días se arrastraban, espesos y monótonos, entre intentos fallidos de escribir y ratos de ocio que se sentían más largos de lo normal. Otros pasaban demasiado rápido, como cuando consiguió trabajo en una cafetería del centro y, de repente, ya estaba familiarizándose con la máquina de espresso, esforzándose por no quemarse con el vapor ni derramar café en el mostrador.Cuatro días a la semana. No estaba mal. La paga era suficiente, el ambiente era tranquilo y, con el tiempo, incluso había empezado a recordar los nombres de los clientes frecuentes.Algunos eran amables y charlaban un poco, otros apenas soltaban un murmullo al pagar. Con ellos, Wyn no tenía problema.Pero había otros… esos que tenían un aire demasiado serio o una presencia que simplemente resultaba incómoda.Como él.El recuerdo de su primer encuentro en la biblioteca seguía flotando en su mente, apareciendo de vez en cuando en momentos aleatorios.¿Por qué seguí