Me gusta su conexión. Saludos, mis sangue criminale!!
Baldassare—¡Te lo marcaste! —exclama.No es algo común en mí. Mis tatuajes son una manera de expresar mi arte. Emociones. Pero esa marca merecía ser eterna.Azzurra se refiere a que me tatué su mordida arriba de la tetilla. Guido estuvo dispuesto. Aquella madrugada de vigilia con mi hermano en la suite, era mi turno de bañarme. Neri me relevó y, al salir, me encontré a Guido en el pasillo. Llevaba equipo de tatuar. Le pregunté si podía tatuarme. Asintió, serio. Lo demás es historia.—Y muy pronto me tatuaré el del hombro.Miro la mordida en el lado izquierdo, y su mano acaricia la zona.—Biondo Diavolo, comenzaré a cobrar por mis mordidas —bromea, y me sorprendo riendo por segunda vez sin control.—Triplico el pago por ello.La acerco, llevo mi boca a su hueco y succiono su piel, dejando un chupetón.—Te marqué un beso.Me dejo caer y observo cómo su sonrisa pinta su rostro, mostrando los dientes.—¿Gacela, averiguaste si debes tenerme miedo?Saco a colación nuestro primer encuentro.
AzzuraIgnoro la furia desmedida de Baldassare. Puede que esté irremediablemente, perdida por él, pero no dejaré que me controle. No nací para ser gobernada. Siempre he sido dueña de mis pasos.Terzo se remueve, y detengo la mano en su cabello. Me resistí de tocar su cicatriz. Su cuerpo se tensa bajo mi toque.—Terzo, soy yo, tu reina ácida.Retomo el movimiento en su cabello, y lentamente abre los ojos.El gruñido de Baldassare me satisface.—Merda, ¿qué pasó? —cuestiona el primo del Biondo Diavolo.Apenas han pasado cinco minutos a lo mucho.—¡Imbecille! —brama Terzo, incorporándose de golpe—. Te mataré —sentencia, y sus manos palpan su cuerpo.—¿Buscas esto? —pregunta el Biondo Diavolo, enseñándole una de sus armas.Terzo rechina los dientes sin despegar los ojos de su enemigo. Baldassare suelta el arma dentro del bolso y se lo arroja a su primo.—Seducir a la hija de tu enemigo es una bajeza —ataca Terzo.—¿Alguien me puede decir por qué estoy en el suelo? —insiste el primo.El ca
AzzuraJoder.Es arrebatador ser testigo de cómo sus ojos sonríen. Este hombre ha ganado. No tengo problema con su victoria. Me levanta por las nalgas, y mis piernas se enroscan en sus caderas. No miro a nadie. Solo le suplico con la mirada que no me humille. Puedo ver cómo sus ojos se suavizan. No hay maldad en ellos. Él no me lastimará. Soy suya.—Te dije que tienen química —escucho al primo.—Él la usa, no lo encubras —pelea Terzo.—Solo tú te niegas a ver lo que hay entre ellos —interviene Piero en su discusión—. No fue suficiente con espiarlos detrás de la puerta.El Biondo Diavolo me sienta en la camilla y apoya su frente en la mía. Suelto el aire y me relajo. Mis dedos sueltan sus mechones, y dejo caer mi mano junto con mis muros.—Eso es… solo asimila lo nuestro —susurra y roza su nariz con la mía—. No somos enemigos. El mundo puede irse a la merda, pero no permitiré que nos arrastre con él —decreta y se aleja.Mis manos lo retienen.—No me iré, solo quiero que me veas —promet
BaldassareNo dejo de tamborilear los dedos en la pierna. Me contengo de no ir tras de ella. Su cola, Terzo, podría volverla en mi contra. La gacela cedió. «Pero sigo en tus brazos», recito su admisión.—Guido nos espera en la camioneta —notifica Neri con un bostezo.Estoy de pie frente a la vidriera, recordando cuando la gacela miraba la calavera. Poso la mano en el cristal, pero la retiro con un puño apretado al sentir un arranque de celos. Terzo es la causa. Él ocupa el tiempo que deseo con mi gacela. Se interpone en mi admiración. Merda, como ahora. Si no supiera lo importante que es para ella, lo aniquilaría. Lo haría desaparecer de la ecuación. Pero no puedo. Ya he sido parte de un gran dolor en su vida. No puedo ser responsable de otro. Su padre no murió por mi mano, pero estuve a punto.Los dos asiáticos caminan de un lado a otro frente al local.El sonido de la puerta abriéndose me hace contener el aire. No albergo esperanzas. La gacela podría venir en modo enemigo o pacifica
BaldassareAl mirar a Azzura, la veo incómoda. Ya sabemos que odio verla en el ring siendo golpeada, odio verla triste y llorando. Y recién descubro que también odio que la hagan sentir mal.—Aclaremos esto… —Froto con el dedo índice su pierna—. Azzura Minniti me pertenece de la misma forma que yo le pertenezco. —Mis ojos capturan su asombro; la mirada que me regala está cargada de muchas emociones—. Siempre diré que es mía, mi Gacela, pero no para menospreciarla. Lo hago porque, simplemente, soy un obseso.—Lo confirmo —comenta Neri.—Grazie, primo, por dar fe —agrego con sarcasmo.—Esto es mucho para soportar —refunfuña Terzo.Lo observo y digo:—Terzo, quiero dejarlo claro entre nosotros. —Él me enfrenta, cara a cara—. Te pido, por el bien de Azzura, que pongamos de nuestra parte.Ella pone su mano sobre la mía. Detengo el roce en su pierna y volteo la mano, logrando que entrelace sus dedos con los míos.—Vayamos al maldito meollo —interviene Neri y aplaude—. Terzo, supera de una v
AzzuraEs una locura descomunal estar en un club clandestino de luchas, pero mi cuerpo quiere ir hacia ese ring. Los dedos de Itala se hunden en mi antebrazo y nos abro paso entre los hombres eufóricos. Mi mejor amiga —prácticamente, hermana— no soporta estar en sitios concurridos. La he traído a rastras. No solo es malo que entremos dos mujeres a este sitio de mala muerte, lo peor es que estamos en territorio enemigo. Un borracho me derrama su bebida en el brazo —el que abre camino en la ola de hombres— y lo empujo furiosa. Continúo empujando con el antebrazo y por más que trato de igualar su fuerza; es complicado. Los hombres brincan y rugen hacia los dos luchadores. Todo hubiera sido sencillo si no nos hubiéramos escapado del hotel en Reggio. Conseguir que el padre de Itala nos trajera a Italia fue un gran logro. El Quintino de Canadá me ha abierto las puertas de su hogar y por más tenebroso que sea; lo admiro. Él ha sido como un padre en ausencia del mío. El dilema es que nos pidi
BaldassareEstiro mi cuello con cada paso dado. Los puños abro y cierro. Mi cuerpo, zumba con energía y solo quiero dar la vuelta para acabar con ese cafone (perdedor). Él se atrevió a mear en la puerta de mi negocio, por supuesto, figurativamente. El tipo no va a volver a robar en su vida. La gacela solo le dio una breve esperanza, pero tan pronto termine con ellas regreso a liquidarlo. Mis hombres no lo dejarán ir hasta que de la orden. La puerta es abierta por uno de mis soldados para que pasemos y una vez cruzo el umbral los murmullos se desatan en el club. En el pasillo solo se oyen los pasos de nosotros. Lidero el camino y no me molesto en mirar hacia atrás. Paso varios cuartos hasta llegar a la última puerta, a mi despacho. Giro el pomo y me arrojo al asiento de cuero. Estiro el brazo y agarro la cubeta de hielo. Entierro el puño derecho y me reclino en el asiento. Entran las mujeres y solo dos de mis hombres. No me gusta tenerlos si no es necesario y ellos lo saben.—Imbecille
BaldassareLa amiga se ubica a su costado y enrosca su mano en el antebrazo de la gacela.—Vinimos de visita a Italia y en el hotel conocimos a dos chicos que nos hablaron del sitio. —La chica hongo es la que contesta.Me hierve la sangre.—Mi club es clandestino, esos chicos no son buena compañía para dos damas como ustedes. —Las apunto con el mentón.Detesto que hayan tan siquiera hablado con esos tipejos.—Fue mi culpa, amo las luchas —habla la gacela.—Es cierto, Bonfilia, quería ver e investigar si las mujeres compiten —informa la chica hongo.Dejo caer la otra venda y la gacela se pierde en mis nudillos. Al darse cuenta de que la atrapo; esquiva sus ojos.—¿Te gusta luchar? —Mi lengua no se controla.—Es mi pasión, cada puño liberado es una manera de romper con los parámetros que nos exigen —susurra, perdida en su mente.Mi corazón da un salto por sus palabras. Este negocio lo abrí en contra de la negativa de mi viejo. Me esforcé en que lo aceptara. Todo eso lo hice porque quier