Oriana se encontraba en su pequeño apartamento, rodeada por una mezcla de silencio y el sonido de la lluvia que golpeaba suavemente contra la ventana. Había intentado concentrarse en los informes del trabajo, pero su mente, como tantas veces desde que había conocido a Gabriel, había tomado un rumbo propio. Cerró el archivo en su laptop, se dejó caer en el sofá y permitió que sus pensamientos divagarana lo que habian sid estas ultimas semanas.Desde que él había entrado en su vida, algo en ella había cambiado. Había una conexión profunda, inexplicable, que no podía ignorar. Cuando lo miraba a los ojos, sentía que su alma reconocía algo que su mente aún no comprendía del todo. Y en la soledad de la noche, su imaginación la llevaba a un lugar donde todo lo que sentía podía tomar forma.Lo veía allí, frente a ella, exactamente como lo había visto horas atrás, con su porte elegante y esos ojos oscuros llenos de misterio. En su mente, el aire entre ellos se cargaba de tensión. No importaban
Oriana llegó temprano a la oficina, aún sumida en la confusión de sus pensamientos. Los sueños de la noche anterior la habían dejado desvelada, con la mente atrapada entre imágenes de Gabriel y la figura de un hombre, tan familiar como desconocido. En sus sueños, todo había sido tan vívido, tan real, que ahora, bajo la fría luz de la mañana, se preguntaba si había confundido la imagen de Gabriel con otro recuerdo perdido en el tiempo.El ascensor se abrió y, al llegar a la recepción, se encontró con Stephanie. La secretaria estaba de pie junto a la cafetera, sosteniendo una taza, con una expresión que no dejaba dudas sobre su desagrado.—Buenos días, Stephanie —saludó Oriana, esforzándose por sonar cortés.—Ah, tú. Buenos días —respondió Stephanie, con un tono seco que apenas intentó disimular.Oriana decidió no prestar demasiada atención. Con el tiempo había aprendido a lidiar con las actitudes hostiles; sabía bien que Stephanie no veía con buenos ojos su presencia en la empresa.—¿E
Gabriel permaneció sentado tras su escritorio, con los ojos oscuros fijos en la puerta por la que Oriana acababa de salir. La tensión en la habitación parecía haberse disipado con su partida, pero solo de forma superficial. En su interior, las preguntas seguían ardiendo: lo que había presenciado momentos antes, cuando Oriana casi inconscientemente parecía controlar su entorno, era un recordatorio inquietante de un pasado del que él no podía desprenderse.Sin embargo, no era únicamente el hecho de lo que Oriana había hecho, sino la manera en que lo había hecho: con una mezcla de desconcierto y miedo, como si ella misma no comprendiera del todo lo que sucedía. Ese matiz la diferenciaba de otras experiencias que Gabriel había vivido en épocas remotas y le ofrecía una pizca de esperanza inesperada.Incapaz de quedarse inmóvil, se levantó y caminó hacia la ventana, donde la ciudad se extendía bajo un manto de luces titilantes. El peso de los siglos recaía sobre él con fuerza, y en su mente
Gabriel sirvió dos vasos de whisky, colocando uno frente a Oscar, quien aceptó el gesto con una inclinación de cabeza. La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada apenas por las luces distantes de la ciudad que se filtraban a través de las ventanas. Los momentos junto a Oscar siempre habían sido un refugio en medio del caos, pero esta noche, la tensión en el aire se palpaba con fuerza.—No luces bien, viejo amigo —comentó Oscar, llevándose el vaso a los labios con una expresión grave.Gabriel dejó escapar un suspiro profundo y se dejó caer en el sillón frente a él.—No lo estoy, Oscar. No esta vez —respondió, con la voz cargada de resignación.Oscar lo observó fijamente, su semblante endurecido por la preocupación.—Oriana... ¿Qué tan lejos está de recordar?Gabriel apretó la mandíbula, dejando que su mirada se perdiera en algún punto indefinido de la habitación.—No lo sé con certeza. Siento que algo está sucediendo en ella, puedo percibirlo en cada gesto, pero se resiste a lo
Oriana despertó con el corazón latiendo con fuerza. Otra vez había soñado con él. Con Gabriel. Pero no el hombre que conocía hoy, sino aquel de sus sueños, el de otra vida, el que la miraba con adoración en un establo iluminado por la luz parpadeante de las velas. En su sueño, había sentido el toque suave de sus manos sobre su piel, el calor de su aliento acariciando su cuello y el estremecimiento que recorría todo su cuerpo al escuchar su nombre susurrado con ternura. Esa imagen se le grababa en la mente con una intensidad que parecía trascender el tiempo.Aún en la penumbra de su habitación, Oriana se sentó en la cama y apretó el collar que colgaba de su cuello, un pequeño amuleto que siempre la había conectado con lo inexplicable. ¿Por qué, cada vez, ese sueño se sentía tan real? ¿Por qué Gabriel invadía sus noches con su presencia, como si fuese un eco de otra vida? Se preguntaba si su subconsciente jugaba con ella, mezclando deseos y recuerdos, o si había algo más profundo en esa
Oriana y Gabriel estaban sentados frente a frente en la espaciosa sala de reuniones de la oficina. La atmósfera era densa, casi tangible, mientras repasaban los avances del proyecto en el que ambos estaban trabajando. Las luces tenues del ambiente y el murmullo lejano del tráfico se convertían en el telón de fondo de una tensión que parecía crecer con cada minuto transcurrido.—Este ajuste en la programación se encuentra dentro del cronograma de la semana siguiente —comentó Oriana, tratando de mantener la concentración mientras repasaba los números en su tablet. Cada movimiento, cada roce accidental al pasarle un documento y cada mirada sostenida más de lo normal hacía que el aire se volviera casi insoportable.—Bien, sigamos con el repaso del informe que debemos presentar —respondió Gabriel, aunque su voz se veía interrumpida por una evidente distracción. Mientras hablaba de cifras y estrategias, su mirada se perdía en la forma en que Oriana mordía distraídamente la tapa de su bolígr
El silencio dentro del auto de Gabriel era sofocante. Apenas unos minutos antes, sus bocas se habían devorado con una desesperación que amenazaba con consumirlos, pero ahora, él tenía las manos firmes en el volante, la mandíbula apretada y la mirada fija en la calle.Oriana, aún respirando agitadamente, miraba la silueta tensa de Gabriel bajo la luz tenue de las farolas. Su mente era un caos. El deseo aún ardía en su piel, en sus labios, en la forma en que su cuerpo temblaba con la necesidad insatisfecha.Cuando el auto se detuvo frente a su departamento, ella no pudo contenerse más.—¿Te arrepientes? —preguntó en voz baja, sus dedos jugueteando con el borde de su falda.Gabriel cerró los ojos por un segundo, como si necesitara recomponerse. Luego giró el rostro hacia ella, y lo que Oriana vio en su mirada la dejó sin aliento.No era arrepentimiento. Era hambre.—No —su voz salió grave, cargada de emoción contenida—. No tienes idea de cuánto te deseo.El corazón de Oriana se aceleró.
Oriana se dejó caer en su cama, el pecho subiendo y bajando rápidamente mientras intentaba recuperar el aliento. No podía borrar la sensación de los labios de Gabriel sobre los suyos, la forma en que sus manos la habían sujetado con desesperación, como si estuviera a punto de perderla de nuevo.Se llevó los dedos a los labios, sintiendo aún la presión de su boca.La risa de la señora Matilde todavía resonaba en su cabeza, pero no podía opacar lo que realmente importaba.Gabriel la había besado. Y no de cualquier manera. No había sido un beso dulce ni contenido. Había sido una declaración de necesidad, de hambre contenida por demasiado tiempo.Un escalofrío la recorrió cuando recordó la forma en que él se había tensado al detenerse, como si estuviera luchando contra algo más fuerte que su deseo.Algo más profundo.Algo peligroso.Se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo de anticipación recorrer su cuerpo. Si eso había sido solo el principio, ¿qué pasaría cuando él dejara de contener