XIX La única

Eris y las otras dos esposas esperaban frente a las puertas del salón de fiestas. Ellas estaban cogidas de la mano y tenían la expresión desesperanzada de ser conducidas al matadero. Balbuceaban entre ellas, Eris supuso que oraban. Quiso orar también, pero habían demasiados pensamientos pululando en su cabeza, la mitad sobre lo que planeaba hacer el rey y la otra sobre el Asko.

Besó la pulsera con las piedras naranjas y suspiró, al tiempo que Nov abría las puertas para ellas.

Las hermanas no se movieron, sólo temblaban en su lugar y Nov las apuró con su mirada autoritaria.

—Yo soy la tercera, no puedo entrar de las primeras —les recordó Eris y sólo así avanzaron, jalándose una a la otra.

El rey las esperaba sentado en su sillón, con la nariz enrojecida y una copa de vino en la mano. Ellas se detuvieron sobre una alfombra de cuero y Eris la miró, preguntándose si sería la que estaba hecha de la piel de la esposa fugitiva. Le pareció ver, cerca de una pata del sillón, una marca que par
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